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Los andaluces de Tombuctú

Javier Mantecón 28 abril, 2015

La historia que aprendemos tanto en el colegio como en la universidad está plagada de prejuicios proyectados desde nuestra memoria más reciente. El pasado se estudia si es útil para explicar la parte del presente que más nos interesa para construir un futuro moldeado a nuestra voluntad. Tanto Europa y América como Asia han renegado siempre de sus vínculos históricos y culturales con África. El continente olvidado se ha presentado habitualmente como un nido de salvajes, esclavos, materias primas y poco más. Únicamente el norte de África se salva de esta ridiculización hasta que la influencia mediterránea cartaginesa, romana, o el atractivo oriental egipcio se sustituyen por el odiado Islam.

Pero lo cierto es que la Historia es mucho más profunda de lo que los libros de texto y las revistas del kiosko nos hacen creer. Como es sabido, la Hispania visigoda fue derrotada por un ejército bereber liderado por árabes musulmanes que a partir del año 711 se establecen en la parte sur y central de la Península Ibérica como élite dominante. Este hecho marca el nacimiento de Al-Ándalus, mito de entendimiento y desarrollo cultural de todo el mundo conocido en la época. Averroes y Zyryab son dos de las personalidades más destacadas de este periodo, ya que difundieron las ideas y modas tanto culturales como filosóficas de Oriente en no sólo Al-Ándalus pero en la cerrada y retrasada Europa altomedieval.  Pero, sin dejar de lado la mayúscula importancia de estas dos figuras, una vez más su influencia obviaba el sur africano, como si éste no existiera.

Plantémonos un instante a reflexionar. Al-Ándalus y los imperios de África del Norte y Occidental compartían no sólo su religión. Las olas de Almorávides y Almohades que invadieron de nuevo el sur de la Península Ibérica provenían de lo que ahora conocemos como Mauritania o “tierra de los moros”. Es lógico pensar en una relación constante y directa entre dos regiones al que sólo separan 14 km y que no eran tan diferentes como lo son ahora. Los flujos comerciales y culturales entre los imperios de Ghana, Malí o Songhai, todos establecidos en el Sahel, y Al-Ándalus, fueron constantes. Y el tráfico humano por tanto también lo fue, y no sólo de esclavos. Atravesar el Sáhara seguía siendo un reto logístico pero la conexión entre los puntos de encuentro y los transeúntes era mucho más fuerte.

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Nos trasladamos al siglo XVI. Felipe II incumple la promesa establecida por su padre Carlos I y sus abuelos los Reyes Católicos de respetar las costumbres culturales de los moriscos que no fueron expulsados tras la toma de Granada en manos cristianas en 1492. Comienza la Guerra de las Alpujarras en la que los moriscos son derrotados y muchos de ellos deportados o vendidos como esclavos.

Entre estos damnificados por la guerra, se encontraba Diego de Guevara, nacido en Almería y capturado por los turcos y vendido al sultán de Marrakech, en dónde se refugiaron un gran número de exiliados andalusíes. Aunque despreciado en el Magreb por su origen de segunda clase, Guevara fue poco a poco escalando puestos militares hasta ser nombrado caíd o gobernador de Marrakech. El nuevo sultán Al-Mansur quería ver cumplido su sueño, crear un imperio que unificara toda el África conocida

Junto a un ejército formado por andalusíes y europeos, que portaban “armas” de fuego, Guevara, ya conocido como Yuder, derrotó a los guerreros askia, que en ese momento tenían el control sobre el debilitado y decadente imperio Songhai, cuya capital era la legendaria Tombuctú. Yuder se coronó Pachá de la ciudad junto a sus hombres “Arma”, que se establecieron permanentemente en la ciudad casándose con las mujeres mejores posicionadas socialmente. Yuder Pachá abandonó Tombuctú al poco tiempo pero su ejército de andalusíes permeabilizaron su propia cultura en el territorio. Tanto es así que en 1880 cuando Cristóbal Benítez llegó a Tombuctú creyendo ser uno de los primeros europeos en pisar la legendaria ciudad, encontró que muchos de sus habitantes aseguraban ser descendientes de andalusíes.

Los manuscritos de Tombuctú de las familias Kati, descendientes de los Arma, dejan poco lugar a dudas. Los lingüistas aseguran que más de 500 términos de la lengua songhai provienen directamente del español. Existen ritos nupciales andaluces y apellidos como Guindo, Leon, Pare, Sacko e incluso García en estas familias que mantienen sus manuscritos como si fuera la más preciada joya. Incluso la Junta de Andalucía, reconociendo la conexión histórica, financió el conocido como Fondo Kati a través de un centro de conservación e investigación en Tombuctú que tras la guerra que sufrió Malí en 2012, fue prácticamente desmantelado.

 

Aparentemente la influencia de los Arma, llegó hasta el actual Benín que continúa guardando los colores del ejército arma en sus bubús o trajes tradiciones según el rango social. Según el especialista Roberto Lloréns Reig incluso los nombres de ciertas tribus de la región están asociados a su profesión como los Karabenta, mercaderes o los Mandés, servidores, quedando reflejada la influencia de la lengua española en la región. E incluso habla de familias beninesas apellidadas Esteve. Y si rascamos aún más podríamos establecer una relación musical directa de ritmo, estructura y melodía entre el blues songhai de Ali Farka Touré con los tangos flamencos, de origen claramente africano y anteriores a la introducción de los aires americanos de ida y vuelta en el flamenco, a través de la música Gnawa.

Independientemente de los vínculos actuales que podamos encontrar en la región del Sahel con los andalusíes, lo que nos hace aprender la apasionante vida de Yuder Pachá y de los Arma, es que las historia contemporánea debe de ser releída y reescrita sin prejuicios y sin una visión occidentalista. El pasado es tan apasionante que no es necesario contaminarlo con el ofuscamiento y el absurdo nacionalista. Nuestro presente lo vivimos a través de millones de hechos históricos culturales que no podemos cambiar pero de los que si podemos aprender. Europa y África, dos mundos que parecen tan lejanos pero que en realidad, nunca lo han sido.

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