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David Goldblatt 1948-2018: historia de un apartheid

Angela Rodríguez Perea 7 febrero, 2019

Después de haber captado durante siete décadas la realidad cotidiana de su país, el fotógrafo de Randfontein nos dejaba a finales de 2018. Observar sus fotografías equivale, inevitablemente, a sumergirse en uno de los capítulos más lacerantes de la historia de Sudáfrica, el del Apartheid. David Goldblatt retransmitió este terrible sistema desde sus entrañas mismas, las tripas de la sociedad sudafricana y de los dos universos que la conformaban: el de la población negra, privada de derechos, confinada a un espacio urbano claustrofóbico y relegada a servir a la otra clase, la minoría blanca, aislada esta dentro una mentalidad insana y racista. Unos y otros trataban de llevar la vida con la mayor normalidad posible, y fue precisamente esa cotidianidad la que Goldblatt reflejó en sus instantáneas, en la parsimonia y, sobre todo, en la perversión del día a día.

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Encontró en la cámara una coartada para hacer frente al ilógico contexto que lo rodeaba. Decía que aquella actividad le daba “la oportunidad, la licencia para observar la realidad de diversas formas, que no nos son permitidas“. Y lo hizo durante cuarenta años, hasta el final de sus días, una buena parte de ese tiempo viajando alrededor de Sudáfrica en su caravana. Su medio predilecto fue la fotografía en blanco y negro, pues consideraba el color demasiado “blando” para reflejar lo que estaba ocurriendo en su país. Nos hace pensar en otro celebrado artista, algo más joven, William Kentridge que, como él, también se inclinó por los monocromos en sus dibujos y también estuvo profundamente influenciado por los paisajes mineros de su ciudad natal, Johannesburgo. Ambos adoptaron una postura más filosófica que directamente activista en sus trabajos, aunque sus respectivas poéticas visuales constituyen un posicionamiento muy claro en el contexto que les tocó vivir. Al final de su vida, Goldblatt comenzó a fotografiar en color, sin estridencias, sin embargo, y manteniendo una fuerte conciencia de la composición.

Manos arriba en Hillbrow, Johannesburgo, 1963.
Cortesía de MCA Sydney y Goodman Gallery.

Pero David Goldblatt es un fotógrafo esencial, sin el que no sería posible comprender totalmente la época del apartheid. Utilizó el privilegio legal que era la libertad de movimiento para tomar instantáneas de los dos mundos, el blanco y el negro, en los que estaba dividida la sociedad sudafricana. Ligado a la Goodman Gallery, fue el primer fotógrafo sudafricano en exponer individualmente en el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York, uno de los pioneros en publicar libros de fotografías impresos, como en el caso de “On the mines” (“En las minas”, 1973). Tras la gran retrospectiva que el Centro Pompidou de París le dedicaba poco antes de su fallecimiento, el Museo de Arte Contemporáneo de Australia, en Sydney, acoge estos días la mayor muestra dedicada al fotógrafo en la subregión.

Esquizofrénicos, hijos del odio

Nieto de inmigrantes lituanos, David Goldblatt nació en 1930 en el seno de una familia judía, en la ciudad minera de Randfontein, a 40 km al oeste de Johannesburgo. Creció con la omnipresencia de esas minas y con los paisajes y sonidos que le devolvían; su aspecto duro y áspero, la música que cantaban los trabajadores. Sudáfrica era un lugar donde la población negra construía los cimientos del país, donde la minoría blanca era propietaria, legisladora y explotadora. Las minas como temática volverían más tarde a su trabajo, cuando la fotografía ya era su profesión a tiempo completo, e incluso lo llevó a colaborar con la escritora y ganadora del Nobel Nadine Gordimer. Pero sus inicios Goldblatt los debía a una cámara Cortex que le trajo desde Europa su hermano, quien había participado en la Segunda Guerra Mundial en el bando de los aliados, como la mayoría de sus compatriotas.

Cuando, en 1948, el Partido Nacional entró en el poder e implantó las bases de lo que sería el apartheid, él aún no había cumplido 18 años. Era autodidacta y aprendía gracias a un libro del fotógrafo norteamericano Ansel Adams. La mayoría de dirigentes de ese partido también habían servido en la guerra, combatiendo contra Hitler y el nacionalsocialismo, pero eran extremadamente racistas y, aún más sorprendente, también antisemitas. El ser humano es intrínsecamente capaz de lo mejor y de lo peor, a un mismo tiempo, algo que Goldblatt constató a través de su trabajo durante toda su vida. Paradojas que remiten al actual apartheid impuesto a los palestinos por el Estado de Israel o a las violencias xenófobas perpetradas contra inmigrantes de otros países africanos, irónicamente a manos de sudafricanos negros.

