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Agadez, la puerta de barro del Sáhara

Javier Mantecón 20 junio, 2019

La ciudad desértica de Níger cuenta con uno de los patrimonios materiales e inmateriales más impresionantes de todo el Sahel.

Cuando la naturaleza impone sus reglas, los humanos se pliegan y se adaptan a sus designios. Los desiertos, al igual que las regiones montañosas o de frío extremo, exigen a sus habitantes un esfuerzo para aceptar sus condiciones, su fuerza. El Sáhara (que literalmente significa “gran desierto” en árabe) es el desierto más grande del mundo. En él, el humano ha debido aprender a sobrevivir bajo condiciones extremas de calor, frío y falta de agua y alimentos. Esta circunstancia ha sido un factor determinante para la articulación de una innumerable cantidad de culturas autóctonas cuya especificidad se palpa desde el primer contacto.

El Sáhara es un área cultural en sí misma, dividir su extensa superficie en países es incluso más absurdo como ponerle puertas al campo. Pero el Sáhara sí tiene y siempre tuvo puertas, lugares de partida y llegada en dónde las caravanas comerciales preparaban el avituallamiento necesario para atravesar el desierto. La sal, el oro, los esclavos y el marfil, fueron los productos más demandados originarios de África Occidental, que, una vez llegados a las costas del Mediterráneo se vendían y se intercambiaban por productos manufacturados y cereales que emprendían el camino de vuelta al sur del Sáhara. Estas puertas del desierto se fueron convirtiendo poco a poco en centros comerciales que atrajeron a un gran número de emprendedores que fueron paulatinamente amasando riquezas que serían gastadas, entre otras cosas, en su propia cultura material e inmaterial. En estos núcleos económico-culturales se produjo un contacto directo entre las poblaciones nómadas y las sedentarizadas que crearon un ambiente único.

De todas estas “puertas” del desierto, tales como Douz (Túnez), Oualata (Mauritania) o Sijilmasa (Marruecos) probablemente la más notoria sea Tombuctú, ciudad mitológica rodeada de leyendas. Lo que pocos saben es que, a la misma latitud, a más de 1000 km de distancia, se encuentra una ciudad en Níger, cuya función de centro comercial, a detrimento de Tombuctú, sigue intacto tras los siglos: Agadez.

Agadez fue fundada en el siglo XI según la tradición por los sanhaya o zeneguíes, una de las tres grandes tribus bereberes a la que también pertenecen los Almorávides, aunque fue a partir del establecimiento del sultanato del Aïr por parte de los tuaregs en el siglo XV su importancia en la región aumentó en detrimento de Assodé, la antigua capital del macizo del Aïr, el cual cubre a Agadez de las tormentas de arena del Este. A partir de ese momento Agadez floreció como punto de entrada y salida de mercancías que sólo fue mitigado por la decadencia de dichas prácticas en los albores del siglo XXI debido a su ineficacia respecto a los nuevos medios de transporte. Sin embargo, la nueva geopolítica del Sahel, en la cual Agadez forma una parte esencial, ha vuelto a redinamizar la vida de la ciudad a costa del tráfico de productos y migrantes ilegales que utilizan las antiguas rutas del desierto para alcanzar las costas mediterráneas. 

El hecho de que Agadez haya vuelto a situarse en el mapa internacional ha vuelto a girar los focos hacia la antigua ciudad tuareg que, gracias a la colaboración de las autoridades locales y la Unión Europea, se comienza a despertar del letargo que le supuso la situación de inestabilidad que sufrió primero con las revueltas tuaregs nigerinas (2007-2009), la guerra en el norte de Malí (2012- actualmente) y el polvorín que supone el norte de Nigeria.

© Sandra Fernandez / Proyecto EPPA

El patrimonio material e inmaterial de Agadez y su región es apabullante. Su situación remota ha permitido que la globalización cultural que afecta a todo el planeta, apenas comienza a percibirse en Agadez, hecho que ha permitido la conservación de sus tradiciones arquitectónicas y orales. El centro histórico de Agadez, fue inscrito en la lista de Patrimonio de la Humanidad por UNESCO en 2012, favoreciendo así su conservación y protección a través de proyectos como el propulsado por la ONG italiana CISP que ha rehabilitado parte de este bien patrimonial. Caminar por Agadez supone una experiencia extraordinaria; la cegadora luz blanca del desierto y el omnipresente polvo contrastan con la arquitectura tradicional en tierra tan característica de esta franja del Sahel. Sus calles y construcciones color rojizo nos evocan a un periodo histórico parado en el tiempo que se encuentra en vías de extinción. Debido a la sequedad ambiental, el viento y la escasez de las lluvias en la región, los muros de las edificaciones suelen ser reconstruidos periódicamente. En dos años las estructuras arquitectónicas sufren una fuerte erosión que obligan a prever su continua reparación, por lo que la profesión de albañil y encofrador es sin duda alguna, una de las más demandadas en el centro histórico de la ciudad.

