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“Siempre esperando el canto de los pájaros”, por Malusi Mwongeli

Invitado 25 agosto, 2018

* (Serie Lecturas) Esta historia fue finalista del Concurso 2018  AFREADA x Africa Writes

Algunas semanas antes de que encontrásemos a Ma colgada del cuello, el mismo año en el que desapareció un avión, ella me habló sobre la primera vez que había visto agua sólida. Aún era joven, no estaba segura de cuántos años; la edad no era algo que se midiera por aquel entonces; por aquel entonces, cuando el simple disfrute de las flores y de las formas de las nubes podían hacerla reír fácilmente. Su padre, el Ingeniero Maina, la había mandado a casa de su tía a pedir algo que ya no recordaba. Allí fue cuando Bi, su primo, le metió un palo muy adentro en el diminuto agujero entre sus muslos, reteniéndola mientras ella alzaba y aumentaba el volumen de su grito, hasta que ya no lo consiguió escuchar más. Así que el Ingeniero Maina la llevó a una enfermera, que dio unas palmaditas en el interior de sus muslos, donde se habían formado ronchas, con agua sólida, tan fría que escocía.

Meses después de que a Papá le cortasen las orejas los del SLDF, el mismo año en que vi el sol oscurecerse durante el día, Ma volvió a casa cantado una canción de amor que era tan suave como el algodón pero tan vieja, tan castrada por el tiempo, que Ma tarareaba pedazos que había olvidado hacía mucho tiempo. Papá la escuchó. Papá la acusó de tener un amante; de desplegar las piernas como mantequilla, es lo que dijo. Y entonces Papá explotó en mil trozos chisporroteantes, su enfado era como una metralleta, taladraba y cortaba todo. Y Papá la golpeó tanto que aprendí que la piel tiene la capacidad de transformarse en colores poéticamente bellos. Ma se mantuvo sentada tan quieta durante aquello que pensé que podía ser una foto, una foto de su pena, de su tristeza fulgurante, de su dolor tangible. Atravesó la habitación cojeando cuando Papá se tranquilizó, con un brillo de sudor sobre la frente, murmurando para ella misma los nombres de los colores. “Amarillo, verde, rojo, violeta, amarillo, verde, rojo, violeta”.

Dos años después de que Papá muriese de una enfermedad que lo embrujó y una rodaja de ronchas blancas se había establecido en la frente, el mismo año en que decapitaban a gente que no respondía en el mismo idioma, Ma me habló de las habitaciónes cerradas a llave que hay dentro de todas las mujeres. Habitaciones donde reside nuestra verdad. Habitaciones que, una vez abiertas, revelaban el total de nuestro todo. Habitaciones que guardan la tristeza que se acerca, sigilosamente, en medio de tu camino; tristeza que te envuelve como un chal que no te quitas ni dentro de la ducha. Habitaciones que conocen la diferencia entre pena y dolor y el umbral que los separa. Me dijo: si alguna vez el desánimo de tu existencia amenaza con matarte, abre la puerta que guarda los recuerdos promiscuos que se percatan de las melancolías. El color de las flores. La forma de las nubes. El sonido de los pájaros. Evócalos.

Así que, cuando un profesor del instituto me violó, el año en que las elecciones presidenciales fueron anuladas, mi boca no pudo parar. De piar. De ir en bandadas. De trinar. De planear. De piar. De ir en bandadas. De trinar. De planear. De piar. De ir en bandadas. De trinar. De planear. Buenas palabras aquellas, siempre esperando el canto de los pájaros.

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* Malusi Mwongeli es una escritora y diseñadora gráfica keniana. Escribe para tranquilizarse, porque sus dedos no consiguen quedarse quietos. Ha publicado en AfricanWriter, AFREADA y The Kalahari Review. Visita su blog haciendo clic aquí

* Esta historia fue publicada como finalista de la edición 2018 del concurso organizado por la revista literaria AFREADA en colaboración con Africa Writes. Los escritores debían presentar una respuesta escrita de 500 palabras al la primera frase del poema de Warsan Shire, que decía: “Mi madre dice que hay habitaciones cerradas a llave dentro de todas las mujeres“. La ganadora fue seleccionada por la propia Warsan Shire y anunciada en el encuentro Africa Writes 2018.

Traducción: Ángela Rodríguez Perea.

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