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cultura africana contemporánea

El sueño de Abubakari II, El Explorador

En una época lejana, en la que algunas de las grandes naciones europeas no estaban todavía consolidadas y cuando los meriníes tenían aún influencia en España, un pacífico emperador del creciente imperio de Mali se obsesionó con la idea de explorar el océano Atlántico y descubrir lo que escondía su inmensidad infinita y poderosa.

Su nombre era Abubakari II, el último representante del linaje Kolonkan. Fue coronado en el año 1310 como Mansa absoluto del imperio de Mali. Desde su acceso al trono mostró un profundo desinterés por las guerras, las conquistas y los recitales coránicos, consolidando así la tendencia pacifista de los últimos emperadores Gao de los que descendía.

Era un hombre curioso, interesado por cuestiones metafísicas, por los equilibrios de un mundo en muchas ocasiones incomprensible, ávido de conocimientos y saberes que desvelaran los secretos de la naturaleza. Le intrigaba especialmente esa extensión interminable de agua, tan amplia como el horizonte. Esa masa elástica, inabarcable e infranqueable que se erigía como la gran barrera natural de su imperio. Quería dominarla como a un río manso, llegar a su fin y poder pisar la tierra del otro extremo, con el orgullo de un hombre que se enfrenta a los elementos y que se atreve a cuestionar creencias milenarias.

Fue en un día claro y luminoso, ante la apaciguadora vista del horizonte y la quietud del océano, que se decidió:

—¡Enviaremos una expedición capaz de cruzar el océano! —exclamó desafiante.

Su visir, Kanka Moussa, le escuchaba atónito.

—¿Qué ha dicho, alteza? —preguntó incrédulo.

—Has oído bien, Kanka. Quiero que una expedición trate de cruzar el océano hasta alcanzar la otra orilla. Es algo que podría ayudar a nuestro pueblo y a toda la Humanidad.

—Pero —repuso el visir inquieto—, no hay nada después del océano. No tiene fin.

—No pienses como el resto, Kanka —aleccionó Abubakari—. Es importante cuestionar las cosas, preguntarse qué es lo que sostiene el sol en el cielo y qué hay detrás de tanta agua salada. Quizás se esconden cantidades infinitas de oro o frutos bendecidos por Dios.

El visir frunció el ceño con semblante hermético:

—¿Cómo vamos a cruzar el océano? —preguntó mientras señalaba un grupo de pescadores que trabajaban en la lejanía—. No somos una potencia marítima. Nuestras embarcaciones son muy modestas. Sólo aguantarían unas cuantas jornadas de travesía. El océano es cruel, castiga con la fuerza de las olas y fulmina a los marineros con la ayuda de los cielos —Kanka se detuvo unos instantes para observar la expresión de su rey, y leyó en su mirada seguridad y confianza—. No deberíamos enfrentarnos al océano y al cielo. No creo que sea razonable. Es demasiado arriesgado.

—Pediremos ayuda a las potencias navales, Egipto y quizás Al Ándalus.

—No cree, alteza, que sería mejor dedicar nuestros recursos a la conquista de los territorios salvajes del sur, o consolidar nuestras posiciones en la selva y en el recodo del Níger.

Abubakari hizo una mueca de desavenencia y se alejó de su visir.

—¡Guerra, guerra, guerra! —pronunció con rabia—. ¡Como si el destino de la Humanidad se limitara a eso!


El mismo año de su coronamiento, en 1310, el monarca solicitó el asesoramiento de técnicos e ingenieros de Egipto y de otros reinos del Mediterráneo y financió la construcción de cuatrocientas naves de un tamaño y una robustez desconocidas hasta la fecha. Doscientas de ellas estarían dedicadas a las reservas de víveres, la otra mitad transportaría a marinos y soldados.

Abubakari consiguió que trabajaran en este proyecto los mejores carpinteros del imperio, forjadores y marinos de todo el mundo, osados mercaderes y alfareros, joyeros, magos expertos, adivinos talentosos, pensadores brillantes y, por supuesto, los soldados del invicto ejército mandinga. Nada debía dejarse al azar. La construcción de las cuatrocientas naves duró varias estaciones. En ese tiempo, el imperio de Mali y las costas de los territorios vecinos del oeste se transformaron en el centro industrial y tecnológico del mundo, agrupando alrededor de un proyecto desmesuradamente ambicioso a los mejores representantes de cada gremio.

