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La kora del siglo XXI

Javier Mantecón 15 abril, 2015

Al igual que todos los instrumentos mundiales, la kora, el icónico arpa de 21 o 22 cuerdas instalado sobre una calabaza oriundo de África Occidental, está viviendo una modernización tanto estructural como de formas, modos y texturas.

La apertura de la kora como instrumento está ligada sin duda a su gran popularidad fuera de las fronteras africanas. Su aparatoso y elegante diseño y su peculiar y relajante sonido han sido los detonantes del interés generado por los músicos y público general. Desde hace una década comenzamos a ver músicos no africanos tocando el instrumento, como ocurrió anteriormente anteriormente con el djembé o el digeridoo australiano. El amplio espectro melódico del instrumento también ha ido facilitando su integración en músicas ajenas, hecho que sin duda ha ido presentado paulatinamente su sonido a un público más mayoritario. La presencia de la kora en proyectos pop o jazz cada vez es más común, introduciendo un toque cristalino y profundo identificable desde el primer instante.

Esta fusión con otras músicas, realizada con más o menos acierto, está incorporando nuevas influencias musicales al instrumento. La kora se presenta al mundo, pero también aprende de él.  Incorporando nuevas musicalidades y además también nuevas tecnologías. Desde hace unos años un número reducido pero arriesgado de músicos están electrificando la kora, con todo lo que ello supone. Pedales, efectos de sonido, ecualizadores, ecos, delays, overdubs y un sinfín de recursos directamente prestados de la guitarra eléctrica. ¿El resultado? Por el momento, esperanzador y alucinante. La rapidez con la que la kora se pulsa y su peculiar sonido se multiplican gracias a la tecnología. Un futuro sónico con el que ya es posible soñar.

Esta apertura de miras de la kora está ayudando a otros instrumentos africanos a seguir el mismo camino. El maliense Bassekou Kouyaté y su n’goni o el malgache Rajery y su valiha han introducido también elementos tecnológicos en sus instrumentos, aunque sin dejar de lado la tradición. Y es ahí donde la kora mantiene su personalidad. Aunque la modernidad haya invadido sus formas, el fondo en la mayoría de los casos, sigue vinculado a la tradición milenaria. El peso de la Historia sigue siendo enorme en la kora por una razón sencilla: la mayor parte de los músicos que la utilizan como medio de expresión son griots o djelis. Esta antiquísima casta de bardos ha ido transmitiendo la historia de su pueblo, el mandinga, desde hace más de ocho siglos a través de familias que han llevado su apellido por bandera. Los Kouyaté, los Sissoko o los Diabaté, diseminados entre Malí, Guinea, Costa de Marfil o Senegal son clanes cuya función social aún mantienen con orgullo. Por ello, sus instrumentos siguen vinculados a su propia historia, sin suponer una cortapisa para desarrollar su creatividad.

 

Así pues, a los grandes nombres de la kora más tradicional como Toumani Diabaté, Ablaye Cissoko o Ballaké Sissoko que ya coquetean abiertamente con el jazz o la música clásica, tenemos que añadir una generación de jóvenes músicos que catapultan sus koras hasta el infinito a base de electricidad y buen gusto. La Kora Jazz Band (anterioremente Kora Jazz Trio), Ba Cissoko, Djeli Moussa Diawara, Sékou Kouyaté nos presentan una visión de la tradición más libre, menos dependiente de los sonidos clásicos. Y no sólo eso, por primera vez la kora se abre a otros géneros. Prohibida por motivos ceremoniales para las mujeres, el siglo XXI ha visto nacer un pequeño grupo de intérpretes de kora femeninas como Sona Jobarteh que revindican una posición igualitaria en el acceso al instrumento.

La kora se populariza ya no sólo entre intérpretes africanos exógenos a las familias griots tradicionales sino también a artistas de todos los rincones del mundo.  Desde Estados Unidos, Brasil o Reino Unido, músicos como  Daniel Berkman, Jacques Burtin o Carlinhos Antunes toman la kora y la desentrañan a su manera, utilizando sus cuerdas para desarrollar su imaginario musical. Al igual que la guitarra española, que ha absorbido músicas e influencias ajenas al área donde fue creada, la kora se empieza a pulsar desde perspectivas alejadas de su origen. Incluso como la guitarra, la kora cuenta ya con una hermana completamente eléctrica, la gravi-kora cuyo impacto musical está aún por determinar.

Pensando en negativo, sería quizás el enorme tamaño del instrumento o la compleja y tradicional construcción del mismo los que puedan limitar su extensión en el planeta a nivel popular pero al otro lado de la balanza encontramos su inconfundible, relajante y adictivo sonido, una estética muy personal y la flexibilidad de sus intérpretes a la hora de mezclarse con otros músicos. Y este lado de la balanza es sin duda más pesado.

Auguramos pues un futuro plagado de posibilidades partiendo de las que ya existen y las que están por existir. Ya existe el blues, la rumba, el reggae y el hip hop basados en las 22 cuerdas. Poco falta para poder disfrutar de bossanova, flamenco y rock hechos con koras. Esperamos ansiosos. La imaginación es el límite.

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