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Marguerite Abouet: «El héroe en sí no existe, son los de su alrededor quienes lo generan»

Llevábamos meses esperándolo con impaciencia y, por fin, el día ha llegado: la adaptación de Aya de Yopougon para la gran pantalla ya puede verse en los cines. Ha pasado un tiempo interminable desde que anunciábamos el salto al formato audiovisual de nuestro cómic favorito. Para una ocasión así, hemos querido conversar con la autora de la historia.

Marguerite Abouet (Costa de Marfil, 1971) es la madre espiritual de Aya y de los demás personajes del libro. Nació en Abiyán y se crió en el conocido barrio de Yopougon hasta la edad de 12 años. Desde entonces reside en París, ciudad en la que ha vivido varias vidas: niña extranjera recién aterrizada, parisina mayor de edad pendiente de regularización administrativa, mujer licenciada en Derecho y, hoy ya, escritora consagrada. La revista Madame del periódico Le Figaro la incluía entre las quince mujeres africanas más poderosas, pero en realidad el adjetivo no parece del todo apropiado para describir a Abouet, que se comporta como una persona campechana y extrovertida, dispuesta para hablar con los lectores y los medios de comunicación.

¿Cómo va la preparación del estreno de Aya de Yopougon?

Está siendo muy intensa. Nos encontramos en plena promoción; ahora acabamos de hacer una entrevista para Elle y la verdad es que no paramos. Estamos muy contentos.

El cómic de Aya ha tenido un éxito increíble. Ahora le llega el turno al largometraje, que todos esperamos impacientes. ¿Se siente sorprendida frente a todo este éxito o ya está más bien acostumbrada?

No, en absoluto, una nunca se acostumbra. Cuando salió el primer tomo y tuvo tan buena acogida, con el premio que ganamos, lo primero que se piensa es que el siguiente tomo debe ser mejor. Existe una presión. Igual con el segundo, que funcionó muy bien: te da alas y ganas de continuar, pero nunca puedes decirte que está todo ganado. Sobre todo en este mundo en el que uno se siente observado y también criticado constantemente. Hay siempre una especie de pequeña aprensión al lanzar los nuevos proyectos.

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Con la serie de Aya de Yopougon hemos tenido mucha suerte. Desde el principio no ha hecho más que subir y los lectores siempre pedían más. Se nos ha dicho que cada tomo era mejor que el anterior. En fin, nos ha ido muy bien. Pero en algún momento hay que parar y yo he decidido hacerlo en el sexto tomo, pues siento que con Aya ya he tocado todos los temas que quería abordar.

¿Y cómo se produjo el salto de la versión papel a la versión audiovisual?

Pues la verdad es que yo no me esperaba embarcarme en una aventura de cine, a pesar del éxito que ha cosechado el libro. Todo surgió después del estreno de la película «Le Chat du Rabin” (el Gato del Rabino), de Joann Sfar, también basada en un cómic y producida por Autochenille Productions. Joann Sfar y Clément Oubrerie, el ilustrador de Aya, crearon esta productora para poder llevar al cine sus historietas y controlar el proceso de principio a fin. Propusieron Aya en versión largometraje y acepté. Al fin y al cabo, si sale bien, bienpero si no pues la culpa será de ellos solos (risas).

Pero usted ha participado activamente en la realización.

Sí, para mí era algo importante. En realidad, Clément Oubrerie y yo hemos correalizado la película. Él se ha encargado más de la concepción gráfica, junto con una decena de profesionales, y yo he hecho la parte de dirección de actores y otros aspectos, como por ejemplo la elección de los paños o telas con los responsables de vestuario.

Es la primera vez que participa en el proceso de realización de una película, ¿es un trabajo duro?

Yo parto siempre del principio de que no podemos hacer nada solos. A mí me gusta trabajar con la gente, conocer a nuevas personas. Es eso lo que ocurre con mis historias, que siempre entran en juego muchos personajes. Porque el héroe en sí no existe, son los que están a su alrededor quienes lo “generan”, son ellos quienes hacen que lo amemos o no. Y a mí me ocurre lo mismo en la vida real, necesito interactuar con los demás. La historia de Aya empezó a hacerse con dos manos, continuó junto con Clément Oubrerie a cuatro manos y ha acabado hoy con más de doscientas, con todas las personas que han trabajado haciendo la película (risas). Actores, responsables de animación, grafistas, decoradores, supervisores… todas esas personas tienen un saber hacer increíble y nos han acompañado de tal manera que he sentido plena confianza a la hora de trabajar. Y ellos estaban contentísimos de poder formar parte de esta aventura. Gente con mucho talento. Ha sido verdaderamente increíble.