Abubakari supervisaba el avance de su empresa escrupulosamente, no dudaba en acercarse a los artesanos para preguntar detalles o dar su opinión. Más que su devenir, estaba en cuestión el futuro de la Humanidad, su capacidad de afrontar retos para conocer los secretos contenidos en los elementos. La riqueza invertida no parecía importar, ya que de las minas del norte del imperio, recientemente descubiertas, se extraían grandes cantidades de oro y otros minerales valiosos que sostenían el enorme gasto.

Y por fin llegó la hora en la que el visir informó al rey maliense de la conclusión de los trabajos; el monarca no podía ocultar su satisfacción. Después de inspeccionar personalmente las cuatrocientas naves y de contemplar las maravillas realizadas por miles de trabajadores, artistas e ingenieros los felicitó y obsequió a los responsables con exuberantes alhajas y piezas de oro finamente trabajadas.

Apenas transcurrieron unas lunas y se alcanzó la fecha de la partida. Abubakari ocupó su lugar y solemnemente, ante las naves y los centenares de marinos, pronunció un discurso lleno de energía y esperanza. En sus ojos brillaba la luz de la nobleza extrema y, con grandilocuencia, les habló de historias pasadas y del destino que habrían de escribir. Les dijo con tono sincero que el pueblo estaría con ellos, aventureros intrépidos, en todo momento y que el único Dios les acompañaría allá donde fueran. «¡Somos y seremos una nación fuerte!», dijo con los puños en alto.

Pomposas mujeres ofrecieron, con sus cuerpos esbeltos y sus pechos desnudos, bailes de buenos augurios a los marinos. Gritos ancestrales se oyeron en toda la orilla y, pronto, las cuatrocientas naves se alejaron lentamente sobre las aguas mansas del océano. El ruido de los tambores marcaba rítmico la marcha de las naves, que, rumbo al horizonte, se abrían paso hacia lo desconocido, cargadas de reservas de alimentos desecados, granos, frutas conservadas en jarras de cerámica y oro para hacer negocios.

—Esperemos que todo vaya bien —expresó el visir que, a la derecha del emperador, escrutaba la partida de los barcos.

—Sí, esperemos —contestó Abubakari—. Dios esté con nosotros.

Sus miradas se perdieron en los festejos que animaban la costa y la imagen cada vez más lejana de todas las embarcaciones, floridas y rebosantes de energía, acabó desapareciendo en los confines del mar.

A Kanka lo invadía el escepticismo, que rondaba su corazón y su entendimiento desde un principio. No veía futuro en esa empresa. No pensaba que fuera posible cruzar un océano inmenso y voraz. Una barrera creada por el mismo Dios. No era factible. Presintiendo la preocupación de su ministro, Abubakari le habló:

—Kanka —le dijo—, mira estas embarcaciones. Son cuatrocientas, construidas por los mejores técnicos del mundo —se detuvo un instante y miró a su visir como si tratase de persuadirle con la magnitud de la empresa—. Ésta es una expedición perfectamente planificada. Todo ha sido minuciosamente calculado. Hemos invertido enormes riquezas —se detuvo nuevamente—. ¿No crees, Kanka, que merece la pena el esfuerzo?

Kanka Moussa miró a su rey, buscando palabras adecuadas para contestarle, pero no quería embriagarle con la incertidumbre:

—Claro que sí —repuso él—. Es una gran empresa, la mayor que hayamos visto jamás.

Más de una estación se consumió sin que nadie diera noticias de las tripulaciones ni de la exploración. Y la confianza se tornó en preocupación y ésta en desesperanza. Nadie confiaba en el éxito de la travesía y los círculos cercanos a Abubakari dudaban evocar la memoria de la empresa por temor a ofenderlo. Kanka fue el primero en observar ese desánimo creciente y quiso remediarlo con muestras de apoyo y comprensión:

—Alteza —expresó el visir—, no se aflija de esta forma —sus palabras no parecían poseer efecto alguno. Prosiguió con su diálogo—. Me duele verle sumergido en esta profunda tristeza, cuando bien sabe que ha hecho todo lo posible para lograr el éxito.

