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Colonialismo homosexual y lingüístico en Marruecos: “El que es digno de ser amado”

Alejandro de los Santos 26 septiembre, 2018

Algunos de nosotros descubrimos al escritor Abdelá Taia en una faceta artística que ha cultivado poco: el cine. En 2014 el largometraje L’armée du salut se hacía con el Premio a Mejor Película en el Festival de Cine Africano de Tarifa-Tánger, que por aquel entonces aún se celebraba en Córdoba. Un nuevo nombre para el cine de Marruecos, aunque en realidad fue una breve incursión en el Séptimo Arte para adaptar su novela homónima. Si bien en España, tan solo una de sus obras había sido traducida, Taia era ya un escritor consagrado, con varias novelas publicadas en Francia y con algunos reconocimientos literarios en su haber. Además, se había convertido en uno de los primeros escritores marroquíes y árabes en reconocer públicamente su homosexualidad en una de las revistas más leídas del país.

A finales de 2017 Taia lanzó en Francia Celui qui est digne d’être aimé, publicada en España gracias al encomiable olfato de la editorial Cabaret Voltaire, que lo colocó en los estantes de las librerías españolas bajo el título El que es digno de ser amado (2018). La publicación de esta obra es tan acertada como la valentía de adaptar el nombre de los autores árabes al sistema fonético español: Mohamed Choukri pasa a ser Mohamed Chukri y el propio Taïa se escribe ahora Abdelá Taia. ¿Por qué otorgar únicamente a la lengua francesa el privilegio de transcribir los nombres de autores de un país que es apenas francófono de iure? Tampoco dista mucho esta decisión de una de las problemáticas que el autor disecciona a calzón quitado en esta breve novela epistolar. Esta vez el centro de la trama no son exclusivamente las penurias de un homosexual marroquí en una ciudad de provincias como Salé. Ahora Taia va mucho más allá en su propósito: acusar al poder que se ejerce sobre los subalternos. Y apunta el dedo directamente a los efectos del colonialismo francés en el Marruecos actual desde el punto de vista lingüístico, cultural y sexual.

En un encuentro con su pasado, Ahmed, el protagonista, a sus 40 años, remite la primera de las cuatro cartas que componen la novela a Malika, su madre, muerta desde hace cinco años. Ahmed le desvela póstumamente su homosexualidad, vivida en libertad en París y, en un j’accuse de gran virulencia desentierra las ruinas de un pasado tortuoso, en el que ella ejerció de dictadora doméstica en solitario. Luego del fallecimiento de su padre, Malika sometió a sus hijos a una existencia cruel en un hogar donde todo se abordaba desde la violencia. Malika abrió la veda de una vida marcada por el abuso de poder y que afectará a todos los aspectos de la vida de Ahmed. Pero no se trata de una simple acusación, Ahmed reconoce que su madre tampoco tenía más elección que llevar adelante el hogar y la crianza de sus hijos, y no dejarse aplastar por los demás en un contexto de histeria generalizada. Quien sí goza del privilegio de la ternura y de la benevolencia de su madre, el “cascarón de huevo”, es el primogénito de la familia, situación muy común en las familias marroquíes y que contradice la estampa preconcebida del hijo homosexual que no se separa de su gallina.  Ahmed en el fondo entiende a su madre y su incapacidad de repartir ternura entre todos sus hijos. Incluso siente empatía cuando le recuerda que cuando estaba embarazada de él quería desprenderse a toda costa del feto al pensar que otro varón podría convertirse en una amenaza a su caudillaje. “Te admiro mamá, siempre has sido una persona de principios, la crueldad como regla del juego”, declara Ahmed.

