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Imed Alibi: «Hablamos de derechos de autor y la gente se indigna»

El percusionista Imed Alibi, ahora director del Festival Internacional de Cartago, es una de las personas más activas en cuanto a la gestión de la crisis del coronavirus en el sector cultural, tanto en Túnez como en el Magreb. En esta entrevista indaga en la situación de los artistas en general y en las recetas que se están aplicando para paliar la situación.

Poco antes de que estallara la pandemia del Covid-19, el Ministerio de Cultura de Túnez acababa de nombrar al músico Imed Alibi como director del Festival Internacional de Cartago (FIC), probablemente el evento musical formal y contemporáneo más antiguo del continente africano. Fundado en 1964 en las ruinas del antiguo anfiteatro romano, este festival se convierte cada verano en el centro de atención de diversos países árabes y africanos, puesto que cada año el público vibra con nombres inestimables del mundo de la música. ¿Quién no ha pasado por Cartago?

El nombramiento de Imed Alibi se ha vivido con gran mucho entusiasmo, especialmente por la nueva generación de artistas locales, así como por festivales y eventos internacionales con los que el músico tiene relaciones desde hace años. A esto además se le suma su gran talento como programador. Su labor como director en las pasadas Jornadas Musicales de Cartago (JMC) fue excepcional. Alibi es alguien que conoce a la perfección los entresijos de la industria musical y la condición del artista en su país y en el resto del continente africano. 

Desde los inicios de la crisis, intercambiamos algunas conversaciones telefónicas con Imed Alibi. Saludos amistosos, cruce de preocupaciones, ideas de proyectos. Pero a cuarentena pasada, queríamos volver a escucharle y que los lectores conocieran su punto de vista. Saber cómo se vive esta nueva crisis en Túnez y qué opiniones va recabando, alguien que precisamente está teniendo un papel muy importante en el diálogo con el gobierno para apoyar al sector cultural y beneficiar al mayor número posible de artistas afectados por la crisis. Más que opinar por opinar, ahora nos toca escuchar atentamente a alguien que realmente es conocedor del ámbito musical internacional.

Desde que anunció la suspensión del Festival Internacional de Cartago (FIC), me parece que no ha parado en un solo momento. ¿Cómo plantea la próxima edición? 

El festival ha sido pospuesto. De una programación internacional hemos decidido pasar a una programación posiblemente nacional, puesto que dependeremos de unas condiciones que por el momento siguen sin ser muy claras. La idea no es solo llevar a cabo una serie de actividades artísticas sino también apoyar al sector, que ha sido afectado terriblemente por la crisis del coronavirus. Así pues, al igual que muchos otros festivales, tratamos de encontrar soluciones progresivamente. 

En cuanto podamos retomaremos el contacto con los artistas en programación y trataremos de volver a cerrar las fechas. También hemos estado atentos y activos acerca de la evolución de la misma, hemos estado en contacto con los artistas y tratamos de mantener una cierta dinámica a través de lo digital. Acabo de participar en un festival sobre cuestiones ligadas a la asesoría escénica y artística, y sobre seguimiento de proyectos culturales.

¿Existe la posibilidad de pensar en una edición mixta presencial/digital dado que muchos programadores no podrán desplazarse? 

El FIC es un festival internacional dedicado a las músicas del mundo, al jazz, a las músicas étnicas, pop, etc. Es más grande que las Journées Musicales de Carthage (JMC), es un festival más de «gran público» entre comillas, pero la nueva visión pretende consolidar el turismo cultural, la Historia, revalorizar la importancia que tiene Cartago como yacimiento histórico. Respetar todos sus aspectos antropológicos y arqueológicos. Tratar de organizar visitas guiadas a través de las artes escénicas, darle de nuevo valor al teatro, a la danza, a la música, incidir en la diplomacia cultural y, en definitiva, volver a situar este evento en el mapa de los festivales internacionales. En mi humilde opinión, los espectáculos de Cartago deben conservar la emoción del directo, pues desde el punto de vista histórico siempre han estado ligados al público. Es la esencia del festival. Y sinceramente dudo que pueda transformarse en una versión digital. 

