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La vitalidad de la escultura de Calixte y Théodore Dakpogan

Alejandro de los Santos 8 agosto, 2013

Zapatos, cortaúñas, bolígrafos, discos de vinilo, peines, botellines de cerveza y metal forjado. Estos son algunos de los materiales que utilizan Calixte y Théodore Dokpagan para componer unas esculturas heterogéneas que toman de referencia la idiosincrasia y la mitología del vudú, la religión mayoritaria de la República de Benín. Ambos forman parte de la quinta de escultores que decidieron ofrecer otra vida a los desechos generados por la sociedad de consumo y de esta forma imprimir un nuevo giro de tuerca a la creación artística tradicional. Descendientes directos del herrero Sabgo Ayato, que realizaba encargos para la corte del rey Toffa I, los hermanos Dakpogan han sabido mantener en alza el arte de forjar el metal adaptándolos a expresiones estéticas de nuestra era. No en vano, ambos residen en el barrio de Goukoumé de la ciudad de Porto-Novo, erigido en homenaje a Gu, representación divina que transmitió al hombre las artes del manejo del metal en el imaginario mitológico vudú. Gu corresponde al Dios yoruba Ogún, que al mismo tiempo es identificado en los ritos de la diáspora latinoamericana con santos cristianos como San Jorge, San Antonio o San Pedro.

Todas mis esculturas hablan de mi país, mi cultura, mis alrededores y mis creencias, así como sobre la totalidad de mi visión del mundo

El arte del antiguo reino de Dahomé se distinguió del resto de África por su inagotable variedad de componentes plásticos. La familia real respaldaba fuertemente la creación artística a través de encargos de trabajos específicos y no de estilos concretos, lo que contribuyó a que los artistas buscaran continuamente otros caminos inexplorados. Los puertos de esta región fueron testimonio de las idas y vueltas de esclavos, inmigrantes, comerciantes y colonizadores que fueron aportando dinámicas artísticas diferentes a las locales. En ese empeño por fomentar de las formas artísticas, a finales del siglo XIX, esclavos libertos de Brasil regresaron a su tierra de origen para coronar varias ciudades africanas con una arquitectura muy similar a la que podemos encontrar en el centro histórico de Salvador de Bahía. Por tanto, no es de extrañar que los artistas plásticos de Benín suelan ocupar numerosas páginas de catálogos de destacados eventos de arte contemporáneo de todo el mundo. El Guggenheim, la Tate Modern de Londres o el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York han dedicado buena parte de su espacio a exponer la obra de nombres como Romouald Hazoumé, Meschac Gaba, Dominique Zinkpè o los propios hermanos Dokpogan.

El taller de Calixte y Théodore Dakpogan

El taller de Calixte y Théodore Dakpogan

Rebuscar en los desguaces y en otros focos de retales metálicos de Porto Novo era un inagotable pozo de recursos para Calixte y Théodore Dakpogan. En sus primeras composiciones comenzaron a utilizar piezas de coches para simular las estatuas tradicionales de cuerpo entero de la etnia Fon. Con el paso del tiempo, fueron definiendo un lenguaje personal más acorde con inquietudes más actuales, sin olvidar las alusiones a la tradición. “Todas mis esculturas hablan de mi país, mi cultura, mis alrededores y mis creencias, así como sobre la totalidad de mi visión del mundo”, declara Calixte. El taller de los dos hermanos tiene un aspecto de una auténtica cacharrería donde se esparcen por el suelo cucharas, sacapuntas, bombillas, teclados de ordenador y cualquier elemento susceptible de pasar a mejor vida. Objetos banales que se desechan a un contenedor sin miramientos por desuso, avería o simple cansancio figuran en los distinguidos salones de coleccionistas y en prestigiosas galerías de arte de medio mundo.

Justamente es el usar y tirar lo que proporciona sentido a su obra. “Trabajo con materiales reciclados que fueron abandonados por el tiempo y transformados por el uso, confiriéndoles a mis esculturas un grado de vitalidad que no sería capaz de dotarles si empleara nuevos materiales”, afirma Calixte. Las amplias posibilidades que ofrece la basura, donde se puede encontrar prácticamente de todo, supera con creces las limitaciones de acudir a un almacén o a una tienda de barrio. Unas cintas de radiocasete en extinción se convierten en ojos, unos zapatos de tacón desgastados reconfiguran las facciones de una cara, pendientes pasados de moda dan volumen a las mejillas de una máscara. La inventiva de estas creaciones va asociada a un proceso creativo que en general parte de una idea y desemboca en el hallazgo del objeto abandonado que mejor encaja. En todo este universo creativo encontramos guiños de humor e ironía hacia problemáticas, personajes o mitos que integran la sociedad beninesa, tal y como manifiestan las obras “Curandero”, “Jefe del barrio”, “Estudiante de secundaria” o “Embajador”. Toda una infinidad de posibilidades creativas de forma y contenido que convierte cada obra en un producto único y original.

La vitalidad de las obras de Calixte y Théodore Dakpogon proviene de la tradición de transmitir este oficio de padre a hijo, cumpliendo a rajatabla las enseñanzas de Ogún. El mito del forjador del hierro, Hefeso en la antigua Grecia o Vulcano en Roma, se reproduce en este caso sin ningún tipo recreación legendaria, sino que pervive en el siglo XXI a través del martillo, del cinzel y de la forja de los Dakpogan. En las sociedades contemporáneas, en las que lo material parece ser el único elemento que da sentido a la vida, hay quien se inclina por la creación y por mantener vivos ciertos mitos que han guiado la existencia de la humanidad durante siglos. La escultura como patrimonio y como referencia de futuro.

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