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Poder errar a pesar de la violencia del mundo

Alejandro de los Santos 28 junio, 2016

Autor Invitado: Olivier Barlet (africultures)

Meted en vuestro armario las ideas preconcebidas sobre Marruecos: esta película es todo lo contrario a los clichés. ¿Es Marruecos un lugar luminoso y rico en colores? Aquí aparece sombrío y a medias tintas. ¿Está hecho Marruecos de ruido y de ritmo? Aquí es silencioso y punzante. ¿Son simpáticos y hospitalarios los marroquíes? En este caso domina la violencia de las relaciones entre los seres humanos, todos ellos parecen ser manipuladores y sumisos. ¿Triste cuadro? No, pues se trata sobre todo de una constatación lúcida sin juicios de valor, a la vez íntima y oscura. Un estado de las cosas en el cual los seres humanos hacen caso omiso de los rituales o de las prohibiciones que preservan el orden social en favor de la transgresión.

Esos seres humanos son dos hermanos: Slimane y Abdellah. El relato es autobiográfico, una adaptación o más bien una puesta en imágenes del libro epónimo del mismo autor. Abdellah tiene quince años. No es el niño guapo que vive el despertar del instinto sexual sino simplemente un adolescente al acecho. Se introduce en la habitación de su hermano mayor para oler las sábanas, la ropa interior, acurrucarse en su cama. Figura masculina alternativa al padre violento e inconsistente, Slimane, que se dedica a ligar con las camareras, es el objeto de deseo de Abdellah. Para satisfacer su apetito sexual, éste se deja cautivar por otros hombres sin mediar palabra, pero no veremos nada, pues si la sensualidad está presente en la omnipresencia de los cuerpos y se verá fortalecida por la estilización del decorado, el acto no se mostrará de forma explícita en la pantalla: la película, al dirigirse de partida a una sociedad que no la aceptaría, no pretende imponerle nada al público.

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Esa delicadeza domina por elección estética, en una total coherencia. Los encuadres ensalzan los rostros y la piel. La música deja espacio a una banda sonora que se basa en los sonidos de lo cotidiano. El rol de los actores y los diálogos se reducen al mínimo necesario. El relato avanza con elipsis que el espectador rellenará según considere. Los planos son fijos por lo común y se establece un ritmo determinado que no hay que confundir con la lentitud, pues nos facilita el tiempo necesario para adaptarnos al sentir de los personajes. Hubiera podido resultar aburrida sin un buen trabajo de imagen. Aunque con Agnès Godard como directora de fotografía, quien ilumina y encuadra las películas de Claire Denis, Abdellah Taïa ha podido centrarse en lo esencial, prescindir de toda floritura para hacernos sentir el movimiento de las personas, incluso de aquellos que no se mueven, ese espacio de tensión que llamamos deseo.

En este punto reside la transgresión, mucho más que en la homosexualidad reivindicada por el autor que se muestra en varias etapas de su vida. Pues el deseo no goza de ningún derecho mientras que la gente se muere por poder expresarlo, suben o bajan el sonido de la televisión cuando lo ven en cualquier película egipcia, como en esa canción que escuchamos al final de la obra, cuando por fin vemos un intercambio de humanidad entre dos personas, la salvación a la cual se refiere el título.

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En esta película, como en la escena del barco, se trata de pasar de una orilla a la otra. El agua es omnipresente, tanta para echársela en la piel como para lavarse de las miserias del entorno, pues nadie es inocente en esta película, ni los que utilizan a Abdallah para saciar su deseo, ni el padre que no sabe cómo dominarlos y cierra los ojos ante la atracción de los demás, ni el barquero que también se aprovecha, ni la madre que controla y rechaza, ni incluso Abdallah que deberá recurrir a la manipulación para romper relaciones con su familia y su país, con el fin de poder errar por otros territorios identitarios.

Esa errancia no es solamente la de los homosexuales sino la de todos los que transgreden: la homosexualidad no aparece en la película como un caso aparte, está presente, simplemente, del mismo modo que ocurre con otras búsquedas de uno mismo para lograr vivir en este mundo. Lejos de ser provocadora o escandalosa, L’Armée du Salut juega al igual que Ozu con los silencios para expresar la violencia del día a día y los intentos de las personas para escapar y modificar su destino. Así, la obra alcanza una intensidad que nos marca para siempre.

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Traducción: Alejandro de los Santos Pérez

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