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Kitoko! Una historia del Arte Contemporáneo Congoleño

Angela Rodríguez Perea 15 julio, 2015

Está sucediendo en este preciso instante a la vuelta de la esquina de la estación parisina Denfert-Rochereau: desde el 11 de julio, la Fundación Cartier para el Arte Contemporáneo recopila en una única muestra casi un siglo de arte moderno de la República Democrática del Congo. “Congo Kitoko” es su título, una palabra intraducible que viene a definir la “belleza” y con la que el comisario André Magnin ha querido expresar una condensada mezcla de creatividad, variedad, libertad, poder de expresión o genialidad. Adjetivos todos que bien retratan esta vasta retrospectiva, la primera en la Historia del Arte, en la que se reúne no sólo a los artistas congoleños importantes más recientes, sino también a los considerados como padres de la escena artística congoleña contemporánea, allá por los años  veinte del pasado siglo.

Desde 1926 concretamente hasta hoy mismo, en 2015, André Magnin se ha dado la labor de retrazar el camino de la escena artística moderna del país, que el propio comisario califica de única. Y no sin razón, por la singularidad y capacidad de reinvención que concentra en sí, pero también por la influencia que sigue ejerciendo tanto en los países de la África francófona subsahariana como en ese mundo que algunos han decidido denominar como “afropolitano”.

La Fondation Cartier se ha rendido a los pies de las creaciones del Congo -Kinshasa anteriormente. Dos veces en concreto ante el mítico Chéri Samba; la última fue el pasado 2014 junto a su compatriota Bodys Isek Kingelez. Si tienen ustedes la posibilidad de darse el capricho, no pierdan su turno y visítenla. Háganlo al menos por aquellos y aquellas que no podremos. En París se está mostrando ahora mismo un magnánimo compendio, de esos que son irrepetibles, con una vocación casi enciclopédica. La exposición está de hecho organizada con un enfoque en parte divulgativo, separando tanto por técnicas como por escuelas, en una danza de disciplinas que tiene en el centro de la pista de baile a la Pintura, con mayúscula de nombre propio.

Sabemos que no todos los que nos leen podrán hacerlo, y aquí aprovechamos para hacer nuestro propio recorrido por esta historia de la pintura congoleña, siguiendo parcialmente el recorrido de la exhibición. Y para aquellos que acaben decidiéndose por el “sí, quiero” o que tengan cerca el altar Cartier, más información:

BEAUTÉ CONGO – 1926-2015 – CONGO KITOKO
11 de julio -15 de noviembre de 2015

Fondation Cartier

206, Boulevard Raspail. París. 

Los Precursores

Empieza todo en la segunda década del siglo XX, con un Congo Belga todavía enclavado en su presente colonial. Entre las atrocidades que se cometen y que son casi innombrables, existen páginas de la Historia que parecen casi reductos de paraíso: un pintor o una pintora de casas recibe un regalo, papel y acuarela con los que reflejar su trabajo y transformarlo, y el milagro de la genialidad se hace luz. Ése es el resumido relato de artistas como el matrimonio Lubaki, decoradores de murales, o de Djilatendo, el exquisito pintor de acuarelas que era capaz de exprimir la escasez de medios para consolidar, en apenas tres pinceladas, el movimiento, la anatomía o la disposición de un animal corriente como puede ser una gallina.

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El Taller del “Hangar”

Esta escuela, conocida como el “Hangar”, es fruto de un fenómeno sucedido durante los años 50 en Elizabethville. Una vez más con los medios proporcionados por un europeo, Pierre Romain-Desfossés, más de una docena de jóvenes talentosos se reúnen en un taller para dar libre cabida a sus facultades y crear una expresión innovadora. Probablemente en la actualidad no sea fácil sopesar el grado de originalidad que significaron estos trabajos. Desgraciadamente, como en el caso de los llamados precursores, su historia se acaba con la desaparición del mentor. Hoy en día seguimos sin conocer el final de estas biografías, ni lo que hubieran podido acabar desarrollando sin el fantasma de la falta de recursos.