La articulación de la ciudad antigua de Agadez no corresponde a un ordenamiento urbanístico proyectado de una manera conjunta y planificada. Los propietarios de las edificaciones, con permiso del sultanato, construyeron utilizando muros contiguos compartidos que, aunque siempre siguiendo una forma rectangular, en ocasiones desembocaban en problemas vecinales en el periodo de reconstrucción. Poco a poco el centro fue expandiéndose una vez el centro comercial de la región del Aïr se desplazó a Agadez, configurándose con la estructura que podemos observar actualmente. Los barrios, al contrario de lo que se puede suponer, no fueron ocupados únicamente por tuaregs de distintas tribus, predominantes en toda la zona, si no que las poblaciones provenientes de todo el Sahel que se establecieron en la ciudad atraídas por su carácter comercial, se fueron agrupando por barrios. Así, según las actividades económico-sociales que se realizaban en cada zona, la ciudad fue paulatinamente creciendo estableciendo un laberíntico entramado de calles sinuosas.

Mezquita de Agadez

Fue en esta época (s. XV) cuando se comenzó a edificar la imponente mezquita que corona toda la ciudad, la que aún conserva el record Guinness como estructura de barro más alta del mundo. Tras varias tentativas de ensayo/error, en 1515 o 1530 (la fecha varía según la fuente), el minarete más icónico del Sahel, aquel que inspiró todo un nuevo género arquitectónico, el llamado “Sudanés”, se erigió junto a un conjunto religioso que se compone de espacios de habitación y de oración de casi 1500 m2 que han ido incorporándose a lo largo de los siglos. La mezquita de Agadez es sin duda uno de los monumentos más representativos de toda África y su minarete de 27 metros de altura es su carta de presentación. A partir de la construcción en barro en niveles con vigas de madera cruzadas visibles desde el exterior diseñada por el ya mitológico arquitecto Zakarya, innumerables mezquitas e inmuebles seculares tomaron este patrón desarrollándolo a su manera.

Ejemplos notables son las mezquitas de Tombuctú (Malí), Djenné (Malí), Bobo Dioulasso (Burkina Faso) o Larabanga (Ghana), el barrio somono de Segú (Malí), los centros históricos de Kano y Zaria (ambos en Nigeria) o las tumbas Askia de Gao (Malí) pero su influencia se extiende en toda la subregión, llegando hasta Costa de Marfil. Reconstruida obligatoriamente por efectos de la erosión cada 6 o 7 años, la mezquita es visitable tanto en sus habitaciones, en su sala de oración y en el propio minarete, que es escalable por su estrecho interior plagado de murciélagos residentes hasta su cima desde podemos disfrutar de una indescriptible visión panorámica de todo Agadez y su desierto colindante.

© Sandra Fernandez / Proyecto EPPA

Anexo a la Gran Mezquita de Agadez y contando con un acceso privado, se encuentra el Palacio del Sultán del Aïr, en donde reside actualmente dicho sultán. La tradición tuareg cuenta que el colindante sultanato de Bornu – Kanem en el siglo XVI conquistó brevemente Agadez, expulsando a sus dirigentes. La ciudad fue rápidamente reconquistada por los fieros y perspicaces tuaregs (no olvidemos que son ellos mismos los que narran esta historia oral) y tras encontrarse sin un sultán al que obedecer, decidieron buscar ellos mismos a uno en el que era el sultanato más poderoso de la Tierra en ese momento: el turco. La historia, no sin lagunas (¿fue Bornu o el Imperio Songhai quién conquistó Agadez?) continua con la epopeya de los tuaregs desplazándose a Estambul para pedir al sultán que se ocupara de la situación. El mandamás turco selecciona a uno de sus hermanos para que se establezca como sultán del Aïr que se refunda en este momento, hasta nuestros días, en los que se considera a éste el descendiente directo vivo más cercano osmanlí turca. Las fechas bailan respecto a la historia de la fundación de Agadez y del sultananto que acoge, pero no queda duda de que el Palacio del Sultanato del Aïr se mantiene fiel al estilo arquitectónico del resto de la ciudad. Sus salas y diferentes estructuras en dos pisos en las que escaleras de barro se funden con terrazas y el cielo azul del desierto nos evocan a un entorno casi irreal, digno de las mejores novelas románticas del s. XIX y a las descripciones de León el Africano, uno de los primeros extranjeros en escribir acerca de Agadez. El palacio cuenta con aposentos para la familia del sultán, salas de recepción para visitantes, espacios privados para el sultán y su familia (como una maravillosa sala de siestas en la que el sultán duerme viendo en ocasiones documentales de animales en su televisión), una paradójica escuela de informática, aposentos para sirvientes y dos parkings, uno para coches y otro para caballos y camellos.

