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Los muros abiertos de Morran Ben Lahcen

Alejandro de los Santos 4 octubre, 2013

Uno de los logros de las primaveras árabes ha sido la explosión de una cultura urbana y periférica que antes de este período mostraba la cabeza muy tímidamente. Puede que actualmente la prensa internacional ponga en causa los logros reales de los movimientos ciudadanos que destronaron a dictadores sin fecha de caducidad y que mantuvieron contra las cuerdas a los gobernantes de países vecinos. El momento creativo que atraviesa todo el norte de África actualmente no deja de ser la consecuencia directa de las revoluciones ciudadanas de expresión árabe. No en vano, el desarrollo vertiginoso de las artes de la calle se nutre de una necesidad de compartir y recibir ideas políticas o lenguajes estéticos con el resto de la población, que de otro modo se estamparía con la censura y con querellas legales. Los grafitis parten de una filosofía popular que entiende la cultura como un fenómeno necesario para todos.

Aunque este fenómeno no es nuevo ni mucho menos. Ya en la década de los años 90 las letras del hip hop y las acrobacias del skateboard se manifestaban como un vendaval liberador en los barrios periféricos de las grandes ciudades del Magreb. Ese era el pistoletazo de salida de las fusiones entre las bases acompasadas del rap estadounidense y los ritmos locales. Estos iban acompañados de los primeros trazos de pintura que fueron salpicando los muros desconchados de las periferias norteafricanas. Más allá de las recurrentes simplificaciones acerca de la americanización de estas sociedades, las formas periurbanas de Estados Unidos aterrizaban en medio mundo como un revolver vacío, esperando municiones cargadas de pintura, bailes y letras subversivas. Al cabo de los años, se fue construyendo como quien no quiere la cosa una especie de cultura paralela a las grandes escuelas de bellas artes, galerías y museos. Jóvenes alejados de la pomposa vida cultural de los centros culturales extranjeros y de los espacios de élite podían de repente expresarse de la nada, sin formación formal ni permisos burocráticos.

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Foto: © Morran Ben Lahcen

Marruecos está experimentando en los últimos tiempos un período de prosperidad artística que no sólo se demuestra por el nacimiento de publicaciones especializadas, galerías o festivales para todos los gustos, sino que se refleja de esta forma en las paredes abandonadas de casi todo el país. Morran Ben Lahcen es uno de los grafiteros pioneros dentro de la nueva ola de marroquíes que se han servido de la calle como soporte visible de sus inquietudes personales y colectivas. Nacido en la histórica ciudad de Marrakech, mostró desde muy joven una especial inclinación por la experimentación de diferentes técnicas. Años más tarde, inauguró un espacio abierto al intercambio con otros jóvenes artistas urbanos interesados en rastrear nuevos horizontes formales. El rigor ha sido el motivo clave que subyace bajo el deslumbrante ingenio de esta generación, cada uno con su propio sello pero con elementos de aprendizaje común. Aunque también comparten la misma preocupación sobre la pérdida progresiva del espacio público en beneficio de la privatización inmobiliaria en ciudades turísticas como Marrakech o en Casablanca, centro financiero del país. Allí los minaretes de las mezquitas se disputan con las grúas el dominio del paisaje aéreo. Hoteles, casas adosadas con piscina y establecimientos especialmente acomodados para la élite se divisan casi en cada esquina, al tiempo que las periferias tiemblan por el absoluto abandono.

Una de las marcas más visibles de Morran Ben Lahcen son las cruces de colores intercaladas una sobre otra, de las más diversas formas. Estas composiciones acompañan o confeccionan retratos de personas anónimas que por algún motivo merecen la atención de todos. Un anciano con la mirada perdida, un niño con un arma en la mano, mujeres expuestas como objeto de deseo y otras vertiendo lágrimas, dos ojos vigilantes en la parada de un autobús, un perro que nos mira con el ceño fruncido. En definitiva, imágenes que dibujan aspectos de la sociedad que parecen maquillarse con el crecimiento inmobiliario desmesurado de Marruecos. Las contradicciones de un país que rápidamente se desvanecen cuando algún pasajero camina por las frías salas de espera del aeropuerto de Casablanca o por la lujosa cornisa de esta ciudad.

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Foto: © Morran Ben Lahcen

El alcance de la obra de Ben Lahcen ha sobrepasado las paredes de los barrios periféricos marroquíes. Sus trabajos se exponen permanentemente en la Underground Gallery y han ocupado las salas del Salon Internacional des Pilotes de Ligne o de la Galería Design de Marrakech. Y es que el empujón de artistas más mediáticos como el encapuchado Banksy, han elevado el arte de la calle a esferas inimaginables hace pocos años. Los coleccionistas, galerías y museos gastan cifras gastronómicas en adquirir copias de grafitis de impacto mundial. Por tanto, resulta cada vez más frecuentes que el mercado se interese por artistas más comprometidos y que actúan muchas veces en la clandestinidad. La intriga del anonimato parece subir el caché.  Pero este no es el caso de Ben Lahcen, que se muestra de soslayo en algún vídeo o fotografía y parece no tener nada que esconder. Al igual que sus obras, que se dirigen sin tapujos a los ciudadanos y no al objetivo de ninguna cámara de televisión. Él mismo se encuentra ahí, en cualquier esquina, en cualquier muro abierto de Marruecos. Pasen y vean.

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