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cultura africana contemporánea

La enseñanza en lenguas africanas, anterior a la descolonización de las mentes

En este artículo de opinión, Boubacar Boris Diop defiende que los estudios sobre literatura africana deberían ofrecer más espacio a los numerosos autores que viven en el continente y a los que escriben en lenguas africanas. Este texto pertenece a la serie de artículos “La literatura africana es un país”, publicado en el portal Africa is a Country.

Creo tener una perspectiva general del sistema educativo senegalés, pues en él he realizado la totalidad de mi formación, de los estudios primarios a la Universidad Cheikh Anta Diop. También he sido profesor en esta última durante años, en todos los niveles, hasta que llegó el momento en que decidí darle prioridad a mi carrera literaria. A partir de ahí, surgen preguntas sin que uno se de cuenta necesariamente: ¿Cuál es la diferencia entre lo que aprendíamos en la Facultad de Letras de Dakar a finales de los años sesenta y lo que le enseñamos hoy a los jóvenes senegaleses tras seis décadas de independencia? El hecho de haber enseñado sucesivamente en la Universidad Gaston Berger de Senegal y en la Universidad Americana de Nigeria me ha ayudado a percibir las diferencias entre los países africanos denominados respectivamente como francófonos y anglosajones. La pertinencia de ambas apelaciones –dicho sea de paso– es bastante cuestionable pero permite al menos delimitar grosso modo el campo de análisis. 

Los autores africanos que emplean el francés o el inglés se centran en temas que seducen al lector occidental

Un observador superficial podría juzgar ambos sistemas educativos como radicalmente desemejantes –lo son en ciertos aspectos– pero en el fondo las similitudes son numerosas. En Senegal y en Nigeria se enseña la obra de autores africanos desde el inicio del recorrido escolar, pero desde las independencias son casi siempre los mismos: Senghor, Beti, Sembène, Kourouma, Oyono, por ejemplo, en el lado “francófono”, y Ngugi, Achebe, Awonor o Armah, en el anglosajón. En muchas ocasiones se acaba explorando más el texto de un escritor que su universo literario personal. Los estudiantes de secundaria llegan a la universidad conociendo bien la trama y los personajes de A Grain of Wheat, Things Fall Apart, Les bouts-de-bois-de-Dieu, Les soleils des indépendances, etc. Es estupendo, sin embargo puede dar la impresión de que se trate de un saber literario sin vida, que engullen pasivamente soltarlo posteriormente en el examen. Y olvidarlo para siempre, sobre todo cuando nos preparamos para actividades profesionales sin relación alguna con la literatura. Podemos recitar de memoria Femme noire Joal de Senghor, sin saber casi nada del autor en sí o del contexto de su creación poética.

PHOTO : EPA / DAVID DE LA PAZ

Es necesario entender la ironía de una situación en la que, después de haber relegado a un segundo plano a autores franceses y británicos, la periferia se contenta casi sistemáticamente con re-valorar en su enseñanza a los autores africanos reconocidos en el centro, es decir, en París, Londres o Nueva York. En mi opinión es además una situación extremamente fascinante: en busca de legitimidad literaria, los autores africanos que emplean el francés o el inglés se centran en temas que seducen al lector occidental y esto les conduce también a escribir de una cierta manera. Cuando vamos al fondo del asunto, esto se traduce en una repetición novelada de los clichés de Occidente sobre el terrorismo o la emigración, por citar solo dos temas “en boga” en este momento. En los planes de estudio de los escolares africanos podemos incluir estas obras, destinadas por su contenido y por su forma al público occidental: lo que podría suscitar el sentimiento de un avance político, acaba siendo más bien una fuente de confusión.

En realidad se enseña menos África que la idea que Occidente se hace de África.