El filósofo Achille Mbembe afirmó en los inicios de la pandemia que “el derecho universal a la respiración” está en riesgo debido, entre otros, a la emergencia climática. Sabemos que los eventos culturales internacionales son bastante contaminantes. ¿Lo digital podría ser una solución para evitar tantos desplazamientos, al menos de los programadores? 

Después de esta catástrofe han cambiado muchas cosas. Todos hemos hecho muchas reflexiones filosóficas, psicológicas, hemos soñado con una mirada diferente sobre el mundo, especialmente en cuanto a la ecología y al medioambiente, al ecosistema en general. Y hemos tenido tiempo de reflexionar sobre la condición humana y la del medioambiente.

Esta cuestión ha estado en el centro de varias discusiones incluso antes del coronavirus. También la transición digital, que comenzó hace tiempo, pero esta situación provoca que la cuestión sea más importante. 

En ciertos sectores del arte, hace ya muchos años que se utiliza Internet en el sentido positivo, o sea, en la transmisión de informaciones de los artistas a festivales de todo el mundo. Puede ser una solución, como sucede desde hace ya años, para facilitar la movilidad de la información y de los artistas.

Entre los artistas, por ejemplo, en términos de composición, de los arreglos, del trabajo entre músicos que viven en diferentes países, creo que puede ayudar en ocasiones a que se dé visibilidad a un artista sin tener que desplazarse. Eso es seguro. Y numerosos festivales tienen la voluntad de pasarse al arte digital, especialmente cuando se tiene otro problema, que es el financiero. Es decir, se podrían plantear muestras artísticas online para que algunos programadores puedan verlas sin moverse. Esa puede ser una solución para el medioambiente y también una solución para sortear ciertos aprietos financieros.  

Pero estoy convencido de que nada puede sustituir el contacto humano. Aunque se pueden encontrar soluciones que nos pueden ser útiles. Lo digital puede ayudar mucho en ese sentido.

En Túnez, en los comienzos de la cuarentena, el Conolia Festival tuvo mucho éxito. No obstante, desde entonces, parece que los festivales artísticos online se han parado. ¿Piensa que los artistas han visto que había que actuar de otra forma?

Sí, al principio se llevaron a cabo muchas iniciativas. Creo que hay que aplaudir las campañas de sensibilización por parte de los artistas de Túnez, de África y del mundo para que la gente se quede en casa, para que respeten el confinamiento. Y, luego, el arte en general permite que la gente desde su casa tenga la posibilidad de observar, leer, ver películas, escuchar música y de descubrir muchas otras iniciativas, como directos en streaming en Facebook o en otras redes como Youtube.

Sin embargo, llega un momento en que nos encontramos con la realidad y no podemos vivir de este modo. Y exceptuando las dos primeras semanas, luego todo se paró porque el peso psicológico de este confinamiento ha afectado también a muchos artistas. Y no solo psicológicamente sino también económicamente. Y vemos que se ha producido un parón, la gente que no puede seguir por esa vía.  

Ese festival, al igual que la programación de las últimas Jornadas Musicales de Cartago (JMC) que usted dirigió, muestra que una nueva generación de artistas tunecinos toma el relevo poco a poco. Pienso especialmente en Ala Eddine Slim en el ámbito del cine, Yamen Manaï en la literatura, Hamdi Dridi en la danza o Fakhri El Ghezal en las artes visuales. En la música, ¿cree que el formato digital puede sustituir lo presencial para la promoción de los artistas emergentes considerando que la venta de álbumes ha dejado de funcionar?