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En todo caso, yo me he implicado desde el principio con la película. Tuvimos que empezar haciendo un storyboard animado, con los primeros bocetos. Yo interpreté todas las voces femeninas y otro actor se encargó de las voces masculinas y eso lo añadimos al storyboard. De esta manera teníamos ya planteada toda la trama de nuestra historia y este primer trabajo lo transmitimos a los diseñadores y animadores. Después de eso, nos grabaron a mí y a mi familia interpretando todas las escenas. Teníamos que enseñar a los animadores cómo caminan los africanos, cómo se juega con las manos al expresarse y cómo se habla con el cuerpo (risas). Es importante.

Parece un proceso apasionante. Imagino que no tiene nada que ver con la creación de un cómic.

No, en absoluto, crear un cómic es algo bastante solitario. Ya, para empezar,  un cómic se puede trabajar en cualquier sitio. Pero yo, como le decía, prefiero trabajar en un lugar donde haya muchas personas, pues mis historias las extraigo de ahí, de todo lo que me rodea. Para hacer un tebeo normalmente tengo un cuaderno donde hago los primeros esbozos de la historia: algunos dibujos, la descripción de la escena y todos los diálogos. En esta parte trabajo sola. Cuando termino, la siguiente etapa es con el ilustrador: durante tres o cuatro días volvemos a leer la historia y juntos hacemos el segundo esbozo. Él me ayuda; me puede decir por ejemplo “en esta página hay demasiados diálogos”, y entonces lo cortamos en dos. Después de terminar este guión, el ilustrador comienza con los dibujos.

En una película convencional, para dar cara a los personajes es relativamente fácil: se hace un casting y se elige a los actores. ¿Cómo se hace eso en un cómic, entre escritor y dibujante?

Mis personajes tienen todos una personalidad muy marcada, por ello hay que buscar la figura que mejor se adapte a su carácter. Por ejemplo Hervé, que es bastante parsimonioso y tal, tenía que ser más bien «largo» (ríe), alto y delgado. En general, Clément hace una serie de esbozos de personajes que después me muestra y yo elijo. De algunos personajes yo tenía muy claro las caras y la corpulencia, como con Bonaventure Sissoko. Es alguien que existe realmente y que me he cruzado, se trata de hecho de un antiguo ministro de Costa de Marfil.

Entonces usted se inspira en personajes reales.

¡Por supuesto! Puede tratarse de alguien que se ha conocido, con el que uno se cruza, una frase que se escucha, una discusión, un suceso… Muchos de los personajes forman parte del mundo cotidiano africano, como Félicité, que es una de esas niñas que hay en casi todas las casas africanas y que ayuda en el hogar y con los niños. En el caso de las chicas, Clément Oubrerie hizo unos esbozos y a Bintou y a Adjoua las elegimos bastante rápidamente. Aya ha sido la más complicada de encontrar, de lejos. Yo quería que fuera bastante neutra y que todo el mundo pudiera identificarse con ella. Al principio la hicimos con un pelo afro, más tarde llevaba el pelo corto,… Pero después de mucho buscar, creo que hicimos la buena elección.

La pequeña Akissi, como todos sabemos, es su alter ego, Marguerite Abouet de pequeña. ¿Cómo han hecho para encontrar el personaje, en este caso? ¿Le ha dado usted fotos a Clément Oubrerie para ayudarlo?

(Risas) ¡Sí, sí! Precisamente saqué algunas para que pudiera inspirarse de mis fotos de pequeña, con el pelo peinado hacia arriba y demás…

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«Casa azul, mujer que vende caracoles, tienda del costurero de buñuelos… ¿por qué cuando es algo complicado me tienen que mandar siempre a mí?«, se lamenta la protagonista del cómic titulado «Akissi», de Abouet y Sapin.

