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Una estación de trenes para servir a la cultura

Alejandro de los Santos 30 octubre, 2014

En los últimos tiempos la cultura busca las más variadas soluciones para alcanzar a otros públicos y salir de los espacios convencionales. El teatro desafía constantemente la disposición clásica de escenario-platea, el cine encuentra otras formas de exposición en espacios alternativos, las artes plásticas se insertan en la calle para alcanzar a un mayor número de personas. La configuración del espacio llega a incluso a ser indisociable del propio concepto artístico, creando un estado de interrelación absoluta. Los actores culturales indagan en enclaves urbanos anclados en la mera funcionalidad práctica que aporten nuevas perspectivas al arte y a la cultura. Sabemos que una estación de trenes se ha concebido tradicionalmente para dar cobijo a viajeros que llegan y se van. O a quienes esconden las lágrimas al ver a sus familiares partir. Un espacio donde todo es pasajero. Sin embargo, en Maputo, capital de Mozambique, hace años que se ha quebrado con esta dinámica con el objetivo de favorecer el encuentro de los ciudadanos a través de la cultura.

La Estación de Trenes de Maputo ha sido calificada a menudo como una de las más hermosas del mundo. Erróneamente atribuida a Gustav Eiffel, los arquitectos portugueses Alfredo Augusto Lisboa de Lima, Mário Veiga y Ferreira da Costa recibieron el encargo de construir un edificio que coronara el cielo de Lourenço Marques, nombre que recibía la ciudad de Maputo durante el período colonial. Pocos años antes, concretamente en 1898, el gobierno portugués decidió situar la capital del territorio ultramarino al sur por motivos económicos y geoestratégicos. La zona elegida era un espacio fértil ocupado durante siglos por miembros de las etnias ronga y changana, todas ellas gobernadas por el temido emperador Ngungunhane. Tras un tiempo de resistencia contra los colonizadores, los portugueses acabaron con el Imperio de Gaza y fueron ocupando la zona de la Bahía de Delagoa, donde actualmente se encuentra la capital mozambiqueña. La Baixa, el espacio más bajo de la ciudad, fue emergiendo con edificios de una marcada influencia del estilo colonial en Sudáfrica. Ante la necesidad de conectar la ciudad con el resto del país y con los Estados colindantes por vía terrestre, se construyeron las primeras líneas ferroviarias y la estación de tren se completó en 1916.

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Este fue el punto de salida de muchos trabajadores mozambiqueños hacia las minas de Sudáfrica durante muchos años. Era uno de los espacios con más movimiento de toda la ciudad. Una vez pasado el gobierno del primer presidente Samora Machel, la red de ferrocarril entró en decadencia y en la actualidad vive una situación bastante precaria. A pesar de todo, el edificio de la Estación de Trenes de Maputo mantiene una conservación admirable en relación al patrimonio del resto de la ciudad, lo que la convierte en uno de los mayores atractivos turísticos de Maputo. Allí se rodó una de las escenas más célebres de la película Diamantes de sangre, a pesar de que Leonardo Di Caprio parecía encontrarse en Freetown, capital de Sierra Leona. El edificio no debe su fama en ningún caso al tirón comercial hollywoodiense. Desde la fundación de Lourenço Marques fue adquiriendo su carácter simbólico de foco de las idas y venidas de los mozambiqueños.

A día de hoy, la Estación representa uno de los puntos neurálgicos de la actividad cultural y artística de Maputo. El entorno no puede ser más pintoresco. Una majestuosa fachada de piedra enriquecida con franjas de pintura verde agua, un reloj rodeado de ornamentos al más puro estilo victoriano, un balcón decorado con una cristalera en semicírculo y una entrada rectangular sostenida por dos columnas. Por dentro, los techos y arcos son de hierro grisáceo y en los andenes vemos que aún se mantiene perfectamente conservada la señalización antigua, las puertas de madera y los azulejos portugueses. Allí se encuentran dos de los espacios culturales de mayor importancia cultural de la ciudad. En el Kapfumo Bar Bistro se celebran presentaciones de cine, danza, conciertos, exposiciones de fotografía, etc. Reúne a clientes con un poder adquisitivo bastante por encima de la media del país, artistas, mozambiqueños de clase media-alta, trabajadores expatriados de empresas y técnicos de cooperación internacional. Desde luego no se trata de una ciudad que se distinga por la facilidad de acceso de la cultura a toda la población. Algunas noches asistimos a tristes escenas que ponen de manifiesto las diferencias sociales del país. Mientras las clases más pudientes se regocijan en las nuevas creaciones artísticas, otros ciudadanos duermen en el suelo de la estación esperando el primer tren de la madrugada.

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Al lado del Kapfumo se encuentra la galería de arte de la asociación Kulungwana. Además de organizar exposiciones de prácticamente todos los géneros de las artes plásticas, este espacio es uno de los más dinámicos de la ciudad en cuanto a promoción de artistas locales. Normalmente las obras están a la venta y en general asisten personas con la capacidad económica de adquirir alguna de ellas. El negocio compra-venta de arte es desde luego lo que permite que este espacio continúe vivo y que muchos de los artistas puedan subsistir en un país donde no es fácil vivir exclusivamente de la cultura.

Cierto es que frente a un panorama más elitista, algunos actores culturales han tratado de mitigar esta tendencia con propuestas gratuitas dirigidas a un público más amplio. El Festival de la Marrabenta, una de las citas culturales más interesantes de la ciudad, ha apostado por la apertura a toda la población del género musical más característico de Maputo. Durante los días del evento, los trenes se llenan de los artistas más reconocidos, que comparten con los pasajeros las melodías más famosas de su repertorio. Los vagones se llenan de público que aprovecha los espacios vacíos que quedan entre los asientos para ejecutar un baile que armoniza movimientos de cadera con pequeños saltos de izquierda a derecha. Un magnífico fresco de la cultura popular de la ciudad.

Quizá las contradicciones sociales expuestas más arriba dejen al lector algo perturbado. Pero esa es la cruda realidad del país y no podemos obviarla. Nos hubiera encantado escribir algunas líneas más sobre la “grande belleza” de la vida cultural de Maputo. Sin embargo, sumergirse en el contexto artístico de unos de los países más pobres del mundo esconde ciertas paradojas que salen a la superficie casi automáticamente. Para otros ciudadanos la Estación de Trenes de Maputo es un edificio más, antiguo, amplio, que les permite transitar y ganarse el pan de cada día. Otros dirán que les trae el recuerdo de los viajes a Sudáfrica para trabajar en las minas. La importancia, la belleza o la fealdad de un lugar es desde luego cuestión de prioridades, de puntos de mira.

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1 Comment

  1. TES 30 octubre, 2014 at 12:22

    Qué hermosa idea. ¡Gracias por compartirla!

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