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¿Por qué no consideramos el Magreb y Egipto como parte de África?

Javier Mantecón 28 julio, 2015
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¿Por qué el Norte de África queda fuera del radar de las noticias que nos llegan sobre el continente? ¿Es la parte septentrional de África un ente aparte a nivel cultural y social que debemos tratar de manera diferente? En el imaginario colectivo África es el continente negro, la tierra de los maasai, de los mandingas, de los leones y elefantes además de la pobreza y la guerra. Pensamos en África y vemos niños negros sonriendo, la sabana o la selva, la tierra roja, pero nunca nos trasladamos a Egipto ni a Marruecos. África como continente-víctima pero siempre que miremos del Sáhara hacia el sur. ¿Deberíamos obviar entonces al norte como parte de África?

Al norte de África lo llamamos Magreb y Mashrek. Magreb de Libia hacia el oeste y Mashrek de Egipto hacia el este, y por referencias culturales e históricas los alejamos del continente africano. A estos territorios no se aplican los mismos estúpidos prejuicios que se aplican al África Subsahariana, sino otros, igual de estúpidos. Que la población mundial perciba una región de una manera o de otra no debería llamarnos la atención más allá del debate de clichés y tópicos que el turismo y la sociedad de información han ido creando en este último siglo. Sólo que en este caso hay una diferencia sustancial. Los “pobres negritos” son nobles y simpáticos pero los norteafricanos son rateros y terroristas. ¿Por qué esta divergencia tan apabullante?

Comenzaremos por dar unas pinceladas en el contexto histórico del tema que nos ocupa. La relación del África Subsahariana con Europa es muy reciente. Hasta prácticamente el Congreso de Berlín en 1884, el sur del Sáhara era conocido por Occidente únicamente por la relación comercial que existía entre los emporios de la costa africana y Europa y América y por las misiones evangelizadoras. Fue la colonización paulatina del continente africano la que puso los cimientos del victimismo y la condescendencia con la cual miramos por encima del hombro a los “pobres negritos”. Si es así, ¿por qué ese sentimiento no se traslada al norte de África, que también sufrió una sangrienta y represiva colonización hasta mediados del siglo XX?

Respuesta fácil y simplista: el Islam. Respuesta correcta: las relaciones de poder en el Mediterráneo. La islamofobia está sin duda bien arraigada en todo Occidente y actualmente vive un despunte consecuencia de las nuevas formas de terrorismo vinculadas al comercio de productos y personas ilegales. Pero la islamofobia ha existido en Europa incluso antes de las Cruzadas y la Reconquista y además no se aplica a los senegaleses, malienses o nigerinos musulmanes, a menos que no sean negros o muy radicales, y tampoco los cristianos coptos entran en el grupo de norteafricanos de quien desconfiar. ¿Estará vinculado pues el rechazo del norte de África con la unión entre piel aceitunesca e Islam? Tampoco. Muchos tunecinos son blancos, como los sudafricanos y namibios y la mayoría etíope y malgache no son negros.

La adversión de Occidente con el norte de África se remonta en el tiempo hasta la República de Roma. La propaganda de la República contra Cartago (actual Túnez) y posteriormente del Imperio contra cualquier elemento orientalizante caló hondo en el imaginario colectivo europeo posterior. Las Guerras Púnicas contra Amílcar y Aníbal Barca y las continuas incursiones de los bereberes, númidas y mauri (tribu asentada en el actual Marruecos y del que proviene el actual y despectivo término “moro”) en la desértica frontera sur, imposible de controlar por el Imperio, crearon una visión de salvajismo, bandidaje y barbarie que aún sentimos hoy en día.

Más de siete siglos después, la llegada del Islam remataría la faena. A la brecha cultural ahora se añadía una religiosa. En una Europa medieval, cristiana y fundamentalista, la instauración de Al-Ándalus y la pérdida del control de Tierra Santa supuso un duro golpe moral y económico. Las tradicionales rutas de comercio de especias, metales preciosos y esclavos fueron monopolizadas por una región tan vasta que comprendía desde Al-Ándalus hasta Indonesia. Europa quedó aislada comercialmente y además nunca más recuperaría Jerusalén. ¿A quién culpar? Muy sencillo: a los musulmanes que conocían de cerca y que les habían arrebatado el comercio y sus lugares santos.