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El propietario de una parcela, su mujer y su hijo mayor durante el almuerzo. Wheatlands, Randfontein, 1962.
Cortesía de MCA Sydney y Goodman Gallery.

A principios de la década de los cincuenta, pues, Sudáfrica no era un lugar seguro para un joven judío. Recién casado, con su padre enfermo y él mismo a cargo del negocio familiar, Goldblatt decidió no emigrar al extranjero, a pesar de todo. La mejor manera que encontró de confrontar la nueva realidad fue a través de su cámara. “La fotografía es una herramienta de evaluación crítica“, afirmaría. Es probable que su condición minoritaria, dentro de ese mundo privilegiado blanco, lo dotara de una sensibilidad especial y de una visión muy divergente de aquella que prevalecía, bloqueada por la censura y el estricto orden social.

“Al fotografiar estaba observando mi propia vida y mi pasado, de manera microscópica. Era doloroso”.

David Goldblatt.

Tras sus primeras instantáneas en plena calle, que le valdrían más de un reproche de los transeúntes, Goldblatt decidió retratar a personas únicamente con la autorización expresa de estas. Así empezó la serie de retratos de familias rurales blancas, que guarda una relación visual escandalosamente próxima de las series de los fotógrafos norteamericanos de la Gran Depresión de los años treinta, especialmente de Dorothee Lange y de Walker Evans. La quietud e intimidad que desprenden las escenas son el resultado de un trabajo cuidado y meticuloso, con un encuadre meditado, y de una paciente labor para ganar la confianza de los retratados. A David Goldblatt le sorprendía la tremenda generosidad de muchas de aquellas familias rurales. Podían ser tiernos y, a la vez, profundamente racistas en su comportamiento, que estaba respaldado por el sistema del Apartheid de los sesenta.

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Interior de una tienda bajo concesión, reservada a los mineros negros, Crown Mines, 1967. Cortesía de MCA Sydney y Goodman Gallery. © The David Goldblatt Legacy Trust

Soweto, años 70

Al contrario de lo que se piensa comúnmente hoy, Soweto no fue en sus orígenes un tugurio o un simple barrio marginal, sino un distrito construido por el propio gobierno para alojar a los trabajadores negros de Johannesburgo. A principios de la década de los setenta, Goldblatt presentó a la revista para la que trabajaba, Optima, la idea de realizar un gran reportaje sobre este barrio. Propuso a su compañero Peter Magubane, pero el destino quiso que este fuera arrestado durante esta época, descartándolo para el encargo. Compañero de generación de Goldblatt, Magubane ha acabado siendo uno de los principales fotógrafos del país, pero el hecho fortuito de su arrestación, en aquel momento, ha posibilitado una serie de fotografías en unas circunstancias excepcionales, por lo poco probable de que un fotógrafo blanco realizase entonces una serie fotográfica tan humana y próxima, en una zona de población negra.

Acompañado de un guía e intérprete, Goldblatt fue accediendo a la rutina de los habitantes de Soweto. La primera instantánea que tomó allí es el retrato de la dependienta de la foto de portada. La mirada de la joven es profunda, nos apunta directamente, es en cierta manera desafiante o desconfiada. Goldblatt insistía en que las personas lo mirasen directamente a los ojos y no a la cámara, para evitar que la mirada resultase vacía. Es, al fin y al cabo, una búsqueda de la humanidad que se encuentra del otro lado del obturador, una provocación a conectar de persona a persona, por encima de barreras sociales. Sus retratos en Soweto fueron un bálsamo personal, una excusa para establecer ese contacto.

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Jóvenes con Dompas, White City, Jabaju, Soweto, 1972. Cortesía de MCA Sydney y Goodman Gallery. © The David Goldblatt Legacy Trust

La imagen de estos dos jóvenes ilustra a la perfección otra de las características de su fotografía, la necesidad de mirar de cerca, repetidas veces y más allá de lo obvio. Aquí estamos ante dos amigos, de unos 16 años, que se presentan ante el fotógrafo con una cierta ternura. El chico de la derecha sujeta con delicadeza un documento. Se trata del “dompass”, una especie de pasaporte que permitía a los ciudadanos negros acceder y trabajar dentro de las zonas reservadas a los blancos. Sin él, podían ser multados o encarcelados, incluso. Al parecer, mientras posaban, el joven sacó de su bolsillo el dompass, de manera espontánea. Goldblatt lo interpreta como un mensaje, una reacción ante un hombre que, aunque amable, no dejaba de ser blanco, con todo lo que aquello representaba: “Que te jodan, tengo mi dompass, no puedes hacerme nada“.