En los últimos años hemos asistido a la emergencia en Túnez de muchos artistas en todos los sectores, especialmente en el cine, hemos descubierto muchas películas interesantes que han obtenido bastantes premios en el mundo como Tlamess de Ala Eddine Slim. Y a otros como Hamdi, como Salim, y a tantos otros que ejercen una profesión cultural y que lucen con sus propios medios, que luchan a favor de la libertad de expresión, del arte libre sin identificar. Son jóvenes y talentosos. El surgimiento de estos artistas está ligado al contexto postrevolucionario, que ha proporcionado la libertad de la palabra a mucha gente, un espacio. Y lo vemos sobre todo en el cine, pero también en muchos sectores. 

Pienso que lo digital, una vez más, puede ayudar pero hay que estudiar el contexto actual de cada país, porque no podemos comparar Túnez y muchos países africanos con otros donde la transición digital ha sido realizada hace bastante tiempo. Y sobre todo existen otras cuestiones cruciales a considerar como los derechos de autor, la movilidad, la conversión de la divisa y otras problemáticas específicas que pueden resultar perjudiciales para los artistas de otros países.

Lo digital siempre puede ser un puente, un eslabón, una solución, pero tiene que haber un marco jurídico que acompañe, que proteja los derechos de autor y a las empresas del continente africano que gestionen una cuestión tan importante. Es importante proteger a los artistas en países donde encontramos nuestras obras pirateadas, como ocurre con las películas de Ala Eddine Slim últimamente. Y lo mismo sucede con los músicos, cuando vemos su música en plataformas no protegidas es difícil exigir los derechos de autor si no estamos inscritos en sociedades especializadas ligadas a la cuestión. En el fondo somos muy dependientes de las empresas extranjeras.

La desmaterialización ha trastornado el conjunto de nuestra economía, que en la industria musical ha sido especialmente disruptiva, que ya se había enfrentado a la evolución de varios soportes. La desmaterialización ha tenido un efecto nefasto en el mercado, facilitando la aparición de plataformas de escucha y de descarga ilegales. 

Las ventas han caído y las recetas relacionadas con la venta de la música han disminuido. Estos numerosos cambios son por lo tanto un desafío para la industria, que debe renovarse sin cesar para responder a las demandas de los clientes y tratar de mantener un nivel de retribución económica adecuada. La cuestión de los derechos de autor debemos plantearla seriamente en países como los nuestros que en el fondo dependen de las empresas extranjeras… 

Y otro problema que existe es la promoción de los artistas. Es decir, puedes acceder a ciertas plataformas como en Egipto, pero el problema estriba en saber si el artista será capaz de promocionarse frente a grandes artistas con sellos discográficos importantes detrás. Vivimos, por lo tanto, en un movimiento digital que ha perturbado y ha cambiado por completo la forma clásica de la promoción.

Como sabemos hay muchos artistas con mucho talento pero no son buenos comunicadores y en ese caso pueden crearse desigualdades si no recibimos el apoyo o el asesoramiento de especialistas o de sellos discográficos. Y bueno, estas son las dificultades a las que se enfrentan los artistas de nuestros países e incluso diría que del mundo en general. Sin embargo, tenemos otros problemas particulares relacionados con los derechos de autor, el pirateo y todo esto.

Usted ha tenido un rol muy importante en las conversaciones con el Ministerio de Cultura hacia la búsqueda de soluciones para los artistas durante la pandemia. ¿Qué decisiones se han tomado por parte del gobierno? ¿Le parecen pertinentes ? 

En efecto, el gobierno en Túnez ya había tomado decisiones y medidas antes de la llegada del Covid a nuestro país, en el mes de marzo. La nueva ministra de Cultura, Chiraz Lâatiri, decidió lanzar el Fonds de Relance Culture (FRC). Este fondo es una iniciativa del Ministerio de Cultura aunque también hay participantes del sector privado como fundaciones, bancos, etc. Tiene el objetivo de subvencionar a los artistas afectados por la bajada o por la suspensión completa de su salario, con una retribución mensual de 450 dinares durante un período de tres meses. Es un fondo de urgencia que además va a amparar a las asociaciones, a los centros culturales privados. En resumen, se trata de un mismo fondo con una ayudas destinadas, en primer lugar, a los artistas a título individual y, después, a las estructuras culturales. 