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Como es sabido, con la toma de Constantinopla y el absoluto cerrajón comercial, Europa se vio forzada a abrirse al mundo a partir del siglo XV, comenzando así la época de los descubrimientos europeos en América y el establecimiento de colonias comerciales en África. La llegada de éstos a las costas africanas no fue siempre fácil, las enfermedades tropicales hacían estragos entre los colonizadores y los nativos eran habitualmente hostiles, pero la brecha tecnológica entre Europa y África Subsahariana era tan amplia en ese momento que los europeos no llegaron a plantearse que lo que sufrían en estas tierras eran enfrentamientos tan complejos y abiertos como los que existían contra otomanos o sarracenos: se batían con tribus de salvajes inferiores. Una vez Europa se asentó permanentemente en África Subsahariana, los gobiernos de las metrópolis se instauraron bajo un férreo control militar. Los negros eran considerados simplemente animales de carga pero los norteafricanos eran de otra pasta, nunca se les denigró a tal estatus. Hábiles comerciantes y musulmanes, los magrebíes y egipcios que habían disfrutado históricamente de grandes relaciones culturales, sociales y económicas con los países del Sahel, se centraron en una red comercial que abarcaba la extensa región que une a Marruecos con Indonesia al ver sus privilegios interrumpidos por la presencia europea.

Así pues, África queda dividida en dos regiones para Occidente. El norte, que continúa con sus difíciles relaciones sobre todo con sus países limítrofes como España, Italia y Grecia y vive en su propia realidad, y el resto: el África negra. Tras la caída del régimen colonialista en África -al menos presencial- en los años 60, comenzó un flujo de inmigración del Magreb y Egipto hacia sus antiguas colonias, que tuvieron que reconocer en ocasiones cierto estatus jurídico de protección en modo de compensación histórica. Y nos situamos ya en pleno siglo XXI: Francia no encuentra una solución para su población de pleno derecho de origen magrebí y España, Italia y Grecia siguen anclados en la idea de que tienen al enemigo al otro lado de sus fronteras y que Egipto es la tierra de los faraones.

Pero ¿qué han hecho los magrebíes y egipcios por nosotros? Lo justo sería recalcar que sin el norte de África no disfrutaríamos en Europa de nuestra gastronomía, ni de nuestra filosofía científica aristotélica, no beberíamos cerveza, ni disfrutaríamos del flamenco en España, hubiéramos perdido las innovaciones tecnológicas grecorromanas, nuestra poesía sería mucho más sistemática y plana, no sabríamos qué es un museo o no podríamos establecer ecuaciones matemáticas sin el cero. Es tan sencillo como que sin el norte de África no existe la cultura mediterránea y por extensión, la europea tal y como la conocemos actualmente. Difícil de encajar pero tan cierto como que las procesiones de Semana Santa en Italia o España son de origen precristiano e introducidas por los cartagineses.

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Caemos una vez más víctimas de la información sesgada. Sin ir más lejos, la extendida idea de que la inmigración ilegal es culpa de los magrebíes que se aprovechan de los pobres negros africanos que quieren venir a Europa a buscarse una vida mejor porque provienen del peor agujero que existe en el planeta. ¿Quién recibe a los inmigrantes en Europa? ¿Mafias magrebíes? ¿No hay magrebíes en esas pateras y balsas? Los hay, pero lucen menos en la televisión que una niña negra enferma.

La Islamofobia no es tal si sólo se aplica a ciertos países. ¿Deberíamos hablar por tanto de arabofobia? Tampoco, Occidente en su infinito delirio y confusión mental no diferencia entre un sirio, un persa, un indonesio, un bereber o un árabe. Occidente no quiere saber nada de esas culturas que encuentran a escasos 14 kilómetros de sus fronteras. Es raro encontrarse con un español o un italiano que conozcan a fondo Marruecos, Túnez o Egipto. Sí interesa sin embargo recrear en ese imaginario romántico y ficticio en Marrakech, un crucero por el Nilo o en Monastir, eso sí, con pulsera todo incluido y saliendo únicamente del hotel con excursiones organizadas. Más cool es cruzarse el mundo para tomarse una hamburguesa con queso en Queens. ¿Entonces?

La respuesta a todas estas preguntas lanzadas al aire se engloban en dos cuestiones que ya apuntábamos anteriormente y que resumen la animadversión occidental hacia el Magreb y el Mashrek: el continuo e histórico choque cultural y por tanto religioso entre el sur y el norte del Mediterráneo y la culpabilidad y condescendencia con la que se sigue mirando al África negra. A este hecho habría que añadir la propia percepción de los norteafricanos de su propia singularidad cultural y étnica.

