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cultura africana contemporánea

Invitar a la gente a que deje de fingir que ha nacido con valores humanistas universales en su vientre

Autor: Elísio Macamo

El sociólogo mozambiqueño Elísio Macamo reflexiona sobre el Premio Nobel de Literatura, que la semana pasada obtuvo el escritor tanzano Abdulzarak Gurnah. Macamo cuestiona el propio funcionamiento de comité de selección, sus argumentos para otorgar un premio y otra serie de aspectos que ponen en entredicho la universalidad de ciertas instituciones europeas. Y por último, apuntala la necesidad de poner en tela de juicio la falta de voluntad de Europa por evitar una reflexión profunda sobre la colonización y sus efecto.

Me alegro cuando un africano brilla. Abdulrazak Gurnah acaba de brillar con la conquista del Premio Nobel de Literatura. Mi alegría tiene poco que ver con la solidaridad «cultural». Tiene mucho que ver con la impresión que me causa ver triunfar a alguien que se formó como persona en condiciones difíciles. Esto es lo que me alegra del éxito de los africanos. Las condiciones en las que se constituyó nuestro continente, y por tanto las condiciones en las que cada uno de nosotros se forma como persona, son generalmente hostiles. El éxito de un africano es siempre para mí una celebración de la condición humana, de lo que es posible ser, a pesar de todo.

No oculto la incomodidad que me producen los Premios Nobel de la Paz y de Literatura africanos, especialmente los de la Paz. Aunque documentan la resistencia africana, también documentan todo lo que está mal en este mundo. No es que no haya africanos capaces de ser buenos físicos, economistas, médicos, biólogos, etc. El hecho de que estén ausentes en esas listas dice mucho de la crueldad de la historia. En ese sentido, los premios de literatura y paz llegan a ser, para mí, la manifestación de nuestra marginalidad. Ganamos los premios de la paz porque somos políticamente inestables, y nadie busca en la historia las razones. Ganamos los premios de literatura porque, bueno, escribir no requiere muchos recursos y, además, escribimos en idiomas que otros entienden. Trato de imaginar cómo sería la literatura de Wole Soyinka y, para el caso, de Abdulrazak Gurnah si en lugar de escribir en inglés, lo hicieran en yoruba o en swahili, pero no sólo eso. O que el comité del Premio Nobel los leyese en esos idiomas. Es decir, el premio no es necesariamente una celebración de nuestra creatividad y resistencia. También es una celebración de nuestra inscripción en un registro ajeno. Somos inteligibles cuando somos inteligibles para ellos. Eso me hace gracia. Por ejemplo, debido a las críticas que ha habido sobre las mujeres y otras regiones del mundo que no han recibido la suficiente atención por parte de ese comité, el comité afirma haber estado haciendo esfuerzos para corregir eso. Pero añade: lo importante es que se respeten los criterios de calidad de la literatura.

Eso parece tener sentido. Pero no es así. Un premio tan importante no puede tener como criterio la satisfacción de un criterio preestablecido, porque esa es la forma más fácil de que otros no sean considerados. Si el Comité realmente quiere cambiar algo, tiene que estar abierto a manifestaciones literarias que revienten el canon, es decir, que aporten elementos nuevos a la idea misma de la literatura. Por lo demás, es más de lo mismo. ¿No lo hicieron con Bob Dylan una de las atribuciones más ridículas y arrogantes que se recuerdan? ¿A cuántos cantantes del mundo han escuchado? ¿Alguien ha cogido alguna vez la música de nuestro Xidiminguana para ver qué hace con el lenguaje, cómo cuenta historias y, en virtud de ello, cómo sus canciones expanden nuestra imaginación? Por cierto, ¿comparaste a Dylan con Chico Buarque o Zeca Afonso? ¿O simplemente asumieron que él, como estadounidense, habla según el canon?

Leí, atónito, la justificación de la concesión del premio al tanzano: «Por su penetración intransigente y compasiva de los efectos del colonialismo y del destino del refugiado en el abismo entre culturas y continentes». Hay tres cosas que me molestan aquí.

La primera es la transformación del escritor en un etnógrafo de su cultura. No es que no ocurra. Pero limita la relevancia de su trabajo para su pueblo. Es decir, Gurnah no recupera la experiencia humana, sino la local. No estoy siendo puntilloso. La documentación de la experiencia colonial y el refugio sólo es digna de celebración si nos dice algo más grande sobre nuestra humanidad común. Por cierto, ¿qué dicen estos relatos a los miembros del comité del Nobel sobre los valores de la cultura europea que estaban detrás de la humillación del pueblo tanzano? Lo segundo es esta «inocencia blanca» —estoy utilizando un concepto de la antropóloga holandesa Gloria Wekker—.