La vida como un ancho río tranquilo

No muy lejos de Johannesburgo, en una pequeña ciudad llamada Bocksburg, Goldblatt encontró una muestra perfecta de lo que era la comunidad blanca en el Sudáfrica de los ochenta. Como en muchas otras zonas urbanas, solo los ciudadanos blancos podían ser propietarios allí. Los negros, a pesar de no vivir en el lugar, poblaban con su presencia todos los rincones: eran jardineros o cuidadores de niños, por ejemplo, trabajadores que debían volver a casa al final de la jornada laboral.

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Chica con su nuevo tutú, Bocksburg, Traansval, 1980. Cortesía de MCA Sydney y Goodman Gallery. © The David Goldblatt Legacy Trust.

De esta serie se publica el libro “Some Afrikaners photographed” (“Algunos afrikáners fotografiados”), donde Goldblatt vuelve a enfrentarse con el insoportable contraste moral de la clase media blanca. “De alguna manera, necesitaba reflejar en fotografías lo normal que era la vida en Bocksburg, en un sentido internacional de la palabra”, explicaba, ” y hasta qué punto era demencialmente anormal, anormal más allá de cualquier cosa que puedas imaginar“.

Prueba de visión en la clínica oftalmológica Vosloosrus. 1980.
Cortesía de MCA Sydney y Goodman Gallery. © The David Goldblatt Legacy Trust.

Estado de Emergencia

En los años ochenta, Sudáfrica vivió un periodo de gran agitación social, con demandas por parte de la sociedad civil a las que el gobierno respondió instaurando un estado de emergencia. Los padres de menores detenidos tenían la prohibición legal de comunicar públicamente el estado de sus hijos. Lo máximo que podían hacer era visitarlos y llevarles comida a la prisión. En este contexto, algunos padres se organizaron formando el Detainees Parents Support Committee (Comité de Apoyo a Padres de Detenidos) y, con la ayuda de abogados, contrataron a fotógrafos para aportar pruebas visuales del maltrato que recibían sus hijos.

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Lawrence Matjee tras su detención por la Policía de Seguridad. Khotso House, de Villiers Street, 1985. Cortesía de MCA Sydney y Goodman Gallery. © The David Goldblatt Legacy Trust

Goldblatt colaboró con ellos. El joven de la fotografía es Lawrence Matje, de quince años, arrestado por la Policía de Seguridad tras un altercado en el que Matje había sido identificado lanzando piedras contra las fuerzas del orden. La madrugada misma del suceso, la policía aterrizó en casa de sus padres y, sin darle tiempo a vestirse, lo sacó, arrastrándolo por los pies. Mientras tiraban de él, otros agentes le daban patadas en las manos, hasta el punto de acabar enterrándoselas en el antebrazo. Matje fue encarcelado de inmediato y, durante seis días, no recibió ningún tipo de medicación o tratamiento. Fueron sus propios compañeros de celda quienes sacaron las manos de los antebrazos, tirando de ellas. En el momento de la fotografía, acababa de ser escayolado. Goldblatt se admira de su expresión, llena de compasión, sin un ápice de odio en su mirada.

Un fotógrafo cobarde

La periodista y crítica Susan Sontag nos alertó de los peligros de lo que llamó la “supresión de los escrúpulos”. Esa tendencia a la sobreexposición de la violencia y el sufrimiento en las imágenes modernas que nos rodean, ha acabado actuando como un edulcorante, anestesiando a la audiencia. La aproximación de Goldblatt opera en el sentido opuesto. Bajo una apariencia de normalidad, la narrativa que subyace en sus instantáneas es terrible e insoportable, pero solo se puede comprender revisitando esas imágenes, una y otra vez. Aunque se definió a sí mismo como un “fotógrafo cobarde”, que enfrentaba sus propias angustias con el arma de la cámara y huía del “campo de batalla” donde ocurrían los acontecimientos explícitamente más duros, lo cierto es que Golblatt acaba siendo más eficaz e impactante en el mensaje que transmite.

David Goldblatt falleció en junio de 2018, a la edad de 87 años, sin haber soltado la cámara. Sus lentes siguieron captando las contradicciones de la sociedad port-apartheid. Considerado por algunos “el padre de la fotografía sudafricana“, Goldblatt fue también un mentor y ejerció una influencia mayor en las nuevas generaciones, que puede verse en el trabajo de nombres tan reconocidos hoy como Zanele Muholi, con quien lo unía una gran amistad, o de Pieter Hugo, en el formalismo en blanco y negro y la denuncia de la primera, en el realismo costumbrista y obsesivo del segundo. l

David Goldblatt, fotografía de Warren van Rensburg.

“Fotografié para mis compatriotas, para otros sudafricanos como yo, negros y blancos (…) con la esperanza de que, a partir de estas fotografías, se dieran cuenta de su propia locura”.

David Goldblatt.

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