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cultura africana contemporánea

Sankara no está muerto

ESPECIAL FCAT 2020

Con la crisis del coronavirus esta película (seleccionada en el festival Cinéma du réel) ha tenido un estreno original en una colaboración entre Télérama, Médiapart y France Culture: en una veintena de salas y en VoD. Ahora en España ha podido verse por primera vez en el marco de la 17ª edición del Festival de Cine Africano de Tarifa-Tánger (FCAT), cuyas películas este año pueden verse a través de Filmin.

«Iba a partir, pero un día la esperanza se me apareció en un sueño». Bikontine, que ronda la treintena, autodidacta, escribe poemas en blocs de papel. Se dispone a «partir a la aventura» a Europa cuando la revolución burkinesa de octubre de 2014 le da la esperanza de una vida mejor. Lucie Vivier, asistente de dirección y guionista, con quien había charlado bastante, le propuso seguir el único ferrocarril de Burkina Faso (Uagadugú-Abiyán) para explorar su país y verlo todo más claro. Para su primer largometraje, ella lo acompaña sola, con una cámara y una toma de sonido, y ambos parten hacia una gran diagonal de 600 kilómetros, de Beregadougou a Kaya, desde el suroeste hacia el norte. Los paisajes cambian, primero verdes después sahelianos y áridos, tal y como es Bikontine pero también Burkina en general, que pasa pronto de la esperanza a la desilusión. En cada estación, una parada, y encuentros improvisados.

¿Por qué seguir la estela de línea del ferrocarril? Porque Thomas Sankara (1949-1987) había invitado a su pueblo a extenderla más allá de Uagadugú, hacia Kaya, sin ningún tipo de ayuda del exterior, fue la famosa «Batalla del rail». Bikontine apenas tenía cinco años, pero sabe que los burkineses continúan profesándole una admiración inquebrantable a pesar de que haya sido censurado durante 27 años por su compañero y sin duda asesino que alcanzó el poder, Blaise Comparé, que por fin fue “largado” con la insurrección popular de 2014. 

Fotograma de Sankara n’est pas mort

Aunque el tren también lo construyó la colonización francesa, es decir, la mano de obra local. Muchos se dejaron la vida, como con el puente de 1932 cerca de Beregadougou. La película casa por tanto esa progresión histórica hacia la emancipación predicada por el militante antimperialista que decía que «a pesar de lo poco que tenemos, podemos salir adelante por nosotros mismos». En un aula abarrotado de una escuela, los estudiantes aprenden que el rojo de la bandera de Burkina Faso alude a los mártires de la lucha anticolonial, el verde a la agricultura y la estrella amarilla a «la luz que nos guía.

Algunos documentales tienen un enfoque cercano, se dirigen a personalidades del mundo cultural con un discurso establecido. Aquí no ocurre para nada: los dos trotamundos se encuentran especialmente con gente de condición modesta. Con la mochila a la espalda, preparados para dormir fuera con el vientre vacío, Bikontine se alimenta con los discursos de Sankara pero permanece sobre todo a la escucha de sus concuidadanos. Se define como escritor, lo que deja a muchos perplejos, muchos se quedan impresionados por el objetivo y el valor del viaje. 

Fotograma de Sankara n’est pas mort

Aunque es sobre todo en los trabajadores en quienes se interesan Bikontine y Lucie, que pone en escena sin aparecer en la pantalla. Se produce cada vez una puesta en perspectiva: los quemadores y recolectores de caña de azúcar, después vemos sacos de azúcar amontonados en la refinería, después a Sankara pidiendo la condonación de la deuda. O los buscadores de oro: claro que la cámara abre las escenas pero cuando Bikontine baja a la mina entabla un contacto que permite todo tipo de intercambios.

En Bobo-Dioulasso, en la plaza de las mujeres, hay un monumento donde una mujer sostiene una antorcha. La barrenderas charlan. Las mujeres están presentes, incluso en un planning familiar donde a través de «A mi madre», el poema de Camara Laye que Bikontine trata de recitarle a un joven. Ahí también hay una referencia a la exigencia de Sankara de igualdad entre el hombre y la mujer. 

Los intertítulos corresponden a las etapas pero también a la evolución de Bikontine. El médico de Bagassi le dice que hay que hacer lo que más nos gusta. ¿Debería continuar con su vida de bohemio con la poesía? ¿Qué lugar puede tener en este país que ha aspirado a un cambio pero que se encuentra bloqueado en un callejón sin salida político? ¿Cómo mantener la esperanza mientras que todo se vuelve árido? Cuando él camina en la noche sobre los raíles bajo la única luz de una antorcha, Bikontine siente que su soledad aumenta. Cuando se hace de día, juega a ser un equilibrista en los raíles por encima del vacío… El funámbulo está solo. Sin poesía y sin riesgo. Sin creación, sin ánimo.

Thomas Sankara

Lucie Vivier capta ese confrontación con el vacío: la vertiginosa decepción de una sociedad ahora enfrentada a las agresiones yihadistas y a los asaltos continuos de la precariedad (¡y encima hoy el covid-19!). Filma con sensibilidad a Bikontine para quien «la carretera se desliza bajo sus pies». Es un cuerpo errante, abierto e incierto, fuerte en sus palabras pero que no hace ningún discurso de ello. Trata simplemente de encontrar el hilo de una esperanza que se mantenga. Al unísono suenan la excelente elección de la guitarra melancólica de Rodolphe Burfer pero también los golpes de rabia que recuerdan a los de Bled Number One de Rabah Ameur-Zaïmeche.
En su prueba iniciática, Bikontine, lonesome cow-boy que desafía el vértigo, sigue dudando si intentar viajar hacia otros horizontes, pero se apoya en Sankara para encontrar un arraigo, y al igual que él, también lo hace toda una sociedad..

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Artículo original publicado en Africultures

Traducción: Alejandro de los Santos

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