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Un año sin Malangatana (Mozambique)

Alejandro de los Santos 10 enero, 2012

Conocí a Malangatana en Maputo (Mozambique). Me había cruzado con él en numerosas  exposiciones, recepciones y conciertos pero únicamente había tenido la oportunidad de saludarlo. Desde la primera vez que coincidimos me fascinó su impresionante personalidad.En cualquier evento oficial era capaz de hablar de pintura o literatura, contar historias tradicionales de la etnia changana a la vez que hacía cantar o bailar a todo el público. Esa habilidad de esquivar las formalidades, de romper con los protocolos artificiosos e impregnarlos de humanidad, era única en Malangatana. Pocas veces había visto a personajes de la cultura que mantuvieran tan firme su personalidad y no sucumbieran ante el saber estar, el pavoneo de los cócteles y toda la tontería a que suelen estar asociadas las galerías de exposiciones. Su pintura me hipnotizó desde el primer momento que puse los pies en el Museo Nacional de Arte. La expresividad de sus pinceladas, que representan fundamentalmente a una población despavorida ante el infinito sufrimiento de la colonización y de la guerra civil de Mozambique, unido al imaginario de hechizos, curanderos y leyendas tradicionales, son los elementos que distinguen a Malangatana de cualquier otro pintor de su generación. Aunque realmente se trata de un artista multifacético que ha plasmado su visión del mundo a través de diferentes géneros artísticos como el dibujo, la pintura, la escultura, la cerámica, los murales, la poesía y la música.

Durante la I Feria del Libro de Maputo, que se celebró en abril de 2010, tuve el gran placer de contar con la presencia del magnífico escritor de Guinea Ecuatorial Donato Ndongo (otro día hablaré de esta experiencia, que sin duda merece más de una entrada en afribuku). Un domingo de descanso, en uno de tantos paseos por la periferia maputiense, decidimos visitar de improviso a Malangatana, que vivía en el popular barrio del Aeropuerto. Su casa llama especialmente la atención por sus enormes dimensiones en medio de un suburbio de clase media, y por la maravillosa decoración de las rejas y de los azulejos de la fachada. Uno de sus hijos nos abrió la puerta y, al explicarle que Donato Ndongo quería conocer a Malangatana, nos hizo pasar enseguida. Al entrar en su taller, entre el desorden de lienzos por terminar y papeles con esbozos de nuevos proyectos, se escuchaba al artista roncar. Le comenté a su hijo que podríamos volver otro día pero insistió, nos acercó al sofá donde dormía y acabó despertándole. Malangatana se repuso del sueño rápidamente, pidió una botella de agua y nos atendió con toda naturalidad. Presenté a los dos titanes de la cultura de Mozambique y Guinea Ecuatorial, y a partir de ahí la conversación derivó hacia la lucha contra la colonización, Obiang, el exilio y sobre todo África.

Malangatana nos invitó a pasear libremente por su casa y a deleitarnos con su extraordinaria obra. Mientras tanto él nos esperaría en su taller pues en aquella época tenía problemas de movilidad. La zona de exposición es una sucesión laberíntica de salas donde topamos con lienzos acabados por todos sitios pero que, poco a poco, van encontrando su espacio en las paredes. Donato estaba maravillado con el pintor, no paraba de repetir que era una pena que un artista de su talla no fuera conocido universalmente. Una vez más, la falta de visibilidad de la cultura africana. Al llegar al taller, Malangatana estaba concentrado pintando un pequeño retrato con ceras. Lo terminó al instante y se lo ofreció al escritor guineano como gesto de agradecimiento por su visita. Donato, emocionado, me pidió que le remitiera cuanto antes un ejemplar de su obra estelar “Las tinieblas de tu memoria negra”, algo que por supuesto hice unos días después. En ese momento, Malangatana cogió en brazos a Koratsi, el bebé que nos acompañaba, lo zarandeó levemente mientras entonaba una melodía que alternaba con un cuento tradicional. Así era “el cocodrilo”, como se le conoce en su lengua materna, tan humano y tan espontáneo como todas sus creaciones. Siempre lo recordaré como uno de los mayores genios que habré conocido en toda mi vida, que además de un pintor extraordinario, fue puro compromiso en el periodo de mayor efervescencia política en Mozambique. Este poema nos da una idea de su sentir en relación a la colonización portuguesa en su país:

“Oh, sinhor, oh sinhor                                                                                   (“Oh, señor, oh señor)

Eu há-de andar                                                                                             (yo tenga que andar)

Mas minhas pernas doi                                                                             (pero mis piernas duele)

Doi de andar maningui                                                                               (duele de andar mucho)

Um ano andar e andar                                                                                 (un año andar y andar)

Mochila não pesa, pesa mulungu”.                            (la mochila no pesa, pesa el hombre blanco”).

Canção de um velho                                                                           Canción de un viejo

Malangatana Valente Ngwenya                                                      Malangantana Valente Ngwenya

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