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La violencia y, ¿después?

Invitado 24 enero, 2016

Autor: Olivier Barlet (africultures)

Presentada después de los Festivales de Venecia y Toronto en las Jornadas Cinematográficas de Cartago, donde recibió el Tanit de Plata, el tercer largometraje de Olivier Hermanus se adentra en los trastornos de la sociedad sudafricana.

Riviersonderend, este es el nombre en afrikáans de la aldea de la provincia del cabo occidental donde arranca la película y de ahí viene este título tan evocador. ¿Se refiere al tiempo que pasa mientras los hombres se enfrentan entre ellos? Alejamiento en todo caso, de acuerdo a lo que consigue Olivier Hermanus con este tercer largometraje: dar la espalda al naturalismo. Shirley Adams (2009) describía el combate de una madre para impedir que su hijo se suicidase, tetrapléjico a causa de una bala perdida. La cámara pegada a la espalda de esta mujer, como hicieron los hermanos Dardenne en Rosetta o Gus van Sant con Elephant. Con Beauty (2011), Hermanus puso cruelmente en escena el deseo homosexual reprimido en el seno de la comunidad afrikáner. El joven Olivier Hermanus renueva su cine de forma fulgurante con The Endless River, afirmándose como uno de los cineastas sudafricanos más destacados de los últimos años.

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La salida del naturalismo se reivindica marcadamente con un plano general de paisajes, música de violín y rótulos más propios de un western americano de la época de oro, al igual que el título de la película y el cinemascope. Aunque no sin ironía e inteligencia pues esto permite enfocar el asunto, la violencia hipócrita procedente del apartheid, a un nivel diferente a la resignación amarga o la queja sin continuación. Si la cuestión de la revancha la saca directamente Gilles (Nicolas Duvauchelle), un expatriado francés que perderá a toda su familia en un rito de iniciación orquestado por un bandido local, la película se centra en la superación de este asunto gracias al momento idílico que vive con Tiny (Crystal-Donna Roberts), la mujer del supuesto asesino (Clayton Evertson).

Esta película es de una total pertinencia para comprender los desafíos en Sudáfrica hoy en día, veinte años después del apartheid. Sin duda se podría acercar a Disgrace, la novela contundente de John Maxwell Coetzee adaptada al cine por Steve Jacobs: en esta historia también se muestra la agresión a una blanca por parte de un grupo de negros; también se manifiesta el peso terrible del pasado. Y en los dos casos, una historia profundamente molesta. Pero mientras en Disgrace, Lucy, la blanca, se adapta a la opresión de los negros como un vuelco de la Histora y su padre trata de purgar su propia decadencia, en The Endless River, las víctimas son inmigrantes franceses y la obra se concentra más en la relación del blanco Gilles y de la negra Tiny, unidos por el dolor del luto y la pérdida de referentes. A ambos no les quedará otra que deambular en busca de un futuro incierto.

Al dejar de lado la culpabilidad histórica del Blanco, ya que Gilles y su familia solo viven en el país desde hace un año, Hermanus quiere transmitir el vértigo de una sociedad arrinconada entre las secuelas del pasado y la ausencia de perspectiva política y humana. Durante toda la película, la música de Braam du Toit sostiene eficazmente la ambientación, al igual que el diseño de encuadres y luces del director de fotografía Chris Lotz, que logra retratos de una gran intensidad. Al dividir este relato en tres partes de acuerdo al nombre los protagonistas, Olivier Hermanus demuestra que lo que le interesa es buscar el resentimiento de los individuos, más más allá de la intriga propia del cine negro. La destreza interiorizada por Tiny remite al desconcierto y a las explosiones de Gilles. Así se va a constituir esta pareja imposible, los únicos que son capaces de buscar un futuro fuera de las soluciones excluyentes que se encuentran en sus comunidades.

La fulgurante belleza de los paisajes que atraviesan en su exilio, lejos de ser una postal, actúan para recordarnos que la existencia es posible, que está aún por definir, más allá de la segregación de clases y del color de la piel, pero queda el peso inquietante de la naturaleza y el cielo, así como los lugares con los que se topan, que acaban borrando rápidamente la ilusión engañosa de una reconciliación romántica. Si Hermanus no quiere a nadie más que a Devauchelle para interpretar a Gilles es sin ninguna duda por esta actuación tan a flor de piel, física y despellejada, al límite del extremo. Lo graba de cerca para captar la furia y el desgarro, mientras que la pantalla ancha, la sutilidad y la economía de diálogos evitan caer en lo psicológico. Ante él, la silenciosa Tiny aparece aún más frágil, sensible y torturada. De esta forma esta película sabe alejarse de los confines de los géneros a los que alude para escuchar mejor el grito de las personas dentro de la violencia del mundo, un grito que resuena mucho más allá de las fronteras sudafricanas.

 Traducción: Alejandro de los Santos Pérez

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