Pilipili. Sin título.

Pilipili. Sin título.

Pintores “Populares”

Estamos a finales de la década de los años 70: El grupo “Viva la Música” (en castellano, sí) lanza a Papa Wemba al estrellato, con las calles de medio continente cantando sus canciones. Es un miembro del grupo, Kester Emeneya, el primero en introducir el sintetizador en una banda africana, aunque pasaría a la gloria sobre todo por ser el “rey de la SAPE“. Muhamed Ali pelearía y vencería a Foreman en Kinshasa por esta misma época. La capital congoleña es el centro del mundo para muchos, y es en este contexto, en 1978, que la exposición “Art Partout” (Arte en Todos Lados) inaugura la escuela de los “pintores populares”. Se trata de un amplio grupo de jóvenes cuyo punto en común es que devolverán el arte a la calle, a los temas cotidianos que los inspiran y también a la política y la sociedad, con un toque entre la crítica y el humor muy propio de la vida cultural de la ciudad. Este grupo lo forman nombres de la talla de Chéri Samba, Chéri Chérin o Moke, entre otros. Son los padres de una tradición que perdura hasta hoy, con jóvenes artistas como Jean-Pierre Mika (autor del cartel de la exposición) o Monsengu Shula.

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La Nueva Generación

Los más noveles artistas congoleños tienen una característica en común muy diferente a la de las generaciones anteriores: pertenecen a un nuevo siglo, a un nuevo milenio, y han sido formados en la escuela de Bellas Artes del país. Frente a la delicada situación política existente, y una realidad que dista mucho de los positivos años 70, las diferentes escuelas o grupos de artistas han optado por una actividad crítica y una práctica libre. Son nietos de los artistas precursores y los populares, pero son aun más hijos de un mundo globalizado: su propuesta, sin dejar de mirar a los ojos de la realidad congoleña, es universal.

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7 Comments

  1. Javier Mantecón 15 julio, 2015 at 15:53

    Pilipili sigue un estilo muy Tinga-tinga tanzano ¿no crees? ¿es toda la corriente “Hangar” de trazos estilísticos y formales similares?

    • Angela Rodríguez Perea 16 julio, 2015 at 12:07

      Es una buena observación. De hecho, se dice que el propio Tinga Tinga -que dio nombre al estilo- fue influido por estilos venidos de Mozambique y hasta del Congo. Sin duda los temas y la técnica de Pilipili son muy cercanos a la pintura tinga tinga (aunque de manera más poética, desde mi punto de vista).

      Pero en el Hangar había de todo, y por una razón: el mentor del Hangar, Romain-Desfossés, no ejercía de profesor; era un amante del arte que tuvo el sueño de proporcionar los recursos necesarios a algunos artistas escogidos. Eso les permitió desarrollar de manera libre sus capacidades. Imagina lo que podría haber salido de ahí si Desfossés no hubiera fallecido tan pronto, en 1954.

      Por desgracia, hay poca información en internet, aun menos en castellano. Puedes encontrar obras de Mwenze Kibwanga, Bela Sara y otros. Pero es sin duda una historia muy interesante. Con un poco de suerte, trataremos de ello en un futuro no muy lejano aquí en afribuku.

      • Javier Mantecón 17 julio, 2015 at 6:01

        ¡Eso espero! Estoy deseando conocer más.¡Gracias Ángela!

  2. cris 5 agosto, 2015 at 22:35

    La palabra KITOKO no es intraducible, como dice el articulo. Ni se le dan esos usos de olé/orale. Simplement significa “muy bueno” /buenisimo”. Cuando algo te gusta mucho dices kitoko. Saludos

    • Angela Rodríguez Perea 6 agosto, 2015 at 12:27

      Corregido en el artículo. Vamos a tener que aclarárselo a André Magnin… Muchas gracias, Cris.

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