¿Acaso la gente del Comité no sabe lo que es el colonialismo? ¿No han leído lo que han escrito los historiadores? ¿Necesitaban escuchar eso de un escritor, o hay algo que el escritor está aportando que trasciende el marco de la historiografía y nos invita a otro tipo de reflexión? ¿Por qué son importantes los relatos de los horrores del colonialismo? ¿Porque son documentos de una época o porque nos invitan a revisar nuestros propios valores? ¿Lo hacen los europeos? Es en estos momentos cuando pienso en la profundidad de una afirmación de Toni Morrisson cuando se preguntaba ¿cómo debe sentirse un europeo sabiendo todo lo que se ha hecho en nombre de su cultura? No se puede dar un premio así a un africano sin responder a esa pregunta.

Lo tercero está relacionado con lo segundo. Es la negativa a aprender. Ayer participé en una mesa redonda organizada en el marco del Congreso de Historia de Alemania que se celebra esta semana en Múnich. El tema era la restitución de los bienes culturales. Compartí la mesa con tres historiadores (y museólogos) alemanes. El tema no es realmente mi especialidad, aunque siempre me invitan a hablar. Lo que dije fue esencialmente que la restitución en sí misma no tiene ningún valor si no va acompañada, en Europa, de un amplio debate sobre cómo fue posible que una cultura que proclama el tipo de valores que definen lo europeo haya hecho esto. No se trata de exigir penitencia. Se trata de invitar a la gente a que deje de fingir que ha nacido con los valores humanistas universales en el vientre. Dije que si este debate sobre la restitución no conduce a la revisión de los planes de estudio en la educación primaria y secundaria, entonces no se habrá hecho nada.

Igualmente, cada vez que una institución europea con pretensiones universales decide acoger a un forastero no está siendo simplemente «justa». Se está cuestionando éticamente. Un premio Nobel concedido a un africano es siempre una oportunidad para reflexionar sobre por qué hay tan pocos, por qué en estos términos, qué dice esto sobre el sistema de valores que sustenta nuestra autopercepción como portadores de valores, etc. Al final, un premio de este tipo es un reto que la persona que lo concede se lanza a sí misma. En esta mesa redonda, también dije que la restitución supone una gran responsabilidad para los africanos. Los objetos vuelven transformados. No son lo que eran cuando fueron robados. Vuelven como una especie de representación de un proceso por el que los propios africanos pasaron, sin importar si se dieron cuenta o no. Han perdido la inocencia. Estos objetos ya no representan el significado original, sino la relación con los europeos y, en consecuencia, la necesidad de autorreinvención que se les impone. Esta reinvención no puede consistir en recuperar un sentido original, sino en interpretar esta experiencia histórica para crear un nuevo sentido de la existencia. Este es el reto que los africanos siguen ignorando, por razones comprensibles, por supuesto, pero que limitan enormemente su capacidad de tomar las riendas de sus vidas. Parte de los nativismos exacerbados -de los que desgraciadamente no escapan los poscolonialismos y el decolonialismo- les impiden, en mi opinión, tratar de forma adulta y responsable la horrible historia que nos hizo como personas. Esto es lo que explica mi ambivalencia hacia estos premios. Por un lado, son un reconocimiento de nuestras capacidades —pero no necesariamente de nuestra humanidad— y, por otro, revelan hasta qué punto vivimos en un mundo que no es necesariamente nuestro. No sé si sería deseable tener ese mundo nuestro, pero tampoco creo que sea absolutamente necesario. Lo que me parece necesario es la apropiación de este mundo. Esto se hace, por un lado, al seguir exigiendo a los europeos que, siempre que estén dispuestos a mostrar reconocimiento, no nos confinen a los márgenes de los logros que nos confirman como buenos representantes de nosotros mismos y no de la condición humana y, por otro lado, trabajando todo lo bueno de los valores traicionados por los europeos para producir nuevos conceptos del estar en el mundo basados en lo que en nuestro sufrimiento —y resistencia/ hay de resiliencia humana.

Sólo en estas condiciones pueden tener algún sentido estos Premios. Por ahora, aunque son motivo de orgullo, no son más que gestos simbólicos que los europeos utilizan para evitar cuestionarse a sí mismos de forma profunda, como deberían haber hecho en el momento de la descolonización. En aquel momento también perdieron la oportunidad de hacer este ejercicio de introspección y utilizaron —como siguen haciendo- la ayuda al desarrollo como forma de expiar los pecados que no quieren confesar. Hoy existe un grave riesgo de que utilicen estos premios simbólicos —pero también la «restitución»— para protegerse de la introspección.

Y nosotros, como siempre, celebraremos su generosidad….

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Artículo original publicado en: https://www.buala.org/pt/a-ler/convidar-as-pessoas-a-deixarem-de-fingir-que-nasceram-com-os-valores-universais-humanistas-na

Traducción del portugués: Alejandro de los Santos

2 Comentarios

  • Cristina
    Cristina

    Un articulo maravilloso. Me ha encantado que alguien me explique las cosas así. Abre la mente y nos enseña a profundizar sobre nosotros mismos. Gracias

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  • Claudia Albuquerque
    Claudia Albuquerque

    Excelente reflexión sobre los premios Novel. Ya está bien de evadir una autocrítica por parte de Europa. Alguién lo tenía que decir y este sociólogo lo ha dicho. ¡Bien hecho!

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