¿Tiene un personaje preferido?

Ufff, eso como con los niños, no se puede decir que hay uno preferido… No sé, los quiero a todos. Si tengo que elegir diría quizás Innocent, me hace pensar en mí, cuando llegué a Francia y me tropecé con esta cultura diferente. O mejor dicho, con estas culturas, pues en París una se codea con muy diversas culturas diariamente.

Usted ha vivido la mayor parte de su vida en Francia, pero escribe sobre todo historias ambientadas en África. ¿Es usted una nostálgica?

Sí, obligatoriamente, puesto que me hicieron mudarme muy a mi pesar con doce años, de mi país y de una infancia muy alegre. Tengo recuerdos muy felices y nunca he querido olvidar esa parte de mi niñez. Y he sentido la necesidad de contarlo para no olvidarlo.

Pero aunque he escrito Aya y Akissi que hablan de África, también está la serie Bienvenue que habla de París. Es la historia de una chica blanca que estudia Bellas Artes en la Universidad y que vive con su prima Lola en una de esas habitaciones para el servicio que hay en los edificios del centro de París. Es también una historia en la que, como siempre, introduzco muchos personajes, pues a mí no me gustan las historias con pocas personas. Una historia de amor, por ejemplo, no es para mí (ríe). Sin embargo, si les añades a esos dos enamorados los ex, que van a complicar la vida, y los parientes, vecinos, etc., eso ya sí se vuelve interesante. Bienvenue tiene ese nombre porque representa una “bienvenida” a mi ciudad, París, donde gente muy diferente está obligada a vivir junta. Y la habitación de servicio en el octavo piso la elegí porque es uno de esos lugares donde se pueden cruzar todo tipo de personas. El niño de papá, por ejemplo, al que sus padres que viven en el segundo piso le han alquilado una buhardilla. También puede ser una pareja india sin papeles, una chica joven que es niñera, estudiantes, etc. Y a mí me encanta esta mezcla de gente diferente que está forzada a convivir una con otra.

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Esta historia me permite además hablar de París que, después del barrio de Yopougon, es mi segunda patria y además hago la comparación con Yopougon, pues es un sitio donde uno se puede codear con gente de todos los lugares, religiones y clases sociales. Basta tomar el metro de la línea 9 de una punta a otra para ver desfilar a todo tipo de personas. Esta diversidad me recuerda a Yopougon, donde se puede encontrar a gente de toda África. Cameruneses, ghaneses, malienses,… Yo me he criado entre todo ese mestizaje de culturas. Y después de vivir y crecer en Yopougon le aseguro que se puede vivir en cualquier ciudad. (risas)

Aya ocurre durante la década de los setenta, pero uno tiene la impresión de que las cosas no han cambiado mucho cuando lee el cómic. ¿Tiene usted también la sensación, cuando viaja allí, de que las cosas siguen igual en Costa de Marfil?

En realidad yo hago trampa: sitúo la historia en los años 70 porque me conviene, pues no quiero hablar de todos esos males que están relacionados con el continente. Pero todos los temas que abordo en Aya son los temas actuales. Cuando voy a Abiyán veo que los jóvenes luchan por salir adelante, los hombres siguen corriendo detrás de las mujeres, como siempre (ríe), y las mujeres son las que llevan el peso hoy. Los padres de familia en la situación actual de crisis no encuentran trabajo, así que las mujeres se dedican al comercio para poder alimentar a la familia. Y es verdad que deben enfrentarse a bastantes injusticias, pero por suerte no se dejan pisotear.

Es cierto que las “madres” de Aya de Yopougon tienen ese carácter fuerte, característico de las mujeres africanas.

Exacto, y es que esta historia es de alguna manera un pequeño homenaje a las mujeres africanas, que son quienes construyen sus países y que luchan por sacar adelante sus hogares, la educación de sus hijos, etc. Incluso aunque siguen siendo muy tradicionales.

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Aya debe enfrentarse a eso, esta dualidad entre tradición y modernidad. Ella respeta las costumbres pero quiere ante todo elegir si realizar unos estudios o con qué hombre pasar su vida. Y creo que las mujeres africanas, también en este lado del mundo, han comprendido que puede haber un equilibrio entre tradición y modernidad y que eso puede funcionar.