—Kanka —cortó el emperador con aire ausente y abatido—, los emperadores no se deben complacer por el hecho de intentar las cosas —Abubakari se detuvo un instante—. Lo que quieren es conseguir lo que se proponen. ¿Y sabes por qué?

Kanka no se atrevió a contestarle y se limitó a sacudir la cabeza expresando ignorancia.

—Te lo voy a decir —miró a su visir directamente a los ojos—. Nosotros hemos de conseguir lo que nos proponemos porque sabemos que, además de la historia, el pueblo nos observa y nuestra empatía con él se construye en gran parte sobre los logros conquistados —suspiró levemente y continuó—. Hemos de justificar que Dios nos acompaña en lo que hacemos, sea en la guerra, en la construcción de un templo o incluso cuando negociamos con otros pueblos. Todas nuestras acciones son escrutadas con atención y por eso han de ser exitosas. No hay más alternativas.

Kanka esbozó una tímida sonrisa y respondió con todo el valor que pudo encontrar:

—Alteza, créame que si su iniciativa hubiera llegado a fracasar, el pueblo seguiría amándole de la misma manera porque…

—¡Silencio! —se exaltó Abubakari tratando de recomponerse al instante—. ¿No entiendes que este proyecto no puede fracasar? Me he comprometido, yo, el Mansa Abubakari II, para que el imperio descubra la otra orilla del océano.

La sorpresa advino cuando, en las costas cercanas, apareció una nave solitaria y vagante en el horizonte. Los probos pescadores fueron los primeros en divisarla y con su anuncio, la noticia llegó rápidamente hasta el palacio de Abubakari II. No cabía duda, se trataba de uno de los marinos que habían partido con la expedición para cruzar el mar.

El emperador salió presto de su palacio para encontrarse con la tripulación, que había sido reducida a un solo hombre, al ver su precario estado se ocupó de que tuviera los mejores cuidados. Escuálido y deshidratado, fue llevado junto con los galenos que lo atendieron hasta que pudo abrir los ojos y preguntar desorientado, dónde se encontraba.

Informado de la mejora del superviviente, Abubakari acudió a interrogarle.

—Hola, respetable marino —dijo el emperador al entrar en el cuarto del navegante—. ¿Cómo te encuentras?

El marino se estremeció al ver la figura de Abubakari. El miedo en sus ojos era notable.

—Tranquilo —añadió el emperador—. Cuando puedas hablar para decirme todo lo que has visto, te escucharé con atención. De momento, repósate.

Paulatinamente fue recuperando la calma y sus pulmones se serenaron.

—Me alegro que hayas vuelto con vida —explicó el emperador—. Estuve preocupado y muchas veces le recé a Dios para que se apiadara de mí y me diera una señal. Tú eres esa señal y ten por seguro que serás tratado con respeto.

El marino se relajó. Entendió que el hecho de haber vuelto solo, sin la compañía de marinos y guerreros, no iba a ser un motivo de castigo. Movió los labios lánguidamente y habló:

—Navegamos durante largo tiempo y llegamos al límite del océano —el recuerdo de los hechos le angustiaba todavía—. Era como un río en medio del océano y sin aviso alguno se alzó una tempestad gigantesca, caída del cielo. Parecía el fin del mundo —el marino se paró. Los recuerdos le impedían progresar y tensaban dolorosamente sus músculos—. Entonces, el mar empezó a engullir las embarcaciones, una a una, y los gritos de impotencia también acabaron ahogados en el mar. Yo, por suerte, me encontraba detrás de todos ellos, lejos de la nave capitana, y tuve tiempo de navegar en dirección opuesta. Remé durante mucho tiempo, hasta caer rendido. A partir de ahí, conté catorce lunas, el resto de la historia ya lo conoce, aquí me encuentro. Gracias a Dios.

Con un rostro ensimismado y perplejo, el emperador se acercó al enfermo. Sus pasos eran lentos y meditabundos.

—¿Qué crees haber visto? —preguntó el emperador queriendo centrarse en el momento más tenso del relato—. ¿Qué fue ese río que viste en el mar?