En estos momentos entre varios festivales y entidades estamos impartiendo talleres de formación, haciendo participar a técnicos, músicos, etc. Tratamos de organizarnos lo mejor posible para al menos salvar la temporada. Es quizá una oportunidad para trabajar aspectos de fondo que a veces no tenemos tiempo de hacer durante los festivales, como el coaching, algo de lo que ahora mismo se está hablando en conjunto.

Otros temas que se están tratando son el estatus del artista, las mutuas, la seguridad social o los derechos de autor. También se está haciendo hincapié en la movilidad, pues se necesitan encontrar alternativas de futuro, especialmente para que la profesión sea menos frágil cuando suceden catástrofes como esta. Y luego se está abordando esta transición a lo digital, probar otras soluciones, debatir… Pero todo ello forma parte de las decisiones del después. 

En cuanto a las propuestas del Ministerio de Cultura, hay otros programas que respaldan a la sociedad de derechos de autor que ayudan a los artistas. Sigue siendo insuficiente frente al daño actual, pero es un paso.  

Hace unos días participó con Brahim El Mazned, Maïssa Bey o Ayad Ziani Cherif en un encuentro digital internacional sobre la situación de los artistas frente a esta crisis. ¿Qué conclusiones se pudieron sacar de la situación de los países del Magreb ?

Sí, he participado en ese debate impulsado por el Ministerio de los Asuntos Culturales de Argelia y la UNESCO junto a colegas como Brahim El Mazned. El encuentro versaba sobre la repercusión del Covid en el sector cultural o el estatus del artista que se está debatiendo en Argelia. Fue una oportunidad para hablar de experiencias comunes.

Creo que compartimos la situación de los artistas y la de los derechos de autor. Es bastante parecida, sobre todo a nivel histórico, pues tenemos leyes arcaicas de los años 60 que tratamos de superar, problemas asociados al sector que ya hemos citado y sobre todo un problema esencial que llamamos el estatus del artista.

La situación me parece la misma en los tres países (Argelia, Túnez y Marruecos), aunque se están llevando a cabo iniciativas diferentes. En Argelia y Marruecos también se han lanzado fondos para apoyar a los artistas. Pero si tuviéramos un estatus legal y una legislación en condiciones, hubiéramos sorteado antes algunos de estos problemas. 

Creo también que gracias a estas conversaciones se pueden establecer aspectos que habíamos nombrado en el pasado como las relaciones Sur-Sur, las relaciones entre países que se parecen a nivel estructural, financiero, económico, social. Ha sido muy importante intercambiar experiencias comunes.  

¿Ve esta situación como una oportunidad para repensar o reimaginar el sector cultural cuenta habida de su fragilidad desde las últimas décadas ? ¿Cuáles son los desafíos principales a nivel jurídico y social?

A mi modo de ver es una oportunidad total para reestructurar el sector cultural. La población de todo el mundo consume cultura, lo hemos visto claramente durante el confinamiento. La gente en su casa escucha música, lee libros, ve la televisión digital, asiste a conciertos gratis y en directo de muchos artistas internacionales, hace visitas guiadas en museos de forma virtual…

En un país como Túnez es necesario revisar las políticas culturales en general, es un debate importante y hay que aprovechar para calmar la situación, pensar de modo diferente. Ahondar en cuestiones fundamentales como la descentralización, no concentrarlo o centralizarlo todo, trabajar en el estatus del artista, en la movilidad y por qué no, trabajar en la movilidad dentro de África y del mundo árabe. Porque si el mundo se repliega sobre sí mismo, nos encontraremos de nuevo solos frente a estas problemáticas. Siempre hemos sido dependientes de los festivales más importantes de Europa y en cuanto hay un problema de desplazamiento aéreo, de movilidad, de visado… Por lo tanto es necesario debatir sobre todas esas cuestiones. 

