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Kirina, una ópera africana de Serge-Aimé Coulibaly

Alejandro de los Santos 6 febrero, 2019

Kirina de Serge-Aimé Coulibaly y Rokia Traoré está siendo una de las producciones artísticas africanas más aclamadas del año. Presentada en varios festivales internacionales, Kirina abrió la última edición del prestigioso Festival Roma-Europa.

Kirina, una ópera africana. Ese es el lema que se leía en las vallas publicitarias que el Festival Roma-Europa había instalado en las calles de Roma para anunciar el espectáculo de inauguración de la cita de artes escénicas más esperada del año en la capital italiana. Serge-Aimé Coulibaly y Rokia Traoré, son los dos nombres destacados que aparecen en la imagen. El primero, uno de los coreógrafos africanos más aplaudidos del momento. La segunda, no necesita presentación. Y es el principal reclamo del espectáculo, al menos para el público general, más que una imagen de tres bailarines africanos en escena, más que el subtítulo que le dio el festival. Aunque si entrábamos en la web del festival, podíamos leer nada menos que el nombre del filósofo y economista senegalés Felwine Sarr en la concepción del espectáculo. Todo ello más un cuerpo de baile de diez bailarines, dos cantantes, cinco músicos y cerca de cuarenta figurantes componen un espectáculo que se estrenaba en el Teatro Argentina de Roma. Una producción faraónica del Faso Danse Théâtre y del Ruhrtriennale de Alemania. La creación de danza contemporánea procedente de África más celebrada y comentada del año.

En cuanto se abre el telón de terciopelo rojo, nos sorprende el número de personas que se mueven sobre las tablas del escenario. Como si de la escena del brindis de la Traviata de Verdi se tratara, vemos corretear de un lado al otro a los bailarines, a unas cantantes que por momentos también participan en las coreografías. Y una fila interminable de figurantes que transitan sin cesar de un lado para otro en la parte del fondo. Una marcha eterna que en palabras del propio Serge-Aimé Coulibaly se inspira en las caminatas heroicas de los refugiados sirios e iraquíes. E incluso en la historia de la humanidad, pues “siempre hay un pueblo en marcha en cualquier parte del mundo”. Y no se trata de una huida cobarde, sino de una búsqueda progresiva de un lugar donde existir. Un lugar que enriquecer con lo que cada ser del planeta puede aportar. En todo caso, los cuarenta figurantes evolucionan, terminan su recorrido y poco a poco se integran en el escenario, al hilo del compás marcado por los músicos y los bailarines. 

Naba Aminata Traoré  y Marie Virginie Dembelé, encarnando las voces en Kirina

Rokia Traoré, omnipresente

Entre los cerca de sesenta artistas participantes en la obra, la gran protagonista de Kirina es sin duda Rokia Traoré, encargada de dirigir y componer la música. Y de forma indiscutiblemente meritoria, pues la cantante maliense ni siquiera está de cuerpo presente en el espectáculo. Pero su voz, aunque no fuera la suya, parece tronar en nuestros oídos y en la madera con la que Gerolamo Theodoli erigió en 1732 este teatro con forma de herradura. Desde el palco, a falta de monóculo, más de uno nos frotamos los ojos, aguzamos la mirada de todas las formas posibles, para distinguir si alguna de las dos cantantes eran realmente Rokia. No lo era. Pero tampoco nos importó, porque tanto Naba Aminata Traoré como Marie Virginie Dembelé parecen haberle pedido prestadas las cuerdas vocales, puesto que tras la sombra de tal impresión hay una impecable dirección artística. En esta revista no somos mucho de idolatrar a los incuestionables. Ya confesamos hace unos años nuestra opinión sobre la deriva musical de Rokia Traoré hacia estilos más de usar y tirar. Pero en Kirina volvemos a encontrarnos con la sutileza de sus cuatro primeros impecables trabajos de estudio. 

En busca de una utopía africana

El propósito de Serge-Aimé Coulibaly de reivindicar la participación de África en la historia del mundo, en la de Europa y en la suya propia, es más que loable. Y más aún en una sociedad como la actual en la cual la verdad se distancia cada vez más de lo enunciado por Aristóteles “decir de lo que es que es y de los que no es no es, es lo verdadero”. Tiempos en los que la repetición de ficciones diseñadas por agencias de comunicación pueden coronar de la noche a la mañana a un megalómano como presidente de Estados Unidos. O llegar a endiosar a un racista en las elecciones del segundo país del mundo con mayor población de origen africana. Durante los últimos siglos Europa ha definido y redefinido a los africanos, sin necesidad de ninguna agencia de comunicación, pero sí de la filosofía, de la literatura o del mundo del espectáculo. Más recientemente, las organizaciones cooperación internacional se han ocupado de gritar al mundo y a los propios africanos que son pobres, subdesarrollados, incapaces, dependientes, atemporales, inferiores. Los jóvenes sienten clavado ese estigma desde su nacimiento.

¿Y de esta forma quién convence a las nuevas generaciones africanas para que luchen por un futuro común más digno? Serge-Aimé Coulibaly recurre a la obra Afrotopíade Felwine Sarr, en la que aboga una mirada volcada sobre sí mismos basada en los valores milenarios de las culturas africanas que hicieron del continente un territorio rico en sabiduría. Una reflexión sobre la deriva de la autoestima de un continente despoblado y lacerado por los varios siglos de esclavitud y colonización. Estas y otras cuestiones las proyecta el coreógrafo en una pantalla, de la que sentimos decir que desluce bastante la puesta en escena, por no encajar del todo en la propuesta y por no aportar prácticamente nada a la narración. 

Kirina de Serge Aimé-Coulibaly y Rokia Traoré. Fotografía de Piero Tauro

Y dejamos la danza para el final de forma premeditada. No por desinterés. Todo lo contrario. Ese día muchos nos acercamos al Teatro Argentina con ganas de danza. El resto, sinceramente, nos daba más igual. El horario de la representación de Kirina coincidía casi con la presentación de la traducción al italiano de la obra Afrotopía de Felwine Sarr en la Librería Griot de Trastevere. Y al haber que elegir nos decantamos por la danza. Y en realidad, la hubo. Aunque de entrada vimos que en el folleto que se nos entregaba a la entrada del teatro apenas se explicaba nada sobre el trabajo coreográfico.

Y hubo momentos brillantes, sobre todo los propiciados por Ahmed Soura y Antonia Naouele, que estuvieron fabulosos en toda la obra.  Especialmente cuando tenían espacio para ellos solos, donde se salían de las repetidas coreografías grupales, que acabaron limitando las posibilidades del propio espectáculo. Este fue sin duda el punto más débil de la obra. Ante semejante elenco de bailarines, tal vez hubiera sido más enriquecedor darles rienda suelta y ver lo que tiene que aportar cada uno de ellos. Y momento más bello de la noche, el extraordinario solo del bailarín Sayouba Sigué al final de la obra entre todos los cuerpos y trapos tendidos en el suelo. Un destello de esperanza de un mundo que se desmorona por los cuatro costados. Un ápice de luz para un continente que clama al cielo una era de renacimiento. 

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