El poso familiar heredado por Ahmed se bosqueja con creces en la tercera carta. Mientras Emmanuel, su pareja, duerme en el apartamento común situado en uno de los barrios más preciados de París, el protagonista le dedica unas líneas en las que describe una relación marcada por la disonancia. Desde su primer encuentro amoroso, Ahmed, preadolescente, siente una fascinación inmediata por un turista, no solo por ser de nacionalidad francesa sino por ser algo más mayor que él y sobre todo por hablar francés. Después de un primer affaire, Emmanuel se convierte sutilmente en una especie de amo que domestica y manipula a cuentagotas a su “petit arabe”. En las primeras conversaciones le corrige las frases mal construidas, le insta a perfeccionar una lengua que necesita dominar e insiste en que priorice el razonamiento en detrimento de las desusadas metodologías árabes del aprendizaje de memoria. Años después, Ahmed emigra a París, se instala en la casa de Emmanuel y encuentra al mismo tiempo la libertad y la pérdida. Es en este pasaje del libro donde Abdelá Taia desenvuelve su propósito principal: denunciar el colonialismo francés en sus múltiples formas.

Ahmed se transforma poco a poco en la sombra de Emmanuel. Aprende a pensar, a vestirse, a comportarse y a hablar como él, aspira a ser otro homosexual parisino más, sacado en serie del barrio de Le Marais. Pero para la sociedad francesa no dejará de ser solo eso, una sombra, Ahmed siempre será un Ahmed más, otro “petit arabe”, otro musulmán asimilado. Pues al fin y al cabo, los esfuerzos lingüísticos o de adaptación cultural son invisibles a la fisonomía y al origen en París. “¿Ese pequeño acento de dónde viene?”. Una pregunta de apariencia inocua con la cual los parisinos establecen sus parámetros de distinción. Porque hablar bien francés se convierte en una obligación moral para un excolono, en una herencia natural. Incluso el propio Abdelá Taia confiesa que optó por el francés para escribir puesto que en cierto modo la lengua deviene un campo de batalla dentro de sí mismo, al igual que para tantos otros marroquíes. “Tú hablabas francés. Y eso bastó para que me enamorara de ti”, escribe Ahmed. Puesto que el francés es en Marruecos una medalla distintiva, un esfuerzo descomunal que en París se desconsidera con un simple interrogante. De esta forma, el colonialismo francés acaba filtrándose paulatinamente en la vida amorosa y sexual de un joven marroquí que emigra a Francia en busca de una mayor libertad. La falta de voluntad de la sociedad francesa de solventar las viejas cuentas del pasado colonial y los efectos de la colonización en la actitud hacia el otro actúan también en el amor, que no deja de ser otro tipo de relación de poder tal y como admite el propio Taia.

Llegados a este punto nos preguntamos ¿qué significa ser homosexual y libre en Francia siendo árabe? El autor defiende que éstos tienen que enfrentarse de continuo a imágenes que se han construido sobre los hombres árabes durante la colonización francesa. En El que es digno de ser amado, Ahmed cita una de las anécdotas literarias más sacadas a colación por Emmanuele en las tertulias compartidas con otros amigos homosexuales: Oscar Wilde y André Gide se conocieron en Argelia en 1895. Wilde insistió para que Gide tuviera una segunda experiencia homosexual (la primera de ellas fue en Túnez), y se acostara con un joven músico argelino. Wilde y Gide, protagonistas de una historia en la que participaron tres personas. Pero una vez más, el joven árabe queda en el completo anonimato, como también lo fue “el Árabe” para Albert Camus en El Extranjero. Y él mismo se ve reflejado en ese mismo juego de espejo en el que el “petit arabe” siempre se muestra en un segundo plano.

