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La edición más africana del Festival de Avignon

Alejandro de los Santos 5 julio, 2013

Basta echar un leve vistazo al cartel del Festival de Avignon 2013 para intuir que África ocupará un lugar de excepción en la programación de este año. Esta ciudad del sudoeste de Francia se viste de gala a partir del día de hoy para acoger la 67ª edición de este evento, una de las vitrinas más amplias de las artes escénicas de toda Europa. Una de las características distintivas de este festival es el carácter de apertura hacia el extranjero que ha mostrado desde hace algunos años. Es la primera vez en que la presencia africana será tan destacada, con producciones impregnadas de altas dosis de contemporaneidad. Para esta ocasión, el joven dramaturgo congoleño Dieudonné Niangouná ha participado en la selección de una cuadrilla de jóvenes creadores de danza, teatro y performance, que ofrecerán una interpretación personal sobre su relación con el continente. “Se trata menos de un trabajo ‘ontológico’, hay mucho más de la manera en que cada uno habla de las Áfricas”, comenta Niangouná en Radio France Internationale. Hasta el 26 de julio desfilarán por los escenarios nombres más habituales para el público francés y otros con más dificultades para crear y para salir de sus países.

“Todos nacieron después de las guerras de la independencia, se enfrentaron a dificultades, en ocasiones a la violencia, a la guerra y al desastre de los regímenes africanos post-coloniales”. De esta forma encuadra Vincent Baudriller, co-director del festival, esta nueva ola artística africana, caracterizada por pertenecer a sociedades marcadas por la contrariedad y la atrocidad. Al mismo tiempo esta juventud ha nacido expuesta a estímulos constates desde las pantallas de sus teléfonos móviles y ordenadores, que al fin al cabo han ayudado a construir una visión del mundo muy heterogénea. Esa contemporaneidad africana, negada durante décadas por el circuito del arte moderno, está saliendo a flote con vigor desde principios del presente siglo. Una vez sorteado el período de guerras civiles y otros conflictos de raíz colonial, África se muestra al exterior transparente, sin camuflar las dificultades que atraviesan sus creadores y sin victimismos facilones. Uno de los invitados estelares del Festival de Avignon de este año es Faustin Linyekula, coreógrafo congoleño que el pasado año ocupó numerosas páginas de los diarios más acreditados de Estados Unidos tras realizar una actuación memorable en el MOMA de Nueva York. Kinshasa es el centro de operaciones de la compañía que dirige, Studios Kabako, donde emprenden toda su actividad artística. Este colectivo no recibe ningún tipo de respaldo por parte del Estado, ni siquiera la cesión de espacios donde poder ensayar. Es algo que ha sorprendido a los propios directores de Avignon, para quienes resulta inconcebible que alguien con el recorrido de Linyekula deba afanarse diariamente por encontrar un generador de electricidad o por lograr que una iglesia les ceda un lugar donde desarrollar su trabajo.

Faustin Linyekula / Fotografía: Agathe Poupeney

Faustin Linyekula / Fotografía: Agathe Poupeney

Por otro lado, Qudus Onikeku, coreógrafo de Nigeria, presentará su nueva producción, Qaddish, que explora la memoria ancestral del pueblo yoruba en el período anterior a la colonización. En un periplo por su tierra natal, Onikeku colecciona instantes cargados de espiritualidad y los instala en una esfera actual a través del movimiento de su cuerpo. Acompañado por el sonido de un contrabajo y la voz de una soprano sentada en una silla de ruedas, el nigeriano compone un paisaje creativo que conecta a su pueblo paterno con un mundo interrelacionado culturalmente, donde tienen cabida las más variadas expresiones creativas. Con un propósito parecido saltará a los teatros de Avignon la compañía de DeLaVallet Bidiefono con el espectáculo Au-délà (Más allá), que se adentra en la intersección entre la vida y la muerte, una cuestión constantemente planteada por gran parte de los intelectuales africanos. En un país asolado por las catástrofes naturales y humanitarias como es la República Democrática del Congo, la frontera entre ambos mundos se estrecha y se enreda hasta llegar a confundirse. Los cuerpos vibrantes y las voces graves de los bailarines dan cita a los muertos para pedir explicaciones sobre la cruenta e insensata condición del ser humano.

La bailarina sudafricana Mamela Nyamza trazará un retrato del sufrimiento de los habitantes de Soweto durante el apartheid y enaltecerá el esfuezo del artista por superar la reducción de la población negra a un estado de inferioridad permanente. Por su parte, Myriam Mazouki, hija del presidente de la República de Túnez, pondrá el acento sobre otra forma de segregación, la que enfrenta a los turistas y a las poblaciones del norte de África. El confort de los extranjeros se verá perturbado de repente por una revuelta popular que no logran comprender por encontrarse inmersos en un ambiente exclusivo de hoteles de lujo y de fiesta desenfrenada. Las discotecas de flirteo entre extranjeros y de prostitución se transformarán en un lugar donde convergen refugiados, exiliados de guerra y prisioneros políticos. Le début de quelque chose (El principio de algo) es un ejercicio artístico que teje dos mundos distantes donde predominan los prejuicios y la falta de empatía con el dolor y las preocupaciones del prójimo. 

DeLaVallet Bidiefono / Fotografía: Patrick Fabre

DeLaVallet Bidiefono / Fotografía: Patrick Fabre

En definitiva, Avignon demuestra un año más encontrarse en la vanguardia de los festivales que abren la puerta a lenguajes y cosmovisiones que rehúyen del etnocentrismo, intercalando producciones procedentes de diferentes rincones de un planeta supuestamente conectado por los cuatro costados. Son necesarias más experiencias como esta, que normalicen la programación de obras del Líbano o del Congo sin la recurrente expectativa del cliché o de la falta de calidad.

Qudus Onikeku, Qaddish:

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