El marino tardó en contestar. Parecía estar visualizando las imágenes una y otra vez.

—Era el fin de todo.

Abubakari II se dio la vuelta repentinamente con un gesto furioso.

—¡Mientes! —clamó el emperador—. ¡No viste el fin de todo! ¡No viste nada! ¡Los simples mortales no pueden ver el fin del mundo! ¡No pueden! —Abubakari miró una última vez al marino—. Lo único que viste fue una tormenta. Nada más —el hombre quiso apagar su furia, pero no pudo—. Al igual que los ríos tienen dos orillas, este mar inmenso también las tiene. Esa es la ley de la Naturaleza: Todo tiene dos pilares. Todo tiene una entrada y una salida. Todo tiene un principio y un fin. Todos los niños tienen un padre y una madre. Nada de por sí es infinito, independiente e inaccesible, en esta Tierra, salvo Dios. Nada.

El emperador desapareció sin despedirse y se recluyó en su palacio, en el que se encerró durante varios días y noches, meditando y procurando digerir su pesadumbre. El heroico relato del marino fue, para él, un amargo relato de impotencia y una derrota personal. ¿Cómo puede el fin del mundo limitarse a un río dentro del mar y a un enorme torbellino? ¿Acaso no era este marino un desertor amante de la buena vida? Los sueños y las pesadillas de un mundo desconocido en el que podrían hallarse sus hombres imposibilitaban su descanso.

Un día, al despertar, Abubakari exigió a su servicio que llamaran al visir, Kanka, y lo trajeran urgentemente porque tenía algo muy importante que decirle. Kanka Moussa se personó una hora más tarde en el palacio del emperador, con mirada inquieta, y Abubakari le recibió con la excitación de quien ha de anunciar algo enormemente importante.

—¿Ha solicitado que me presente en su palacio? —preguntó Kanka después de un gesto de reverencia.

—Siéntate —dijo el emperador tratando de calmar su ardor y buscando las palabras adecuadas para su anuncio.

Kanka asintió con la cabeza, se sentó y permaneció expectante, mirando detenidamente a su alteza como si le estuviera reclamando una explicación. Después de un momento de tenso suspenso, el emperador habló:

—Quiero preparar una segunda expedición para cruzar el océano. —¡¿Una segunda expedición?! —dijo el visir.

—Sí, una segunda expedición.

—Pero, ¿cómo? —inquirió Kanka—. Ya hemos visto que no hay ni la más mínima esperanza de encontrar algo. No se puede luchar contra los elementos. No se puede luchar contra Dios.

—Te equivocas —tajó el emperador.

—¿No escuchó al marino?

—¡Miente!

—¿Por qué va a mentir? —preguntó Kanka con un profundo desasosiego—. Ese hombre ha vuelto de una expedición imposible. Medio muerto, deshidratado y abrasado por el sol. Qué razón tiene para mentir.

—Es un desertor —explicó Abubakari—. Ha dejado que sus hermanos desaparezcan sin luchar, sin intentar pasar al otro lado de ese supuesto río. No puedo fiarme de lo que dice. ¿Y si los demás han llegado al otro lado del océano? ¿Qué tal que estemos aquí pensando que no hay nada que hacer y que los nuestros estén del otro lado del mar?

El visir se enmudeció, bajó la mirada y se resignó a aceptar el anuncio de su emperador.

—¿Qué piensa hacer, señor? —expresó de forma sumisa y respetuosa, aunque le resultaba difícil ocultar su total discrepancia con el emperador.

—Voy a enviar una nueva expedición, una más ambiciosa todavía —expresó enfáticamente el emperador viendo el asentimiento forzado de su visir—. Pienso en una expedición de más de dos mil embarcaciones, mejor construidas, más resistentes y con mejores armas. Interrogaremos al desertor para mejorarlo todo —se detuvo ante la muestra de sorpresa del visir, esbozó una sonrisa de orgullo y prosiguió con su anuncio—. Es más, yo, Abubakari II, Mansa del Imperio de Mali, embarcaré en una de las naves y demostraré al mundo que se puede cruzar el océano…

—¡¿Qué dice?! —dijo el visir desorientado—. ¿Piensa irse con la próxima expedición? ¿Cómo si fuera un simple tripulante? ¿Qué ocurrirá con el gobierno? Su vida es muy importante, señor.

