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José Eduardo Agualusa: “La gran literatura nos hace ver la humanidad de los otros”

Invitado 4 abril, 2018

Autor invitado: José Eduardo Agualusa *

Con la novela “Teoría General del Olvido” (2012), el aclamado escritor angoleño Agualusa recibía el prestigioso Premio Literario Internacional de Dublín IMAC este pasado 2017. Fruto de una colaboración con Literafricas, el autor ha accedido a compartir con nuestros lectores su discurso durante la entrega de dicho premio, un texto inspirador y lleno de claves para volver a entender la Literatura en los tiempos que corren.  

Me llamo José Eduardo Agualusa.

Agualusa” es una palabra que casi ha desaparecido del idioma portugués. Como apellido es todavía menos común. Los antiguos marineros se servían de este término para designar el mar tranquilo e iluminado. Me imagino que comenzó siendo el seudónimo de algún marinero, algún remoto abuelo portugués.

Creo que ciertos nombres imponen destinos. Tal vez sea por eso por lo que, a pesar de haber nacido en la ciudad de Huambo, en el planalto central de Angola, a casi trescientos kilómetros de la costa y a dos mil metros de altitud, siempre me sentí atraído por el mar. Escogí vivir junto al mar, en Luanda, Lisboa, en Río de Janeiro o en la Isla de Mozambique. Todas estas ciudades son personajes de mis libros. Pero sobre todo Luanda, la capital de Angola, ciudad portuaria fundada en 1575, a un mismo tiempo bella y terrible, feroz y dulce, lugar de encuentros improbables y escenario de las historias más desvariadas. Luanda es el personaje central en el libro “Teoría General del Olvido”. La otra es una vieja señora portuguesa, Ludovica, la cual, aterrorizada por la ciudad y sus habitantes, se tapia a sí misma en el interior de un apartamento.

El tema de la novela es el miedo al otro. Me parece, por desgracia, un tema más habitual hoy que en la época en la que escribí el libro. En los tiempos confusos que atravesamos, en un mundo a la búsqueda de un pensamiento político nuevo y de nuevos ideales, el miedo al otro es una especie de incendio, atizado por pirómanos, que amenaza con devorarnos a todos. En mi novela, Ludo es rescatada por un niño que le hace ver lo evidente: no hay Otro. El Otro somos siempre nosotros. Cada hombre y la humanidad entera.

Este es también un libro sobre el miedo de quien vive sujeto a regímenes totalitarios. Pasé un año en Berlín, disfrutando de una beca de creación literaria. El muro había sido derribado unos años atrás. En aquella época, a pesar de todo, aún le era posible a cualquier extranjero reconocer los barrios que habían quedado del lado de la extinta República Democrática Alemana. Sabíamos que habíamos pasado para el lado de allá a partir del momento en el que la ciudad comenzaba a perder el color. Una tarde, mientras recorría los barrios grises del Berlín Oriental, recordé un ejemplo de adaptación al ambiente que todos los estudiantes de biología suelen estudiar: el caso de una especie de mariposa de una ciudad industrial inglesa que perdió sus colores originales para ocultarse mejor, escapando de predadores potenciales. En territorios bajo regímenes totalitarios ocurre algo semejante con los respectivos ciudadanos.

El miedo roba los colores. Las personas pasan a preferir tonos grises. Pierden la originalidad, la irreverencia, la exhuberancia. Se esfuerzan por desaparecer de la multitud. En una dictadura, nadie quiere atraer la atención de los predadores. El miedo inmobiliza y degrada. Las personas no solo tienen miedo de ser encarceladas por haber hecho un comentario más ácido sobre el Presidente de la República en un lugar público o porque estaban leyendo un determinado libro. Las personas tienen miedo de perder su empleo por haber sido vistas en público con alguien que parecía no tener miedo. Tienen miedo a manifestar cualquier opinión que huya de la norma. Tienen miedo de hablar alto, de reír alto, de pensar en alto. En definitiva, tienen miedo de existir demasiado. Y así, existen diminutamente, disimuladamente, invisiblemente. El miedo nos roba la individuabilidad. El miedo nos roba la vida.

Los grandes escritores son aquellos que consiguen poner al lector en la piel del otro. Para mí, esa es la mayor virtud de la lectura. Al entrar en la piel de diferentes narradores, al sentirse parte de otras vidas, el lector se va comprendiendo a sí mismo también como parte de la humanidad restante. Tengo para mí, y me atrevo a compartir con ustedes esta convicción -ingenuidad, dirán algunos- de que los grandes lectores tienden a ser menos propensos a la violencia y al odio. Primero, porque la violencia es siempre una rendición de la inteligencia, un paso atrás del pensamiento. Pero, sobre todo, porque la lectura, en cuanto ejercicio de alteridad, acerca a las personas.