Quizá pensar por ejemplo en firmar acuerdos con la SACEM, con otras sociedades de autor, redistribuir los salarios para que los artistas entren dentro del sistema de seguridad social, aprovechar el confinamiento o el preCovid para relanzar talleres pedagóficos sobre cómo inscribirse, cómo buscar fondos, cómo elaborar proyectos culturales viables…

Trabajar en un ecosistema que respete el medioambiente, que respete algo de lo que hablé últimamente con un amigo: que por fin todos los sectores se unan en el mundo, hablemos de una economía de la cultura, de un sistema unido, sólido. Aunque eso sólo será posible siempre y cuando entre en la consciencia de los políticos y de una gran parte de los pueblos: la cultura no tiene nada que ver con el ocio. La cultura es una economía social, solidaria, que genera salarios justos. Habría que pensar en los derechos de la mujer artista, que son más vulnerables. Habría que pensar también en las regiones desfavorecidas que no tienen acceso a lo digital, puesto que hablamos mucho de este tema, pero ¿hay una equidad en todo ello? Yo no lo creo, hay pueblos rurales sin acceso o donde Internet no funciona. 

Y lo hemos visto hace poco. En cuanto hablamos de subvenciones sociales a través de Internet hay gente que ni siquiera tiene conexión, es otro mundo. Todas estas cuestiones son importantes, requieren de mucha sabiduría, reflexión e implicación de bastantes personas para debatir. La importancia de la cultura la acabamos de ver: se consume. Pero en cuanto hablamos de los derechos de autor, mucha gente se indigna, no sabemos por qué, pero en el fondo sí que lo sabemos. Sigue sin existir consciencia. Y no hablo solo de los ciudadanos, sino de quienes toman las decisiones, quienes tienen que reservar un lugar especial e importante a la cultura en su comunicación y así evitar relegarla al estatus del simple ocio. 

Imed Alibi

Sudáfrica ha lanzado un fondo para apoyar a los artistas afectados por la crisis desde los inicios del confinamiento. El resultado ha provocado un escándalo: de 5.000 candidatos, solo 105 beneficiarios. Una artista de renombre le preguntaba al resto de la comunidad artística en las redes «¿Por qué pagamos impuestos ?». ¿Conoce otras experiencias en África subsahariana ?

Sí, sé que Marruecos y Argelia, Uganda, Burkina Faso, Senegal, la sociedad de derechos de autor, SODAV, han lanzado convocatorias. Después no conozco los detalles de la distribución de las ayudas pero sé que también hay iniciativas de muchos artistas conocidos como Cheikh Tidiane Seck, Rokia Traoré, Angélique Kidjo, Youssou N’dour. Son convocatorias no solo destinadas a la sensibilización local, sino también a la diáspora africana. 

¿Qué papel podría tener la Unión Africana de cara a los profesionales de la cultura frente a esta crisis ? 

Ignoro completamente que se haya decidido poner en marcha algún plan en concreto pero considero que el trabajo a nivel interafricano es todavía bastante aislado. Quizá se pueda aprovechar este momento para impulsar más colaboraciones Sur-Sur entre los africanos y para desarrollar más acuerdos en este sentido.

Y en el caso de países en situación de conflicto militar como Libia o bien en régimen dictatorial, ¿conoce fondos particulares para los artistas? ¿Qué papel cree que debería jugar la cultura en situaciones de conflicto?

Los conflictos armados son cada vez más complejos y empujan a miles y miles de personas a abandonar su hogar… Los efectos de estos conflictos, el éxodo, son devastadores para la cultura. Si la cultura ya es frágil o es fragilizada por esos regímenes, cuando hablamos de regímenes dictatoriales, se convierte incluso en el enemigo para muchos. Sobre todo cuando ciertas comunidades cantan su propia identidad o cuando se aboga por la libertad de expresión… Lo vemos en algunos países, donde escritores, periodistas, pintores, poetas o músicos se encuentran en prisión, amenazados, … Y en los conflictos armados incluso son víctimas de acoso, de expulsión. 

