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Noche en vela en Uagadugú: la obra que se adelantó a la Historia

Angela Rodríguez Perea 22 enero, 2015

¿Puede una obra de teatro o de danza adivinar el futuro? ¿Cambiar el rumbo político de todo un país? La historia de la obra “Nuit blanche à Ouagadougou” (“Noche en Vela en Uagadugú”) es tan mágica que nos invita a creerlo.

La pieza del coreógrafo Serge Aimé Coulibaly había previsto la caída de Compaoré, tras 27 años a la cabeza del poder presidencial en Burkina Faso. Ideada hacía un par de años y apenas escrita unos días antes de su estreno, “Noche en vela en Uagadugú” imaginaba el escenario con detalles: las escuelas se cerrarían, los ciudadanos saldrían de inmediato a la calle a protestar, la céntrica

Plaza de la Nación volvería a ser la Plaza de la Revolución… Así lo narra en la obra la voz del conocidísimo rapero Smockey. Estamos durante las elecciones presidenciales de 2015 y Blaise Compaoré quiere modificar la Constitución para regalarse un noveno mandato; es la gota que colma el vaso de los hombres y mujeres íntegros, cansados de la corrupción y de la mera democracia nominal.

Es un contexto que fácilmente pueden visualizar este músico y este coreógrafo que llevan tanto tiempo implicados en la lucha por el cambio político en su país. Lo que no podían imaginar es que esa escena precisa se fuera a producir el mismísimo día del lanzamiento de la obra. Y aun más impensable era que, a pesar de todos los acontecimientos, el espectáculo de danza fuera mostrarse cada tarde durante cuatro días, paralelamente a la revolución de los burkineses.

Para Smockey, concretamente, dejar las calles era una posibilidad descartada de antemano. Como ya declaró en su día, los eventos eran tan trascendentes que no cabía en los planes olvidarlo todo y subirse a un palco para participar en un espectáculo de danza contemporánea. Pero cuando uno se compromete hay que cumplir. Su actuación política y artística en esos momentos da envidia y provoca admiración a la vez.

Para aquellos que nunca oyeron hablar de él, Serge Bambara, más conocido por su nombre artístico Smockey (del verbo francés “se moquer“, “burlarse”), no sólo es el rapero más respetado entre la juventud burkinesa comprometida y una prueba de que el rap en África sigue siendo hoy un motor de transformación y movilización. Ganador de la Kora 2010 al mejor rapero africano, Smockey es uno de los cofundadores del movimiento “Le Balai Citoyen” (la escoba ciudadana), que ha estado a la cabeza de la reciente revolución en Burkina como organización de la sociedad civil, sin ambiciones de conquistar el poder en forma de p

artido.

La Plaza de la Nación convertida en Plaza de la Revolución. Uagadugú, octubre de 2014.

La Plaza de la Nación convertida en Plaza de la Revolución. Uagadugú, octubre de 2014.

En este caso, Smockey se había atrevido por primera vez a formar parte de una obra de danza contemporánea, prestando su voz y su música, rap, tecno, tradicional, todo mixado por él mismo en directo. Y lo hizo con la confianza de saberse guiado por uno de los mejores coreógrafos del continente, Serge Aimé Coulibaly que, desde hace más de una década, ha rebasado fronteras dándole a la danza contemporánea africana el prestigio que se merece. Fundador de la compañía Faso Danse Théâtre, ve la danza como una expresión de arte que debe participar activamente en la vida cultural y política y como un instrumento para la juventud africana.

Para ejemplo, esta pieza de danza que comienza con una imagen muy representativa: en medio del escenario, un bailarín con un pañuelo en la boca trata de hablar de cara al público; enmudecido por el pañuelo que se lo impide, lanza grandes gestos con los brazos y la cabeza. Representa a esa juventud de Burkina Faso a la que el poder no da la palabra pero que intenta expresarse. Un invisible Blaise Compaoré observará todo el espectáculo, sin verlo, desde un rincón, ignorando las demandas del pueblo. Toda una apología de la libertad de expresión y del poder de los ciudadanos muy oportuna en estos momentos en los que el tema es el centro del debate.

Coulibaly ha llevado estos días a Smockey y a sus cuatro bailarines a París, para representar una obra que asocia su apellido a la libertad y la democracia en su sentido más genuino, y no con la etiqueta del terrorismo que se le ha colgado estos didías (recordemos que Coulibaly es el apellido de uno de los implicados en los atentados de Charlie).

Su premonitora visión desembarca en el centro de Europa y volverá en octubre de este año, y quizás debiera ser considerada como una advertencia para aquellos que, también aquí, dirigen desde una esquina sin escuchar ni dar importancia al poder de los ciudadanos.

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