—Sí, Kanka —respondió Abubakari templadamente—. Pero esta es la misión de mi vida: descubrir lo que se esconde detrás de este inmenso océano.

El silencio invadió la estancia. El visir trataba de digerir la noticia que implicaba muchos cambios e infinitos problemas para el imperio y, cuando entendió la magnitud del anuncio, entonces, reaccionó.

—Pero, señor —clamó con voz inquieta— ¿Acaso ha pensado en cómo se gestionarán las cosas en su ausencia? ¿Y qué pasará con nosotros, el mayor imperio del oeste africano, el imperio más próspero de los últimos tiempos? La muerte en una travesía de este tipo siempre es más probable que el éxito.

El emperador escuchó atenta y silenciosamente las palabras de su súbdito, aprobó cada una de sus preguntas con un gesto de cabeza y expuso su plan.

—Escucha —dijo afectuosamente, como si los momentos de crispación hubieran sido completamente borrados. Se acercó al interlocutor y tomó su brazo para enfatizar la confianza de sus palabras—. Tú, Kanka Moussa, serás el regente del imperio de Mali en mi ausencia. Has demostrado ser la persona más capacitada para esto, la más responsable y la más comprometida. Eres un hombre brillante, fuerte y enérgico, inteligente y luchador. Un guerrero experimentado y respetado —Abubakari resolló levemente y ahora colocó su mano sobre el hombro de su súbdito—. Tú mejor que nadie podrías asegurar un gobierno justo y un futuro próspero a nuestra nación si mi ausencia así lo exigiera.

El visir miró al suelo con la resignación del que conoce su destino y nada puede hacer contra él. La nueva le parecía demasiado grande, demasiado descabellada como para ser cierta.

Más de tres estaciones se consumieron con rapidez y, antes de finalizar el año 1311, los mejores técnicos de El Cairo y otras potencias marítimas bañadas por el Mediterráneo dieron de nuevo forma al sueño del emperador. Una celebración única, la mayor que jamás había sido vista, fue preparada para felicitar a constructores, artistas, artesanos y para despedir al emperador. Manjares traídos desde los más remotos confines del imperio hicieron disfrutar a los afortunados participantes. Otra vez, las más bellas bailarinas del continente danzaron al son de viejas melodías interpretadas por grandes músicos y mejores vates. Sus cuerpos, ondeantes, firmes y sensuales, se agitaron en señal de buen augurio. Cuatro mil excelentes naves esperaban en los puertos. Todas ellas bien equipadas con remos y velas, todas ellas repletas de víveres y agua, de oro y de armas.

Y llegó el momento de la partida, y las canciones se apagaron como una pavesa incandescente. Los marineros, los guerreros, los cartógrafos, los estudiosos del mundo y, finalmente, Abubakari, subieron a las naves. El emperador se alzó sobre su embarcación, miró hacia la muchedumbre y dirigió un gesto de confianza y de seguridad al ahora regente. En su mirada se leía la motivación y la resolución del guerrero. Ésta era, sin duda, la mayor batalla de su vida. Kanka, todavía en la orilla, ordenó que todo el mundo clamara su amor y reconocimiento a Abubakari. Gritos eufóricos se oyeron en el mar, después, vio como el emperador giraba rumbo al horizonte. Ese horizonte infinito y quieto que tantas veces habían contemplado juntos. El eterno objetivo de Abubakari. El misterio impenetrable de las aguas oceánicas.

Las cuatro mil embarcaciones tardaron mucho en desaparecer y los ojos de Kanka se concentraron en la silueta del emperador que, poco a poco, fue desapareciendo en la oscuridad. Cuando por fin se desvanecieron todas las naves, el reino enmudeció. Una extraña mezcla de esperanza e incertidumbre se apoderó de los testigos. Quizás ya estuviera escrito, quizás algún día celebrarían su vuelta triunfal o, por el contrario, quizás se despedía de su monarca hasta el final de los tiempos.

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Johari Gautier Carmona

(extraído del libro “Cuentos históricos del pueblo africano”, Ed. Almuzara, 2010)

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