Hablando de forma general, la cultura debe situarse en el germen de la reconstrucción de un país. Desgraciadamente en este mundo, las grandes firmas se disputan su parte para la reconstrucción, como en Libia o en otros países, pero no posicionan la cultura en el centro de todo eso. Y es algo que provoca un efecto devastador en la reconstrucción de la identidad y en el individuo, que desgraciadamente es víctima de alejamiento, sufrimiento, exilio. Y en este caso la tarea es aún más difícil.

Por lo tanto no creo que se esté pensando en un fondo para artistas que infelizmente ya están marginalizados de por sí. 

¿Qué futuro cree que tiene la creación musical digital? Según usted, ¿cree que son posibles las colaboraciones internacionales a distancia?

La creación musical digital es un tema de gran actualidad. Como decía, desde hace algunos años, lo bueno de la tecnología, de todo lo que es digital desde el nacimiento de Internet, es la facilitación de la movilidad de propuestas de artistas a través de la red.

Podemos hacer una creación o un álbum a distancia con varios músicos de otras partes del mundo, enviar ficheros pesados, añadir pistas de guitarra, de percusión, de artistas de diferentes países, hacer arreglos, grabar, mezclar, masterizar, poner todo en línea en plataformas de distribución digital… Una canción mía puede ser compuesta en Túnez, pero puede estar también en París en una sociedad de management.

Es evidente que el trabajo a distancia ha ayudado mucho, aunque no todo puede sustituir la esencia misma del arte : el contacto humano, el acercamiento de las comunidades y de las culturas. Y en especial la magia del instante; la creación que puede hacerse con músicos y artistas cara a cara. 

Usted también es artista. ¿Cree que las plataformas digitales como YouTube, Deezer o Spotify pueden ser una alternativa económica para los músicos? 

Las plataformas digitales son alternativas. En todo caso, nos vemos obligados a usarlas porque los tiempos cambian y no podemos decir que no suframos cambios y transiciones. No siempre es una elección, no siempre es negativo, no hay que tener miedo de lo digital pero también hay que aprender a protegerse de la piratería, conocer nuestros derechos.

Son plataformas que completan el trabajo artístico. Pero creo que para los artistas «intermedios» existe la obligación de tener que hacer conciertos en directo y eso es realmente lo que consigue alimentar a las familias y a los músicos. El directo es muy importante. Por eso en este período de crisis nos hemos dado cuenta de que a día de hoy las fuentes de ingresos son básicamente los conciertos. Y con la suspensión de festivales y de conciertos, los artistas se han encontrado frente a numerosas dificultades a nivel financiero. 

Spotify, Deezer y todo eso generan una cierta remuneración pero no siempre se puede comparar con los conciertos, pues requiere de mucha promoción, algo que depende de los sellos discográficos, del tiempo de la creación en sí misma, del reconocimiento del artista, de su lugar en el sector. Los «pequeños» o los «grandes» artistas no reciben los mismos ingresos. Pero como decía anteriormente, hay que mantener el equilibrio entre el reconocimiento, el conocimiento de los derechos, los conciertos en directo, el encuentro humano directo y lo digital. Hay que saber equilibrarlo todo y encontrar un ecosistema viable para todo el mundo que evite que esto sea brutal. Porque la transición fue realmente desoladora, los ingresos cayeron catastróficamente de un año al otro, justo a causa de esta transición a la que no todos los artistas estaban preparados a hacer frente. 

Es tiempo de empezar a comprenderlo todo. Elaborar una estrategia completa exige mucho trabajo para un artista, por ejemplo a la hora de sacar un álbum, con la importancia de conocer bien los derechos de autor y muchos aspectos más. 

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