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«Daughters of the Dust»: el renacimiento de un clásico del cine afrofeminista

Angela Rodríguez Perea 20 mayo, 2019
Daughters of the Dust (1991)

Proyectada en la última edición del Festival de Cine Africano de Tarifa, «Daughers of the Dust» (1991) fue la primera película de una realizadora afroamericana en ser estrenada en las salas de cine en Estados Unidos. Un largometraje que ha inspirado la iconografía de Lemonade, de Beyoncé, y cuyo director de fotografía, Arthur Jafa, acaba de recibir el más importante galardón en la actual Bienal de Venecia. La versión restaurada de esta joya del cine estadounidense vive una segunda vida, más de 25 años después.

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Con «Daughters of the Dust», la directora Julie Dash concibió una de las películas más innovadoras de los Estados Unidos, si pensamos en un formato a medio camino entre el cine independiente y las grandes producciones. Aunque nunca volvió a dirigir otro largometraje, Dash escribió años más tarde dos libros relacionados con él. El primer libro explica el proceso de creación y de producción, señal de que el filme había creado una fuerte reacción entre algunas comunidades y que se acabaría convirtiendo en una referencia. El segundo, con apoyo de la aclamada escritora bell hooks, es una continuación de la historia de la familia Peazant, en torno a la que gira todo el guión.

«Hijas del Polvo» sería la traducción literal del título. Las protagonistas, en efecto, son mujeres, mujeres que pueblan permanentemente los primeros planos y que conforman un universo esencialmente femenino, perfilado a través de las ropas, de sus risas o de las constantes miradas entre ellas que guían al espectador como un diálogo no verbal cuando, a veces, éste se pierde en la trama. Nunca antes se había representado a un grupo de mujeres afroamericanas con tanta exuberancia, tan alejadas de la temática de la pobreza y con una presencia tan arrolladora. De hecho, debido al atrevido enfoque, su directora se topó con serios problemas para encontrar financiación para este proyecto, que había comenzado ya a idear en la década de los 70, cuando estudiaba cine en la UCLA. Para convencer a las productoras (acabó recibiendo un fondo de 800 000 dólares), la directora realizó un cortometraje a modo de muestra junto a Arthur Jafa, director de fotografía del largometraje y reciente galardonado en la Bienal de Venecia.

Dash se inspiró de la historia de su propia familia por parte paterna, originarios de las islas del Gullah, en Carolina del Sur. El transfondo histórico de esta película es absolutamente esencial para comprenderla en su totalidad. La población de las islas Gullah estaba constituida (lo sigue estando, pero la depredación inmobiliaria ha comenzado ya a atacar su forma de vida) por personas que habían huido de la esclavitud y que crearon su propio dialecto, el gullah o geechee, una forma creolizada del inglés con influencias de varios idiomas africanos.

La familia Peazant es, pues, originaria de lo que se conoce aún hoy como «Igbo Landing» o «El Desembarco Igbo» donde, según la leyenda, llegó un barco transportando a personas esclavizadas de la etnia igbo (sudeste de Nigeria) que, para evitar su futuro destino, optaron por lanzarse al agua encadenados para suicidarse. La historia de los Peazant está situada en el año 1902 y retrata el último día del clan en su isla natal, con sus conflictos presentes y recientes, antes de disponerse a emigrar en grupo al norte de Estados Unidos. Un gesto que sería repetido por millares de afroamericanos durante las primeras décadas del siglo XX. Las grandes ciudades del Norte de los Estados Unidos se transformaron en verdaderos centros neurálgicos y económicos, viviendo una revolución cultural motivada, en gran medida, por la llegada de estas poblaciones afroamericanas y de toda una riqueza cultural que daría lugar a fenómenos como el llamado «Harlem Renaissance» que, además, tuvieron una influencia artística por todo el mundo, empezando por el occidental.

Los Peazant son una familia acomodada, algo que queda de manifiesto en los objetos que invaden lo cotidiano: las ostentosas ropas, la delicadez de los encajes que llevan o la vajilla de cerámica, mezclados estos, por otra parte, con los elementos más puros de la naturaleza, como ese paisaje costero de filaos y arena blanca o los alimentos que se vierten en los platos: gombo, gambas, cebolla, mandioca, (…) y que nos transportan a un paisaje culinario africano, en contraste con la loza pintada al estilo europeo. Dash, de hecho, utiliza toda una serie de recursos visuales y sonoros para reflejar la fuerte tensión entre dos visiones del mundo enfrentadas en el seno del clan.

En un extremo se sitúa la idea del anclaje en la ancestralidad, que es perfectamente representado por Nana Peazant, la matriarca y guardiana de la espiritualidad y las costumbres. Ella es la memoria viva de unos antepasados trasladados a la fuerza a través del océano, cuyo sonido (el de las olas) inunda toda la película, recordándonos la génesis de la familia: una tragedia seguida de una ruptura, un comienzo desde cero, ex-nihilo, el nacimiento de ese polvo al que alude el título. Nana, interpretada por Cora Lee Day, es seguramente el carácter más realista e impactante. Es capaz además de comunicarse con su futura nieta, una niña aún no nacida y cuya voz hace las veces de narrador. Por otro lado está la modernidad, encarnada en dos personajes antitéticos que vuelven desde la tierra firme, donde están instaladas: Viola Peazant es una ferviente cristiana que viene acompañada de un fotógrafo, símbolo del progreso y del éxito, para documentar los últimos momentos de su familia en la isla. Yellow Mary, como se conoce al segundo personaje, encarna un carácter rebelde y controvertido, y llega junto a la joven Trula, su amante.

Pero no se trata aquí del clásico argumento «tradición versus modernidad». Cuanto menos, podríamos decir que Dash logra romper el esquema a través de una línea narrativa concientemente desestructurada, circular quizás, en la que la cronología de las escenas no es en absoluto clara. Sumado esto a unos diálogos casi teatrales, en el dialecto gullah, el espectador acaba algo desorientado, aunque puede reconfortarse en la gran belleza de las imágenes y el la fuerza de las protagonistas, observando sus afinidades, los gestos de cariño y de proximidad, o en sus rivalidades.

Aunque delegada al olvido durante años, «Daughters of the Dust» tuvo una influencia mayor en el videoclip de Beyoncé «Formation» y en el corto «Lemonade«. Muchos han criticado a la artista de plagio, lo que no sorprende teniendo en cuenta las numerosas «inspiraciones» a las que recurre el matrimonio Carter, pero lo cierto es que ha ayudado a resucitar esta joya del cine estadounidense de la que pocos se acordaban. Coincidiendo con el 25 aniversario de su estreno, el largometraje fue restaurado por el Grupo Cohen y la nueva versión puede verse hoy a través de Netflix.

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