Wilde y Gide inauguran de cierta forma el turismo sexual masculino en el Magreb y lo que Todd Shepard denomina “el homoerotismo francés hacia los árabes”. Sabemos que Tánger fue uno de los destinos favoritos para muchos intelectuales extranjeros adinerados durante el siglo XX. Paul Bowles reflejó como nadie el sueño mítico de Tánger en El cielo protector y atraería de la atención de otros muchos escritores en los años 50 como Truman Capote, Gore Vidal o William Burroughs. Ya alcanzada la independencia, Marruecos siguió atrayendo a literatos homosexuales franceses como Jean Genet, Michel Foucault o Roland Barthes, puesto que Tánger favorecía una libertad sexual que no existía en Francia o en Estados Unidos. Un buen puñado de los libros acerca de la Tánger de la época fue constituyendo lo que Marie-Haude Caraës y Jean Fernández definieron como la “colonización literaria de un espacio” y donde la homosexualidad fue uno de los principales pilares temáticos. La literatura sirvió para cristalizar la imagen de Tánger, Marruecos o por extensión el Magreb como emplazamiento para las relaciones homosexuales entre occidentales y “petits arabes” de la calle.

Y es en parte lo que Abdelá Taia apuntala en la carta que recibe Ahmed de su único amigo en Marruecos, Lahbib. Ambos habían crecido juntos y se habían servido de confesores en un país nada alentador para los homosexuales locales. Lahbib nunca tendría la suerte de mudarse a París como Ahmed. Él siempre viviría en Salé, se relacionaría con hombres extranjeros que llegaban a Marruecos en búsqueda de sexo abundante y barato con “estatuas de bronce”, como definió Oscar Wilde a los magrebíes. Lahbib, que en árabe significa “el que es digno de ser amado” también confiesa querer acabar a cualquier precio con una existencia marcada por la dominación sexual neocolonial que se asemeja cada vez más al infierno.

La reacción de Ahmed ante una infancia y una edad adulta marcadas a fuego por la violencia y los juegos de poder se ven reflejadas en la segunda carta, enviada por Vincent, un amante francés de origen cristiano y judío veinte años más mayor que él, que le confiesa abiertamente no solo que está enamorado de él sino que el protagonista es el hombre de su vida. En el texto Vincent relata la única noche que pasaron juntos y los sentimientos del amor no correspondido que el francés cuenta desde la absoluta soledad, desde la desolación por no haber recibido respuesta. Vincent busca también más información para comprender la rabia que muestra Ahmed en todo momento y su obsesión por hallar una buena posición profesional en París.

En definitiva, Abdelá Taia nos presenta una novela que nos deja con ganas de más por la pertinencia de unas cavilaciones planteadas desde lo más profundo de sí mismo. En alguna ocasión Taia ha confesado que escribe en un “francés pobre”. Sin embargo, la virtud de su estilo reside precisamente en una sencillez aparente, en la construcción de unos personajes muy cercanos a su experiencia vital y a la necesidad de dejar espacio al lector para el cuestionamiento y para la reflexión. Es capaz de condensar en una sola frase el sentir de una comunidad a través de un solo personaje. El que es digno de ser amado es su novena novela. Esperamos que Cabaret Voltaire nos brinde otros tantos títulos que nos permitan sumergirnos hasta el fondo en el imaginario de uno de los narradores marroquíes más sugestivos de los últimos años.

 

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1 Comment

  1. Antonio Santos Morillo 27 septiembre, 2018 at 9:33

    Acabo de leer la novela y, efectivamente, me ha parecido bastante interesante el planteamiento que Taïa hace sobre la dominación colonial (en todos los aspectos) y la problemática del homosexual marroquí cuyas únicas salidas son practicar su sexualidad a escondidas, suicidarse (como hace Lahbib) o huir a un país donde pueda hacerlo libremente (como hace Ahmed, el protagonista). Es verdad que en las relaciones entre Emmanuel y Ahmed y, sobre todo, entre Gérard y Lahbib hay colonialismo cultural y/o sexual, pero también suponen una vía de escape para esa sexualidad reprimida de los chicos marroquíes, una liberación que en su país natal es imposible. Es por esto último por lo que echo de menos en la obra una crítica mayor a la situación que los homosexuales viven hoy en día en Marruecos donde las prácticas sexuales entre hombres es ilegal (se castiga con prisión y penas de multa) y entre mujeres ni siquiera se contempla. Pensemos solamente en que esta novela no se podría haber publicado en Marruecos.

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