Efectivamente, la relación entre el norte de África y sus vecinos del sur no es siempre tan cordial como debería. La diferencia que Occidente señala entre el norte y el resto del continente es alimentada en muchas ocasiones por la propia población norteafricana. Aunque los países septentrionales se hayan unido a instituciones como Unión Africana (excepto Marruecos), la población posee una visión más clasista a nivel racial entre las diferentes zonas del continente. Históricamente, las relaciones comerciales y esclavistas entre el Magreb y Mashrek con el Sahel y el establecimiento de los árabes como clase aristocrática minoritaria fomentaron un sentimiento de superioridad étnica, ya no sólo respecto a los negros del sur pero también en detrimento de los propios habitantes de las tierras que conquistaron. Es aún una práctica común en el norte de África indagar en el pasado de la propia familia para aumentar su prestigio social buscando lazos de parentesco, aunque sean ficticios, con la élite árabe que trajo el Islam consigo y que era, por tanto, más cercana al profeta Mahoma étnicamente. Los negros, en esa ecuación, se sitúan en el último lugar en el prestigio étnico-social. Una vez más caemos en el mismo error. ¿Solamente podemos llamar africanos a los negros? ¿Qué ocurre entonces con los Boers o los etíopes por ejemplo?

La mayoría de los medios de comunicación actuales aún marcan la diferencia entre el Norte de África y el resto del continente, dejando de lado su parte septentrional en sus secciones africanas. Las noticias siempre nos llegan desde el África Subsahariana con el filtro de la pena bien fijado. ¿Cómo utilizarlo si este sentimiento nunca se ha aplicado al Magreb? No nos rompamos las sienes con el esfuerzo, en el fondo ya se sabe: los magrebíes son unos liantes y unos terroristas. Mejor ignorarles, no vende.

En su discurso como ganador del Étalon de Oro en 2015 a la mejor película de FESPACO, la bienal de cine más importante de África, Hicham Ayouch comenzaba de la siguiente manera: “Como habrás notado, mi piel es blanca, pero la sangre que fluye en mis venas es de color negra. Mi padre es marroquí, mi madre es tunecina, soy africano y orgulloso de ello, porque somos un continente hermoso, un noble continente, un continente rico, somos la madre de todas las tierras, somos la esencia del mundo”.

Al igual que América está formada por canadienses, chilenos y guatemaltecos y no sólo estadounidenses y Asia no es sólo China y Japón, debemos considerar a África como un mosaico cultural y étnico que incluye tantas diferencias como puntos en común. África es sólo un nombre con el que denominamos un espacio geográfico concreto poblado por diferentes culturas. Aunque seamos europeos, los noruegos y los españoles poco tenemos que ver entre nosotros. Seamos capaces pues de trasladar este concepto a un marroquí y un sudafricano. Los romanos llamaron precisamente África a lo que hoy conocemos como Túnez y Libia, con lo que podemos hacernos a la idea de lo arbitrario de la denominación actual. La riqueza del continente pasa por su diversidad, desde Madagascar a Marruecos, desde Egipto a Sudáfrica y desde Senegal a Somalia. Ni negros, ni magrebíes, ni blancos, ni árabes: africanos.

 

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9 Comments

  1. Celestino Okenve 29 julio, 2015 at 0:44

    Hay algunos errores en el escrito, quizá mas de tres, pero solo le voy a decir que los negros son de varias clases. Y los etiopes son negros, no vayas a caer en lo que rechazas y hacer como Franco, que cuando Haille Selasie vino a visitar España, el primer jefe de estado en hacerlo, tuvieron que inventar que inventar una nueva raza, no podian admitir que un negro fuera recibido por Franco. En Etiopia los hay claros y oscuros, pero todos ellos son negros, lo mismo que en Madagascar, donde se ha producido una mezcla con arabes, chinos e indues de piel clara pero todos ellos, siendo mas claros que los demas africanos de donde provienen, son negros africanos.
    Con esas ideas se hacen falacias. A muchos etiopes les dicen que no son ni africanos, por el complejo que tienen sus dirigentes politicos (que no intelectuale) y cuando le pregunté donde estaba situado Etiopia, me contestó con la lección bien aprendida: en el cuerno de Africa, y yo le repliqué: ergo está en Africa. Muchos norteafricanos, especialmemte los que proceden de los invasores arabes (recuerda que los bereberes son mayoria y es la poblacion autoctona del norte de Africa), detestan ser cosiderados africanos e incitan los mismo entre los occidentales. Por tanto tienen una cuota de culpa en esa conducta que no atribuye al norte de Africa su caracter africano, pero al diferenciarse, por tener personalidad propia, de Europa, pasan a ser objeto de la conducta de la que hablas.
    Tambien quiero aclararte que Marco Polo, sus viajes a oriente y la posterior pasion por viajar a Oriente para las especias, es cosa de la edad media, mientras la invasion del norte de Africa y la peninsula iberica es de antes del año 1000 (año 711 en el caso de España). Las cruzadas que se organizan son para abrir la ruta hacia china y hacerse con las riquezas de los arabes y de Egipto (sus conocimientos ocultos como el mapa de tolomeo que permitiria que algunos europeos conocieran lo que Egipto, mil años antes ya sabia, que la Tierra era redonda), todo ello posterior o en sincronia con la presencia de los arabes en España.

