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El festival Azgo reivindica la música como puente entre culturas en Maputo

Invitado 26 mayo, 2015

Autores invitados: Paula del Prado y Mario Lambán

La quinta edición de Azgo ha consolidado este festival como una cita musical imprescindible en Mozambique gracias a la combinación entre artistas reconocidos y algunas apuestas musicales más arriesgadas que consiguieron calar en el público de Maputo. Durante dos noches, la capital mozambiqueña vibró con más de cuarenta actuaciones de músicos de hasta veinte países en un evento que reivindicó la música como puente entre distintas culturas.

A diferencia de ediciones pasadas, Azgo se estrenó en 2015 dentro del campus de la Universidad Eduardo Mondlane, que cedió un espacio abierto y mucho más amplio. Este cambio de emplazamiento vino acompañado de un descuento para estudiantes que atrajo al público joven. El festival ha ido ganando notoriedad año tras año y ampliar el ratio de potenciales asistentes es uno de los tantos que se puede anotar esta edición.

Pese a que el valor de las entradas era de 1.000 meticales por los dos días, unos 25 euros al cambio, la cita congregó a cerca de 4.000 personas en el campus. No obstante, ofrecer un precio más asequible es una de las asignaturas pendientes del festival teniendo en cuenta que el salario mínimo en el país oscila entre los 3.000 y los 7.000 meticales, dependiendo del sector.

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Actuación de la cantante sudafricana Lira. Foto: Paula del Prado y Mario Lambán

Entre dos escenarios y con una puntualidad inusitada en Mozambique, la cita arrancó el viernes con platos fuertes como la sudafricana Lira o la artista local Mingas, valores seguros ante un público mayoritariamente local deseoso de volver a casa exhausto.

Antes, los más tempraneros pudieron deleitarse con la actuación del incombustible mozambiqueño Chico António acompañado del brasileño Sérgio Pererê y del maestro de la kora Zal Sissokho. El trío ofreció un recital que supo a poco por su limitada duración, combinando gran variedad de registros sonoros en apenas cuarenta minutos.

Lira, cabeza de cartel, agotó una hora de actuación con la misma fuerza de principio a fin. Un derroche de voz, baile y expresividad de sobra conocido por un público entregado. La sudafricana salvó problemas técnicos desgastando un escenario a oscuras y al final del concierto dedicó unos minutos a criticar el último brote de xenofobia en su país, que se cobró la vida de seis mozambiqueños y forzó la salida de miles de extranjeros.

Pedro Coquenão, de Batida, manipulando su caja de ritmos en el escenario. Foto: Paula del Prado y Mario Lambán

Pedro Coquenão, de Batida, manipulando su caja de ritmos en el escenario. Foto: Paula del Prado y Mario Lambán

Hasta el momento, nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, la noche reservaba gratas sorpresas como la actuación del grupo turco 123 y, especialmente, la de Batida. El proyecto del productor Pedro Coquenão, que fusiona kuduro, ritmos de guitarra tradicionales y bases electrónicas, tiene la virtud de mejorar en vivo con un espectáculo que aúna un potente sonido, mensaje político y los movimientos hipnóticos de su bailarín.

La noche del sábado, a priori, prometía emociones fuertes, pero comenzó a medio gas con la actuación de Cláudio Ismael. A pesar de su condición de promesa del panorama musical nacional, el mozambiqueño protagonizó una actuación insípida que sólo convenció a sus adeptos.

Después, la agrupación Black Jesus Experience, mitad australiana mitad etíope, consiguió llenar el escenario en todos los sentidos. Esta mezcla de jazz, hip-hop y música tradicional etíope sorprendió por imposible a la vez que equilibrada y la vocalista Enushu Taye y el saxofonista Peter Harper protagonizaron algunos de los mejores momentos de la jornada. Ya despierto, el público cambió de escenario para recibir al segundo grupo con representación híbrida Australia-Zimbabue. True Vibenation se ganó a los asistentes con su entusiasmo, pero en este caso la mezcla de estilos tuvo un resultado más caótico.

Vista del escenario durante la actuación de True Vibenation. Vista del escenario durante la actuación de True Vibenation. Foto: Paula del Prado y Mario Lambán

Vista del escenario durante la actuación de True Vibenation. Foto: Paula del Prado y Mario Lambán

La buena sintonía de este trío con el público logró crear una atmósfera receptiva que se desmoronó con la salida de los raperos locales Duas caras y Tres Agah. Su hip-hop monótono aderezado con las bocinas prefabricadas del DJ acabó por dividir a los espectadores dejando sólo a los más fieles frente al escenario.

Después de esta fallida actuación, Tucan Tucan presentó un repertorio que fusionaba jazz con ritmos latinos. Sus vocalistas brillaron con voces empastadas y su buen rollo fue la antesala del grupo más esperado de la noche, Mi casa. La banda de Johannesburgo actuó para un recinto a rebosar que coreó sus canciones más conocidas y bailó con su combinación de house, jazz y pop. Tras este último plato fuerte, la fiesta se catapultó hasta la madrugada de la mano de varios DJ y prosiguió en el aparcamiento del campus universitario.

Bajo el amparo del festival Bushfire de Suazilandia, uno de los grandes referentes musicales en África austral, Azgo ha logrado presentar en Maputo un cartel con varios artistas de renombre internacional, aunque quizás le ha faltado buscar en casa para aportar su grano de arena en la renovación musical de Mozambique. Esperaremos a la próxima edición.

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