Sería necesario un trabajo de “recentralización”, como diría Ngugi. Sin ocultar la aportación de la diáspora, los estudios literarios africanos deberían ofrecer cada vez más espacio a los autores residentes en el continente. Los autores locales existen pero nadie los ve ni los escucha. Tenemos la impresión por ejemplo de que toda la literatura de Burkina Faso se limita únicamente al nombre de Monique Ilboudo, el del Chad a la obra de Koulsy Lamko, el de Guinea Conakry a Monenembo y Williams Sassine, etc. Incluso cuando hablamos de Senegal, de Costa de Marfil o de Camerún, el número de autores que se tiene en cuenta es muy bajo, sin reflejar la efervescencia literaria existente en cada uno de esos países. Sé que en Nigeria, en este sentido, la situación es diferente. El poder de atracción del Norte continúa siendo importante evidentemente, por el influjo de los medios de comunicación y de las instituciones académicas, pero los autores nacionales tampoco son ignorados o menospreciados. Me parece que se puede decir lo mismo de Kenia, que sin embargo conozco algo peor.

Me gustaría destacar, para terminar, un punto que parece crucial: los autores africanos solo figuran en los programas escolares en función de su lengua de escritura. Los jóvenes nigerianos no saben nada de los autores cameruneses o marfileños y viceversa. Cuando a mis alumnos nigerianos les hice descubrir a novelistas como Bernard Dadié, Mongo Beti y Kourouma, se quedaron desconcertados. Uno de ellos, reflejando la opinión de sus compañeros, me hizo esta sorprendente y sabrosa pregunta: “¿Por qué debemos estudiar a David Diop y Emmanuel Dongala cuando esto es un curso de literatura africana?”.

En realidad, esta reacción tenía que ver sobre todo con el hecho de que nunca habían escuchado esos nombres y no sabían cómo integrarlos en sus esquemas mentales. Creo que uno de los raros autores africanos de expresión francesa que todos conocían es Mariama Bâ. Pero el malentendido desapareció muy rápidamente, pues los estudiantes nigerianos se encontraron en un terreno familiar y descubrieron, no sin una discreta fascinación, que no había ninguna diferencia notable entre los puntos de vista temáticos y estéticos de los escritores nigerianos y sus homólogos congoleños. Era fácil establecer por ejemplo un lazo entre las obras de Kourouma y Tutuola, Ngugi wa Thiong’o et Cheik Aliou Ndao.

Estos últimos dos autores tienen, justamente, la particularidad de enfrentarse a la preeminencia del inglés y del francés, lenguas coloniales, como instrumentos de creación literaria y de enseñanza. 

En mi opinión, el debate sobre los planes de estudio no debería ser prisionero del contenido, debe explorar también la ventana relacionada a las lenguas de trabajo de las universidades africanas. En la Universidad Gaston Berger de Saint-Louis se está llevando a cabo una experiencia positiva de enseñanza en pulaar y en wolof –fui uno de los instigadores– desde hace seis años. Ha conocido un éxito excepcional, que ha sorprendido agradablemente a todo el mundo. Por primera vez en la historia de Senegal, una universidad forma a especialistas del más alto nivel en pulaar y en wolof. Al haber sido el primero en impartir cursos de lengua y de literatura wolof, me encuentro en buena posición para decir que la ruptura liberadora pasará por una reapropriación del mundo en lenguas africanas. En su momento pude leer nítidamente en los ojos de mis alumnos el alivio de constatar con qué facilidad lo real se les había hecho inteligible.

Esto no quiere decir que vaya a ser fácil: las complexidades de nuestra dolorosa historia y la naturaleza radical de la destrucción colonial hacen que la tarea sea ingrata, hasta el punto de parecer irreversible. La descolonización de las mentes podría únicamente estar al orden del día si se consideran las lenguas africanas como conductas de conocimiento. En mi humilde opinión, es la única medida con un alcance histórico real. 

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Artículo publicado originalmente aquí: https://africasacountry.com/2020/10/enseigner-dans-les-langues-africaines-prealable-a-la-decolonisation-des-espirits

Traducción: Alejandro de los Santos

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