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Navidad en tiempos de guerra y hambre, por Chinua Achebe

Alejandro de los Santos 24 diciembre, 2016

Chinua Achebe, autor conocido como “el padre de la literatura africana”, uno de los intelectuales africanos más importantes de la historia, escribió en 1971 el libro Beware, Soul Brother and Other Poems, publicado en Estados Unidos como Christmas in Biafra and Other Poems (Navidad en Biafra y otros poemas), título de uno de los poemas de la obra, que hemos querido traducir para nuestros lectores. Un regalo navideño, triste, que huye de la alegría obligatoria y el derroche desmesurado, pero que se acuerda de quienes viven estas fechas entre las ruinas de la guerra o mueren por falta de alimento. Un retrato del hambre que se padeció durante la Guerra de Biafra, pero que desgraciadamente, es una situación que se repite en Siria, Congo, Haití o Sudán del Sur.

 Navidad en Biafra

Este momento en que los ojos hundidos se tambalean

lentamente por la pendiente rocosa encima de

huesos rotos temerosos, hacia el horror

de desechos de dolor reunidos en el valle,

se convertirá no obstante en otro año perdido.

Una Navidad irrecuperable en las alturas,

su infierno explosivo transmutado

por las distancias cósmicas hacia la calma

de una fría estrella parpadeante… a las tumbas

de este momento llegaron sonidos lejanos de

los cánticos de otros hombres flotando en el crujido de las olas,

burlándose de nosotros. ¿Con remordimiento? ¿Esperanza? ¿Anhelo? Nada de

eso, extrañamente tampoco desesperación,

más bien puro, odio trascendental destilado…

 

Más allá de la puerta del hospital

las buenas monjas habían instalado un pesebre

de palmeras para ofrecer refugio

a una fina escena de Belén de escayola. La Sagrada

Familia estaba en el centro, serena, el Niño

Jesús rollizo con mirada sabia y mejillas rosadas: uno

de los Reyes Magos, de acuerdo con la leyenda,

como un Otelo negro en trajes suntuosos. Otras

figuras de hombres y ángeles parados

a distancia calculada del

corazón del milagro divino

y el buey de siempre mirando fijamente

con un sagrado asombro…

 

Más pobre que los pobres devotos

que habían pagado su homenaje

con el lamentable ofrecimiento de nuevas monedas

de aluminio que algunos comerciantes habrían aceptado y

un desgastado billete de cinco chelines,

ella se persignó y rezó con los ojos abiertos. Su

hijo, apoyado como un lagarto muerto

en su hombro, los brazos y las piernas

cauterizados por el hambre eran para su clase

un milagro. Grandes ojos hundidos

afligidos por el aburrimiento del pasado hasta una llana

e irreconocible viscosidad, iban a acabar lejos e

inmóviles en su hombro…

 

Terminada su oración

le dio la vuelta al niño y señaló

esas bonitas figuras de Dios

y ángeles y hombres y bestias,

una escena que remueve el corazón

de un niño. Pero todo lo que él concedió

fue una lenta mirada inexpresiva totalmente

irreconocible y de nuevo comenzó

a girar su enorme cabeza a un lado,

agotado como antes en la distancia vacía…

Ella encogió los hombros, se persignó

otra vez y se lo llevó.

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