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La vie d’Adèle y la consagración de Abdellatif Kechiche

Alejandro de los Santos 5 febrero, 2014

Kechiche volvió a hacer cine de verdad por quinta vez consecutiva. Podemos contar con los dedos de la mano los directores que consiguen mantener el listón tan alto después de cinco películas. Y más en los tiempos actuales, en los que las exigencias comerciales limitan las posibilidades de concebir proyectos sin pensar en la recaudación final. La vie d’Adèle, de reciente estreno en medio mundo y ganadora de la prestigiosa Palma de Oro en la última edición del Festival de Cannes, consagra al director tunecino como una de las grandes sorpresas del séptimo arte de los últimos años. Kechiche se dio a conocer como una de las figuras que mejor ilustraba las problemáticas identitarias a las que se enfrenta la inmigración en Europa, junto con el turco-alemán Fatih Akin o el portugués Serge Tréfaut. Sin embargo, con su anterior película La vénus noire, sobre las vejaciones padecidas por Sara Baartman en los circos de la Europa del siglo XIX , supo escabullirse de la cuestión migratoria para recurrir a otro tipo de cuestiones que se antojan fundamentales para la comprensión de la sociedad  contemporánea. Esta nueva obra es la reválida de un director más que universal.

La vie d’Adèle es una película que incomoda. Incomoda por un lenguaje cinematográfico tan personal, por retratar la pasión candente entre dos mujeres y por una narración intensa y transparente. No es de extrañar que tras la primera escena de sexo entre Adèle y Emma se perciban ciertos balanceos en el asiento de algunos espectadores, para muchos la relación entre dos mujeres sigue resultando molesta. Tanto que algunos acaban por abandonar la sala momentos después. Curiosamente, esas imágenes están precedidas de una escena igualmente explícita en la que Adèle probaba suerte con un joven de su instituto. La protagonista expresa desagrado con la experiencia en todo momento y sin embargo nadie se mueve del cine. La homosexualidad aún cuesta aceptarse. Y Kechiche al fin y al cabo nos muestra sin ningún tipo de recatamientos el amor instantáneo y el ardor sexual que recorre el cuerpo de dos personas que se encuentran y que inevitablemente se enamoran. Sensaciones tan humanas como reír y llorar.

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Adèle entrará en contradicción con la sociedad a medida que va desarrollándose la historia. Desde su adolescencia se confronta a un entorno convencional en el que no le resulta sencillo manifestar abiertamente su homosexualidad. En el instituto, en casa de sus padres o en la guardería donde trabaja, no acaba de desvelar que vive y convive con Emma, que pertenece al ámbito artístico, en el que se suele aceptar la diversidad sexual con mayor normalidad. Esta pequeña fisura va aumentando de tamaño con el paso de los años, la fogosidad inicial se enfría y van apareciendo otras personas en el horizonte. Es ahí cuando las dos actrices muestran una capacidad de interpretación descomunal y Kechiche demuestra que domina la narración cinematográfica como pocos. Tres horas de historia que podrían hacerse eternas si no fuese por la mano maestra de un director acostumbrado a desarrollar sus personajes sin ahorrar el mínimo pormenor. Con esa particular cámara al hombro, para Kechiche los momentos de la cotidianidad pertenecen a la configuración del personaje en sí mismo, necesitamos conocerlos en profundidad para conmovernos con la historia, para sentirnos parte de ella de cierto modo.

Kechiche junto a las dos protagonistas

Kechiche junto a las dos protagonistas en el Festival de Cannes de 2013

Tras la Palma de Oro la sucesión de polémicas entre Abdellatif Kechiche y las actrices Léa Seydou y Adèle Exarchopoulos han agriado en gran medida el sabor del éxito. El grado de perfeccionismo del director lo arrastró a enfrentarse a las dos protagonistas, que llegaron a afirmar que el rodaje fue horrible, con escenas que llegaron a repetirse más de cien veces. Esto retrasó la grabación mucho tiempo más de lo previsto y los problemas se extendieron incluso a algunos miembros del equipo de producción, que llegaron a abandonar el proyecto en pleno rodaje. Tras la sucesión de enfrentamientos sobre el proceso de grabación, el director declaró en la revista francesa Télérama que se sentía “humillado y deshonrado” y que la película nunca debería haberse estrenado. Desde luego que comprendemos los motivos del altercado. Aunque también nos preguntamos si ese grado de tensión no habrá influido en el excelente resultado de la obra. Estamos seguros de que sí.

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