    • Javier Mantecón 29 julio, 2015 at 8:07

      Gracias en primer lugar Celestino por tu comentario, vayamos por puntos.

      Está claro que habría que haber definido en un principio que se considera negro o no negro. Es un debate largo y tendido a nivel étnico-cultural que aún enfrenta a muchos expertos del mundo. Partiendo del punto de vista del artículo que propongo, lo que se considera popularmente como “negro” podríamos englobarlo en tres grandes grupos étnico-culturales: el bantú, el joisán y el nilótico. Estos tres grandes grupos se han subdividido y mezclado en infinidad de etnias que pueblan África Subsahariana.

      Teniendo en cuenta este dato, sabemos que en Etiopía únicamente y de manera tagencial, el grupo nilótico tiene presencia genética en los grupos Omóticos. El resto de grupos incluido el Amhara o el Omoro, que constituyen casi dos tercios de la población del país, son de orígen afro-asiático. ¿Haile Selassie era negro? Bueno, supongo que depende de donde esté la línea de lo que consideremos negro, pero los Amhara por ejemplo, siempre se han considerado una raza aparte del resto del continente, al igual que los tuaregs. Considerar negros a los etíopes es algo extremadamente relativo. Un europeo ignorante, trataría de “moro” a Selassie sin duda alguna.

      Respecto a los malgaches, es cierto que la influencia Swahili en la costa oeste del país es fuerte. Tanto en Tulear como en Majunga o Morondava, no es raro ver muchos swahilis (bantúes por tanto) entre la población. Pero puedo asegurarte que la gran mayoría del país es de ascendencia asiática, aunque pasada por las mezclas anecdóticas con árabes y bantúes. En la capital, Antananarivo, así como en todo el centro, este y norte del país, la población tiene rasgos asiáticos y de hecho la mayoría de las lenguas de Madagascar, incluido el malgache oficial, tienen origenes linguísticos malayo-polinesios aunque posean influencias arabes y swahilis. Día a día en Antananarivo, nos encontramos a pocos negros, y puedo certificártelo personalmente ya que vivo actualmente en dicha ciudad.

      Teniendo en cuenta estos datos, creo que tildar de falacias el texto que presento (de caracter divulgativo por otro lado) es un tanto precipitado. Muchos etíopes, como la mayoría de los malgaches no se consideran africanos, simplemente por que su historia como región ha sido más endogámica respecto al resto del continente. Como bien señalas, geográficamente se encuentran en África, de ahí la intención con la que escribí el artículo.

      Como bien señalas, mucha culpa de la separación entre África Subsahariana y África del Norte la tienen los propios norteafricanos, tal y como apunto en el artículo. La arabización de las élites indujo a las poblaciones autóctonas a buscar ese contacto con las clases altas, más cercanas también a Mahoma. Los bereberes son mayoría sí, pero aunque la situación parece que va cambiando, ellos mismos en muchos casos han reunciado a su cultura para acercarse a la élite árabe, al igual que se hizo en toda Europa sin ir más lejos, con la romanización.

      La culpa por tanto, es compartida entre muchos factores. La imagen de miseria y salvajismo que Occidente ha proyectado durante siglos sobre África refuerza al mismo tiempo esta conducta, ¿qué pueblo orgulloso querría ser parte de la población considerada como la más baja de la población mundial? Es lógico que se busque la formar parte de pueblos más ricos y desarrollados que de los más pobres y salvajes, aunque estos valores estén basados en clichés absurdos. España sin ir más lejos, siempre ha buscado ser parte de Europa, codearse con los mayores del norte, dejando de lado su relación histórica con el norte de África. Estas relaciones entre países son muy recurrentes en todas las partes del mundo.

