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“Noventa y Cuatro – Cinco”, por Asha Mohamed

Invitado 19 agosto, 2018

* (Serie Lecturas) Esta historia fue finalista del Concurso 2018  AFREADA x Africa Writes

Leí una vez la historia de ese hombre, amarrado a la cama durante tanto tiempo que el sudor de su cabeza acabó dejando un halo amarillo en el papel de la pared. Existe un mundo en el amarillo. Su tonalidad es un peso que solo sienten los moribundos. 

Cuando era más joven, me gustaba mezclar las pinturas de colores. Solía buscar los rojos más cálidos y los amarillos más brillantes y observarlos desaparecer dentro de verdes vívidos y de azules efervescentes. En un momento dado, mi bonito remolino de colores se volvía una sombra de ocre oscura, sin brillo, ordinaria. Salía flotando desde la paleta de plástico y se instalaba dentro de recovecos desprotegidos de mi interior, susurrando en un pecho que había olvidado desde hacía mucho que junto a la adversidad llega el alivio.

Hooyo vuelve a preocuparse en exceso por las almohadas. Me gustaría que me hablase, que me contase historias como solía hacerlo cuando yo era pequeña, sentada entre sus piernas en la alfombra del salón al tiempo que ella tiraba, estiraba y tensaba los bucles de mi pelo, remodelándolos en formas que ofendieran menos la vista. Su voz podía ahogar a Xena, a Embrujadas, a Malcolm y a Homer.  Pero estos días su lengua parece hecha de piedra. Su sosiego despierta llamas que consumen la piel y el alma. El perfurme de unsi que anunciaba su llegada ha estado ausente últimamente. Ahora una extraña visita mi cuarto; siento su tirana presencia con cada inspiración.

“¿Está bien, señorita Samatar?”

Hooyo agarra mi brazo. Aprieta con fuerza las sábanas de algodón a mi alrededor. En casa hay una fotografía de ella y de mí, en el cajón de los objetos variados que hay en nuestra cocina. Ella tiene puesta una bata de hospital y yo estoy en sus brazos, envuelta en una manta. Mi cara está roja e hinchada. Una vez me confesó que me había envuelto con tanta fuerza que habían llamado a una enfermera. La sábana había tardado una semana en desapretarse.

“Alhamdullilah. Dios ama la paciencia”, dice.

“Nos queda una prueba por hacer ”.

A él lo llamo BBC. Cada vez que habla con Hooyo, empieza diciendo Tengo noticias. Hace su entrada en escena con un tintineo, incluso. Camina arrastrando los pies por el suelo de linóleo. Cada paso parece calculado; se mueve al ritmo de los sonidos que se propagan de las máquinas que se han propuesto mantenerme encadenada a esta habitación y a este cuerpo.

“Haremos la prueba de la actividad neuronal por la mañana”.

“Gracias, doctor.”

Me gustaría que dejasen de hablar de mí. Me hace divagar por recuerdos nostálgicos, con un peso color amarillo limón,  que  ahora conversan conmigo como lo deberían hacer los seres queridos. He creado compartimentos para cada pensamiento, he separado las preocupaciones de las contemplaciones sin sentido. Intento sacarlos por turnos. Pero en lugar de esos, creo aureolas de mi propia fabricación. Me disipo en pensamientos que ni siquiera sabía que existían. Hoy, soy ella. La chica encaramada por encima de su mundo; observando, desde más allá de las nubes, su propia persona escarvando profundamente en el suelo que está debajo.  Hooyo dice que hay habitaciones cerradas a llave dentro de todas las mujeres. Cuán insoportable es estar atrapada en la mía propia.

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Asha Mohamed (@baahramewe) es una ilustradora y aspirante a escritora, estudiante de Máster en Psicología. Es comisaria y coproductora de  “Literary Natives”, una organización que se dedica a abogar por Escritores de Color.

* Esta historia fue publicada como finalista de la edición 2018 del concurso organizado por la revista literaria AFREADA en colaboración con Africa Writes. Los escritores debían presentar una respuesta escrita de 500 palabras al la primera frase del poema de Warsan Shire, que decía: “Mi madre dice que hay habitaciones cerradas a llave dentro de todas las mujeres“. La ganadora fue seleccionada por la propia Warsan Shire y anunciada en el encuentro Africa Writes 2018.

Traducción: Ángela Rodríguez Perea.

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