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Five Fingers for Marseilles, pistolas desde el lejano Sur

Angela Rodríguez Perea 2 mayo, 2018

Especial 15 FCAT – Festival de Cine Africano de Tarifa 

Eso de la meritocracia es una estafa, de veras. Haces las cosas como debe ser y después nadie te lo reconoce. Y a menudo tampoco te llevas recompensa por ser el primero en algo. No basta con desenfundar más rápido, hace falta también puntería y, lo más esencial, mucha potra para que no te maten. Que se lo pregunten si no a los indios americanos, que de nada les sirvió haber ocupado el territorio milenios antes que la marabunta posterior de familias anglosajonas encabezadas por papás WASP que allí  instalaron sus chalecitos. Para que, encima, los llamasen pieles rojas. Lo mismo ha ocurrido con las películas del Oeste, que se llevaron toda la gloria y el presupuesto hollywoodenses sin merecerlo.  

Dicen que el primer wéstern fue el cortometraje “Asalto y Robo de un tren”. Lo rodaron en 1903 y traía ya todo el arsenal que perpetuaría el género: un tren, que bien lo dice el título, con el Oeste americano de fondo de pantalla, pistoleros ávidos de botines, te comento, Joe, nos vamos huyendo a caballo que se acerca The End. Todo ello en blanco y negro, y mudo. Pues bien, si hiciéramos caso a la foto finish, veríamos con claridad que este filme fue solo  el segundo en llegar a la meta. Respetando escrupulosamente el orden, no queda otra que reconocer que la primera película del Oeste fue en realidad ”Apocalypse Now”. Aquella ambientada en la guerra de Vietnam, sí. O, mejor dicho, el libro que inspiró su guión, “El Corazón de las Tinieblas”, de Joseph Conrad. Fue publicado como novela en 1902, un año antes que el susodicho corto, y, ahí es nada, nació ya con todos los rasgos de los wésterns revisionistas. Vamos, que empezó criticando algunos de esos clichés que ni siquiera habían podido cuajar aún. Además de veloz, sobrada. Dicen también -y no lo discutiré para no ponerme hartible- que es uno de los libros más trascendentales de la literatura moderna, una contundente censura a la explotación humana y a la colonización. El protagonista es un periodista reconvertido en marino -que no llanero- solitario, Charlie Marlow, que narra en primera persona su incursión en barco para una misión en un lugar indeterminado de África Central, concretamente el Congo, aunque no menciona ese dato por no ser relevante, total, África es todo lo mismo. El objetivo final del viaje es encontrarse con Kurtz, un loco de la colina que desde la selva vende marfil como whiskies dobles en un saloon, pero del que hace ya un tiempo que los belgas de la metrópolis no saben nada. En “Apocalypse Now”, Kurtz era Marlon Brandon y era calvo y coronel. Charlie Marlow lo pasa súper mal conforme avanza la expedición y se adentra en la inquietante jungla, porque la gente que se encuentra va hablando de Kurtz a sus espaldas y a Marlow no le gustan los culebrones ni las malas sorpresas, que él se ha metido en ese marrón para hacerse rico. El final, lo típico, el prota se marca unas alocuciones filosófico-morales ya de vuelta en Londres, pura palabrería para convertirse en clásico de la literatura universal y fastidiarles la secundaria a algunos alumnos desprevenidos.

Y qué tiene que ver esto con las películas del Oeste, dirán ustedes. Yo lo veo tan claro como lo vio Coppola en su día. Todas las características están ahí: la idea de frontera civilizacional y racial, un territorio lejano, peligroso y misterioso, con tesoros en forma de recursos que atraen a aventureros ansiosos por prosperar, movidos por la codicia individual, osea, por una antigua lesión en el hemisferio de razonar que no los deja mesurar los riesgos, y que creen actuar motus propio cuando la verdad es que no dejan de ser lacayos de las potencias coloniales. En ese no man’s land que sirve de escenario, los nativos son salvajes, qué digo, medio animales que ni piensan ni mucho menos sienten, y la violencia allí es la forma última de supervivencia. Si todavía no lo han entendido, se lo anuncio por palabras: hombre blanco anglófono introvertido, solitario y algo tosco, con posos de moral cristiana en el fondo de su ser, que se revela buena persona al final de todos los capítulos, busca tierra exótica no occidental habitada por indígenas anodinos para hacerse con las riquezas y el suelo y restablecer cierto orden legal. Como en las pelis de John Wayne, ni más ni menos.

Así pues, el lejano Oeste debería ser hoy en realidad el lejano Sur. Pero ya sabemos que el siglo XX y sus pantallas acabaron en manos de los Estados Unidos y que, para justificar los genocidios sioux, cheyenne y demás, de poco le servían al país de Trump esos relatos en un frondoso espacio fuera de norteamérica. Propaganda obliga, los cowboys tomaron la delantera y nosotros nos comimos con patatas a los indios, al sheriff y también al malo, al guapo y al flaco, o como quiera que los apodasen por allí. El mito quedaba forjado. Y cuánto lo disfrutó mi abuelo entre cabezada y cabezada durante las medias tardes televisivas.