      Pero no creo personalmente que haya que buscar culpables, toda esta cuestión está tan plagada de etiquetas y tópicos artificiales (como separar étnias únicamente por sus lenguas o costumbres culturales, como si no hubiera existido nunca el sincretismo), que apesta por todos lados. Por eso mismo abogo por utilizar el término “africano” como una denominación únicamente geográfica, al igual que europeo o americano. Es más justo con la realidad cultural de cualquier continente.

      Respecto a Marco Polo, no entiendo la conexión con las ideas que planteo. Polo viajo por Asia como bien señalas e introdujo especias e invenciones orientales en Europa pero de manera anecdótica, esas rutas que utilizó existían desde hace muchos siglos antes de sus viajes y poco tiene que ver con la islamofobia europea. La ruta de la seda y de las especies se viercon truncadas por el enfrentamiento entre Cristiandad e Islam, pero habían funcionado durante milenios y de ahí la forzosa búsqueda de nuevas rutas marítimas que desembocaron en las conquistas europeas en América y África a partir del siglo XV. Entre La Reconquista de España y las Cruzadas sí que podríamos establecer un paralelismo cronológico, y sin duda estas dos campañas tuvieron gran impacto en la islamofobia que aunque ya existía en Europa desde la Alta Edad Media, se vio reforzada al luchar directamente contra el enemigo musulmán.

      Espero haberte aclarado algunas de las cuestiones que planteo en el texto, que quizás peca de algo de superficialidad pero que en todo momento busca divulgar y sobre todo, hacer reflexionar sobre las ideas preconcebidas que propios y ajenos tenemos sobre cuestiones como la que nos ocupa.

      Un saludo,

      Javier

  2. Mommú à Mboka 21 agosto, 2016 at 22:06

    He leído en un comentario: ” Toda esta cuestión está tan plagada de etiquetas y tópicos artificiales (como separar etnias únicamente por sus lenguas o costumbres culturales, como si no hubiera existido nunca el sincretismo) ”

    Tanto la identidad de un individuo como la de una comunidad está definida por su etnia, lengua, costumbres y toda su cultura. Sobretodo la de la mayoría de comunidades africanas. Esa esencia es la singularidad de cada pueblo:
    En primer lugar, cada un@ es miembro de su propia comunidad, concretamente y luego, a grandes rasgos es africanos.
    Dicho esto, no infravalores ni califiques como ” artificial ” algo tan puro como la identidad de un pueblo, algo que se nos ha sido negado y nos han robado por las potencias coloniales.

    Ni negros, ni subsaharianos, ni mulatos, ni de color ni ninguna otra clasificación impuesta por foráneos: Muchos de los Afrodescendientes y Diáspora Africana en España también estamos hartos de la actitud arrogante de los eurocentristas. En especial, hartos de su prepotencia de clasificar e imponer quién es qué nuestra y definir nuestra manera de ser.

    También de apropiarse de lo nuestro y distorsionar la realidad, legitimando ” su punto de vista como único e incuestionable.

    Buen artículo y le animo a tener en cuenta aspectos más profundos sobre la identidad africana.

  3. sam 6 mayo, 2017 at 22:14

    Los norte africanos son africanos goegraficamente, pero racialmente y culturalmente son más bien orientales, partciularmente árabes, el norte de africa tuvo una gran ola de migraciones de origen árabe como los fenicios (antiguos árabes) y los árabes musulmanes que se mezclaron y asimilaron a los pueblos africanos que habían allí, algunos tuareg son de los pocos norteafricanos nativos que quedan.

  4. sam 6 mayo, 2017 at 22:24

    Celestino Okenwe, los bereberes eran un pueblo negro, como todo africano, y la mayoría de los norteafricanos no son negros, no son bereberes, los bereberes son una minoría lingüística del 35% aproximadamente, por lo tanto no hay ninguna mayoría bereber, los actuales norteafricanos son una mezcla de razas, pero en la que pesa lo oriental sobre todo lingüísticamente y culturalmente (árabes sobre todo)
    Un apunte, el origen de los bereberes es el cuerno de África, por tanto no son autóctonos del norte de África sino simples pobladores, de los muchos que hubo, los antiguos egipcios no eran bereberes como bien sabe.

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