Agadez cuenta también con varios edificios emblemáticos que también datan del siglo XVI, entre ellos, dos mezquitas eregidas también por Zakarya: la de Tendé y la de Abawagé. La casa del Cadi, el palacio de Anastafidet, la casa de Sidi Kâ también llamada la Casa del Panadero o el Hotel de l’Aïr son otras edificaciones de importancia histórica y de una tremenda belleza que mantienen las formas estilísticas sudanesas, aunque adaptándolas a las necesidades de sus propios espacios.

Pero la cultura agadeziana no sólo es su impresionante patrimonio arquitectónico, sus manifestaciones artísticas y artesanales tanto tradicionales como contemporáneas son extremadamente ricas. Los artesanos de Agadez han sido y son reconocidos en todo el Sahel por su pericia en el trabajo de los metales y del cuero, que exportan a toda la región en forma de productos tales como joyas de su extensísima tipología tradicional, sandalias, bolsas o tapicería.

A nivel tradicional Níger y en concreto Agadez son un pozo sin fondo en lo que a manifestaciones artísticas se refiere. Basado en su mayoría en la tradición oral, la escena de Agadez se centra específicamente en danza, poesía y narrativa oral y música. Estas tres ancestrales tradiciones poseen unas ricas tipologías que varían en cada una de las zonas de la región de Agadez, en muchos casos aisladas entre ellas y separadas por kilómetros de polvo y arena. Esta incomunicación ha generado innumerables especifidades que abruman por su riqueza. Existe una gran escena de festivales que se nutre de estas tradiciones y que las representan en cada una de las comunas de Agadez, el más conocido es sin duda la Cure Salée en Ingal, en el que los hombres se presentan vestidos y maquillados con sus mejores galas para ser elegidos por sus futuras esposas. Otros festivales como el Festival del Aïr, el Tendé o el de Telit concentran a muchos de los artistas de estas comunas alrededor de efemérides locales tradicionales.

Por otro lado, el imaginario colectivo y artístico más internacional ha contado con Agadez como una parte imprescindible del desierto del Sáhara, su impactante valor visual ha servido a artistas de todo tipo, primeramente, nigerinos tales como Alpha Di, que celebra bianualmente el FIMA (Festival Internacional de la Moda de Agadez) o Bombino, que ya no sólo nombró su álbum debut como la propia ciudad, sino que sus letras ponen en valor y reivindican Agadez como región y sus problemáticas. En un segundo lugar extranjeros como Bernardo Bertolucci que situó en su excelente revisión cinematográfica de El Cielo Protector de Paul Bowles en Agadez, también han utilizada su impactante estética en sus creaciones.

Festival Cure Salée

La complicada situación de la región de Agadez debido a la inestabilidad de la zona dificulta su visita como turista. Las redes de tráfico de migrantes, drogas, armas y esclavos utilizan las antiguas rutas comerciales que atraviesan el desierto, siendo Agadez un punto crítico de salida de este tipo de mercancías. Distintos programas ejecutados por la UE y las autoridades nigerinas han intentado mitigar el impacto de estas actividades proponiendo actividades paralelas a la población como las culturales y artísticas a través del programa EPPA pero sigue siendo difícil competir con las ingentes cantidades de dinero que proporcionan las actividades ilegales. En cualquier caso, Agadez, continúa siendo un punto relevante comercial y económico dentro de la región. La llegada masiva de población haussa a la ciudad ha permitido a los tuaregs alquilar sus viviendas para desplazarse al desierto, en donde se encuentran a sus anchas. Una ciudad única en la que el peso de los siglos se siente en cada esquina.

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