Solo una vez puso pie en África el bueno de Wayne, el vaquero más famoso del universo, y fue para reemplazar las vacas por rinocerontes y rodar la película “Hatari!”, un safari tanzano que desenjaulaba todo tipo de tópicos insípidos sobre el “continente negro”. Pero tranquilidad, el tiempo pone todo en su sitio. Si los cowboys no quieren ir a África, pues que África vaya al Oeste. Eso parece haber pensado el realizador sudafricano Michael Mathews al filmar “Five Fingers for Marseilles”. Rodada en idioma seshoto, este neo-wéstern de 2017, muy al estilo las grandes producciones americanas, pudo verse por primera vez en España en el Festival de Cine Africano de Tarifa.

Pieles negras

Nos creeríamos frente al Gran Cañón del Colorado. Son, en realidad, las imponentes mesetas de la región oriental de Sudáfrica las que decoran el horizonte de la localidad ficticia de Marseilles. Árido y crepuscular, como los de Clint Eastwood, el paisaje es la base y la guinda del pastel de esta película, toda una excusa para verla en gran pantalla. De hecho, sorprenderá a quien no se haya iniciado en el Made in Africa la calidad técnica, la fotografía, el sonido hi-fi. Y es que la vocación de los productores es, precisamente, demostrar que la industria cinematográfica sudafricana está en condiciones de competir con la fábrica de sueños estadounidense.

Menos colosal es el guión, sin embargo. Tau, el protagonista, es uno de los “five fingers”, un puñado de preadolescentes de Marseilles que pasan el tiempo haciendo el indio por ahí cuando no hay escuela. Su ciudad está amenazada por encontrarse en medio del trazado de las vías un tren que, por cierto, nadie nos explica qué pinta ahí exactamente. Aunque el apartheid está dando sus últimos coletazos, no le faltan en sus filas despiadados policías afrikáners que se dedican a aterrar a la pobre comunidad local. Un día común y aleatorio, los five fingers se meten en un lío con los mencionados polis y, tras una persecución con bicicletas y atardeceres que nos hace creer que E.T. aparecerá de un momento a otro hablando xhosa, Tau la lía parda y dispara a uno de los policías. El resultado es que toda la pasma muere y a Tau no le queda otra que exiliarse y dejarle el percal a los que allí se quedan.

Esos deben de ser los diez primeros minutos de una historia de casi dos horas que tiene una continuación bastante diferente desde el punto de vista estético y narrativo. Tau se ha transformado en un adulto, personificado en el actor Vuyo Dabula, que representa al antihéroe fuera de la ley al que reconcome el remordimiento. Recién salido de la cárcel, su principal tarea vital consiste en volver a su tierra natal para liberarla y redimirse a sí mismo. La segregación racial está ya zanjada y lo que encuentra Tau es una ciudad marginal, donde la ley del más fuerte se impone, e invadida por pseudo policías o foragidos que recuerdan por momentos a los personajes de Mad Max. Los guionistas se apoyan en ese decorado pseudofuturista para escapar a cualquier tipo de análisis de la sociedad sudafricana actual, una oportunidad perdida según algunos, pero que responde probablemente al deseo de hacer cine de masas, desprovisto de reflexión. Echamos de menos, eso sí, que alguien nos explique a qué se dedican los habitantes de la aislada New Marseilles, de qué comen y cómo hacen sus machos alfas para pagar el alcohol y las prostitutas que pueblan parte de la película.

Lo cierto es que el largometraje usa convenciones del cine mainstream actual, con momentos tarantinescos, y se expresa con una sintaxis celuloide, aunque teje una narración que a veces adolece de poca contundencia. Parte de la película se desarrolla sin que tengamos muy claro qué está pasando o si está pasando algo, y se salva gracias a lo visual, es decir, al decorado natural y a un protagonista tela de guapo. Por otra parte, de no ser por el sesotho que hablan la mayoría de los personajes, bien podría haber salido de la cocina de una productora americana. O casi, pues al parecer los vaqueros negros son excepciones en Hollywood. Tarantino ha empezado a ponerlos de moda, primero con Django, el héroe que quería regalar a sus compatriotas negros, según dijo en alguna ocasión. “Uno de cada tres cowboys era negro porque, tras la Emancipación, muchos negros se dirigieron al Oeste”. Así lo afirmaba la voz en off de Woody Strode en “Renegados”, de 1993, dirigida y protagonizada por Mario van Pebbles, y donde un grupo de antiguos soldados negros son los personajes principales. El propio Strode había aparecido en dos películas de John Ford, “El sargento negro” y “El hombre que mató a Liberty Valance”, aunque en esta última solo hacía el habitual papel secundario de negro dócil que es el mejor amigo del hombre, digo, del blanco. Por lo demás, los afroamericanos del Oeste cinematográfico pueden contarse con los dedos de las manos. Una vez más, Hollywood se pasó la objetividad histórica por donde mejor le pareció.

Situada fuera de Norteamérica y con un reparto preminentemente negro, “Five fingers for Marseilles” aspira a formar parte de la lista de películas de la órbita extensa del neo-wéstern. Vale la pena pasarse dos horas frente a la pantalla para verla, aunque solo sea por el placer de escuchar las lacónicas conversaciones en sesotho y por la belleza de los paisajes. Un debut ambicioso que trafica la iconografía tradicional de las películas de vaqueros para reclamar que vuelvan a casa, al lejano y salvaje Sur.

 

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