Vengo de un país, Angola, que sufrió una larga y cruel guerra civil. Seguí esa guerra en calidad de ciudadano y de periodista. Aprendí un poco sobre guerras. Aprendí, por ejemplo, que para crear una histeria propicia, los fabricantes de guerras civiles empiezan desnacionalizando al enemigo. Después, pasan a cuestionar su humanidad. Primero, el enemigo es un extranjero; después, un monstruo. A un monstruo, encima extranjero, se lo puede matar. Se debe matar.

La gran literatura trabaja casi siempre en el sentido contrario. Nos hace ver la humanidad de los otros, incluso la de aquellos que nos son extranjeros. Incluso la de aquellos que parecen monstruos.

Me alegró saber que un libro mío había sido seleccionado para este premio. Por muchas razones, pero principalmente debido al modelo de selección : los libros son escogidos por las bibliotecas públicas. Me volví escritor en bibliotecas públicas. No solo porque, si no hubiera tenido acceso a los libros de algunas de esas bibliotecas, cuando aún era niño, nunca hubiera comenzado a escribir, sino porque, en gran medida, escribí mi primera novela en una biblioteca pública.

Si la literatura desarrolla nuestro músculo de la empatía y nos vuelve mejores personas, entonces las bibliotecas públicas pueden ser consideradas armas de construcción masiva: instrumentos poderosos en el desarrollo individual de las sociedades.

El combate por la democratización, por la pacificación y por el desarrollo de países como Angola, pasa, sin duda alguna, por la creación de buenas redes de bibliotecas públicas, capaces de llevar los libros hasta sus lectores. Mi mejor sueño -y sueño mucho, tengo sueños épicos, sueños grandiosos -es el de contribuir para que en mi país se cree una red así. Sueño con el día en el que todos los niños angoleños, todos los jóvenes angoleños puedan leer, como yo leí cuando tenía su edad, los grandes autores de la literatura universal.

También me alegra mucho el hecho de que este no sea un premio solo para autores, sino también para los traductores. Los traductores también son autores. Autores generosos, a veces casi invisibles, ampliamente responsables del éxito de un libro.

De esta forma, quiero aprovechar para agradecer a mi traductor al inglés, Daniel Hahn. Comenzamos juntos esta aventura de publicar en los países de lengua inglesa, ya hace algunos años, con una pequeña novela llamada “Nación Criolla”. Los libros me han dado mucho. Lo mejor que me han dado son algunos amigos. Dany es uno de ellos.

De izquierda a derecha: Jose Eduardo Agualusa, China Okparanta y Mia Couto, finalistas del Premio Internacional de Literatura de Dublín.

También me alegró saber que entre los finalistas de la edición de este año había dos escritores africanos: Chinelo Okparanta y Mia Couto. Mia es más que un amigo para mí. Es, desde hace mucho tiempo, mi hermano mayor. Me llamó por teléfono hace unos días desde Maputo, en Mozambique:

– Oye, parece que perdí el Premio de Dublín — me dijo.

– Lo siento mucho. Me han dicho que ganó mi libro- repliqué, contrariando el compromiso de mantener la noticia en secreto hasta el día de hoy.

Entonces Mia se rió. Escuche la carcajada de mi mejor amigo, de mi hermano mayor, como una pequeña explosión de luz: “¡En ese caso no he perdido, hemos ganado!”

Sí, ganamos los dos. Saludo desde aquí a mi hermano mozambiqueño Mia Couto, saludo a mi hermana nigeriana Chinelo Okparanta. Saludo a todos los escritores africanos, los que me han precedido y me han formado y hecho escritor, los que me acompañan hoy en este proyecto común de pensar nuestro continente y de darlo a conocer al resto del mundo -con todos los dolores y tragedias que nos afligen, sí, pero también con toda nuestra inmensa alegría, creatividad, esperanza y amor.

Muchas gracias.

 

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* José Eduardo Agualusa (Huambo, 1960) es un escritor y periodista angoleño. Entre sus obras traducidas, tiene publicados en fechas recientes “Teoría general del olvido” (Edhasa, 2017) y la misma obra también en catalán: Teoria general de l’oblit (Periscopi, 2018). Quedó finalista del “Man Booker International”2016. 

* Esta publicación es fruto de una colaboración entre el blog Literafricas y Afribuku, con permiso de su autor. 

Traducción: Ángela Rodríguez Perea. 

 

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