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Timbuktu de Abderrahmane Sissako y los rostros de la dignidad

Invitado 2 junio, 2014

Autor: Olivier Barlet (africultures)

En la apertura de la competición oficial del Festival de Cannes de 2014, la película realizada por el mauritano Abderrahmane Sissako para dar cuenta del sufrimiento y de la resistencia a la dominación yihadista en el norte de Mali, ha impresionado a todo el festival. Mientras que los pronósticos para la Palma de Oro oscilaba entre Timbuktu y Mommy, la innovadora propuesta de Xavier Dolan (Quebec), de 25 años de edad, Timbuktu no fue seleccionada para este galardón, aunque recibió el Premio del Jurado Ecuménico y el Premio François-Chalais, concedido cada año a la película consagrada a los valores del periodismo.

Al inicio, una gacela huye: “No la matéis, cansadla”, grita el jefe de los yihadistas que la persigue en jeep. Es lo mismo que hacen con los hombres y las mujeres. Todo ello está relacionado con el desprecio y la destrucción de las marcas culturales: máscaras y estatuas sirven de ejercicio de tiro al blanco. Está relacionado con las prohibiciones en todos los sentidos: ni cigarrillos, ni juegos, ni música, ni el hábito de sentarse delante de sus casas; velo, calcetines y guantes negros para las mujeres, incluso para las vendedoras de pescado del mercado… Las mujeres son las primeras que están en el punto de mira, se les fuerza a casarse contra la voluntad de sus padres. Tan solo se les escapa la loca Zabou, interpretada por Kettly Noël, bailarina haitiana instalada en Bamako. Linguere*  de los lugares, orgullosa e inalcanzable (los yihadistas no la retienen por casualidad), ella misma evoca el 12 de enero de 2010 en Haití: “El terremoto, es mi cuerpo. Estoy agrietada por todos lados”.

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La tierra tiembla en todos los lugares en los que la vida humana se ridiculiza. En Tombuctú todo tiene color de tierra. La película está impregnada por los tonos ocres del desierto y de los muros de adobe. Hacer temblar la tierra es sacudir el mundo. A condición de que pueda representar el drama. Y este será el papel del cine. La representación alcanza esa pretensión: latigazos, juicios expeditivos y una lapidación donde solamente sobresalen las cabezas de los cuerpos sepultados en esa misma tierra, que constituye el origen de la película para Abderrahmane Sissako. Pero para no hundirse en el pathos, impregna la obra de humor, lo “trágico visto de espaldas”, como decía Gennette. Cuanto más dramático es el sujeto, más se hace necesaria la distancia. El humor es devastador, revelador de la hipocresía de los invasores y de sus ridículas contradicciones. La policía islámica procura localizar el canto y la música pero, ¿qué hacer cuando se trata de alabanzas a Dios? Procedentes de Libia, los yihadistas hablan únicamente árabe en este país donde el tamasheq y el bámbara se mezclan con el francés como último recurso. Esto provoca situaciones apetitosas.  Al igual que en el caso de la propaganda puesta en imágenes, como hace Godard en Ici et ailleurs (Aquí y allá), se hace necesario componer los elementos de la imagen para que adquieran significado político. El discurso pactado siempre enmascara la realidad del deseo y del placer, como el ejemplo de Abdelkrim (Abel Jafri), ese jefe yihadista que se comporta como un niño.

El yihadista, interpretado por Hichem Yacoubi, levanta la tierra en la coreografía cósmica realizada al final del rezo. Magnífica escena magníficamente filmada, en la cual la cámara de Sofiane El Fani (operador de cámara de Abdellatif Kechiche en La vie d’Adèle) capta detalles que actúan como una metonimia. En este preciso momento de la película, la poesía se impone sobre la burla. Con la misma fuerza que al final de Blow up de Antonioni, les jóvenes disputan un partido de fútbol sin balón…

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Sissako llora en la rueda de prensa de Cannes 2014 (AP Photo/Alastair Grant)

Y ese pueblo resiste en la cotidianidad, “cantando en sus cabezas una música que se le ha prohibido cantar”, decía Sikasso en la rueda de prensa de la película en Cannes antes de tener que parar de hablar, imponiéndose sobre su propia emoción. Es esta resistencia la que ha querido documentar, en particular la de los jóvenes que a pesar de todo siguen haciendo música, y la de esa mujer que se atreve a cantar, la voz tan bella y emotiva de Fatoumata Diawara que tratará de cantar incluso bajo la opresión del látigo… Pensamos en el poeta-cantor Marwan que en Le Destin de Youssef Chahine era amenazado por los integristas y exclamaba: “¡Aún puedo cantar!”. Esa resistencia, “es la verdadera liberación”, insiste Sissako, “¡mayor incluso que la de aquellos que lo recuperan todo!”.

Este es el rostro de resistencia que ofrece Timbuktu a los que han padecido la represión. El rostro de su hija Tayo y de su mujer Satima son los que el pastor tuareg Kidane querría volver a ver desesperadamente antes de morir. Y es precisamente el rostro de Tayo el que concluye la película, pues el objetivo de Sissako es el de devolverle el rostro a aquellos que son reprimidos. Tayo no cesa de buscar un lugar donde su teléfono móvil tenga cobertura: ¿qué pueden hacer los yihadistas contra el deseo de querer comunicar? ¿De jugar? ¿De amarse? ¿De cantar? Su represión es irrisoria: su jefe Abdelkrim llega incluso a segar a golpe de metralleta un arbusto situado en la intersección de las dunas, imagen sensual que cerraba la película Heremakono, evocación de lo femenino que debería irrigar la sociedad.

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“La humillación no debe durar”, dice el pastor Kidane, sin embargo su altercado con el pescador negro Amadou no será una venganza. ¿De qué humillación se trata? ¿De la sufrida por los tuaregs durante el enfrentamiento entre los pueblos malienses? ¿La de no poder llevar una vida de nómada? La escena de esta confrontación es de una gran madurez formal, la mano de un cineasta que sabe dónde situar la cámara y con qué luz debe filmar. Hace de esta apuesta arriesgada, al reaccionar en caliente a un asunto de actualidad, una demostración de sensibilidad, inteligencia y creatividad. Es más, reestablece a cada uno el derecho a su propia humanidad. Este yihadista, que lo compadece todo prohibiendo que le traduzcan, es un hombre extraviado, que a pesar de todo sigue siendo un hombre. La fragilidad de los yihadistas es objeto de mofa pero también un signo de las debilidades que les hacen pertenecer también al conjunto de la humanidad.

Sin dejar de condenar el extremismo, Abderrahmane Sissako dialoga a través del cine – con la misma firmeza y la misma dignidad que el sabio imam de la mezquita de Tombuctú- con todos los que ejercen esa terrible represión. La ironía tragicómica no es irrespetuosa sino una lúcida expresión del estado de las cosas. Sissako se compromete y nos compromete a aspirar a una visión humanista forzosamente más compleja que los atajos de los medios de comunicación. Timbuktu, le chagrín des oiseaux, este título tan bello, es al mismo tiempo un homenaje al sufrimiento y a los muertos así como una celebración de la resistencia de los vivos. Sólo un cineasta de gran talento podría ganar esta apuesta de devolverles el rostro a todos ellos, con ese grado de coherencia y de sensibilidad.

* Linguere fue una reina en wolof. El rostro de Kettly Noël evoca al de Linguere Ramatou en Hyènes de Djibril Diop Mambéty, mujer rechazada que se convierte en reina y que mira a lo lejos.

Texto original: bit.ly/1kjo6lB

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