Y a pesar de ser un cómic que se basa en esa realidad cotidiana, en casi todas las entrevistas le preguntan por qué ha elegido hacer una historia “tan positiva” sobre África …

Sí, bueno… la verdad es que he tenido que responder muchas veces a esa pregunta. No sé por qué cuando se habla de África es necesario hacer una historia que sea didáctica o decir que todo va mal. África es un continente; en todos los continentes hay lugares donde todo va bien y lugares donde no. Basta con mirar Europa. De todas formas, nadie reprocha a los autores franceses que no aparezcan los sintecho en sus libros…

Tenemos lectores que no han ido nunca a África y que precisamente nos dan las gracias por hablar simplemente de la vida cotidiana en el continente y por mostrar que los africanos tienen los mismos problemas que ellos. Probablemente, lo único que cambia es la manera de solucionar esos problemas. Aquí se va al psicólogo, nosotros en África vamos a hablar con el vecino o viajamos al pueblo para hablar con el jefe del pueblo (risas). A mí lo que me interesa, al fin y al cabo, son los lectores. Las críticas, sólo si son constructivas.

¿Aya de Yopougon tiene más fans en Europa o en África?

Pues, al haber sido lanzada aquí, imagino que tiene más seguidores en Francia. Pero desde hace un tiempo hay más y más lectores africanos. Gallimard ha lanzado una versión de tapa blanda, algo más barata; eso ha sido un paso adelante. Ahora pienso que con la película la historia se hará aun más conocida en África.

En Costa de Marfil creo sobre todo que están “orgullosos” de la marfileña que ha sido traducida a quince lenguas y que da a conocer el país por el mundo entero. Son muy patriotas (ríe). Mi padre, por ejemplo, me llama cada vez que Aya sale en la tele.

¿Recibe cartas de los lectores? ¿Qué le dicen? 

Gallimard me hace llegar correos. A través de esas cartas he sabido que hay muchísimos franceses, nacidos en África o que han vivido allí durante un tiempo, que tienen una gran nostalgia y reviven sus días en el continente. Cuando una señora de 80 años te da las gracias, diciéndote que tus libros le han traído de vuelta bellísimos sentimientos de cuando vivía en África, por ejemplo… creo que es el piropo más bonito que te pueden hacer. A veces me cruzo con gente que se acerca a mí para abrazarme, es una locura… Me conmueve enormemente.

En realidad tenemos varios tipos de lectores. Están por un lado los africanos que me dan las gracias  y que incluso me dan ideas para los próximos libros (risas). Después tenemos a los franceses que han conocido África y a los que les encanta volver a encontrarla en los cómics. Y por último están todos aquellos que nunca viajaron al continente y que, a la vez que descubren, se sorprenden y empiezan a tener ganas de ir allí.

La gran mayoría de nuestros lectores son hispanohablantes, así que le transmito esta pregunta de su parte: ¿tendremos Aya de Yopougon, la película, en castellano?

¡Claro! Por supuesto, espero que la película de Aya pueda ser difundida en todos los idiomas en los que el cómic ha sido traducido. Además, tenemos una cultura bastante parecida. Y Aya en algún sentido es además muy cercana a las telenovelas, con diferentes personajes y situaciones que se entremezclan. Nosotros, de niños, crecimos viendo esas series porque nuestras madres eran fieles seguidoras (risas). Y es verdad que cuando he ido a España o a América Latina he tenido la sensación de estar como en casa.

¿Cuáles son sus próximos proyectos?

Con el cómic de Aya ya he pasado página. Si la película funciona bien y los telespectadores acuden a la cita, podremos plantearnos hacer una segunda parte. Con Akissi vamos por el tomo 4 y continuaremos porque, como hice muchísimas travesuras cuando era pequeña, tenemos material (risas). Ahora vamos también a hacer una serie de televisión para Akissi, para los más pequeños. Estoy adaptando Bienvenue para un largometraje. Hay otros proyectos, como el de hacer una serie de televisión en África, con actores reales. Y para terminar con cómic, tengo el proyecto de hacer uno que se llamará «El comisario Kwame«, la historia de un comisario africano.

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