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Djaimilia Pereira de Almeida: «No solo es la raza o el género, queremos participar en la gran conversación de la literatura»

Djamila Pereira de Almeida

*Autora invitada: Isabel Lucas

El nombre de Djaimilia Pereira de Almeida apareció en la literatura hace unos años cuando publicó Esse Cabelo, ficción autobiográfica, clasificada en un subgénero que recibió el nombre de autoficción. Es una especie de novela-ensayo que despertó la atención de los lectores y de la crítica para la que parecía ser una voz innovadora de una generación que hablaba de raza, identidad, género, cuestionado clichés asociados a la condiciones de la negritud o de lo que es vivir en un mundo de extrañeza, ya sea en el lugar de donde nació, Angola, como en el que creció y vive, Portugal. Djaimilia fue entonces comparada a otras escritoras femeninas que surgieron en Estados Unidos, Inglaterra, en países de África como Nigeria o Etiopía; mujeres que escriben desafianado lo que se espera de ellas. 

A los 36 años, regresa, confirmando que ese libro no fue el acto solitario de una obra por construir, sino que ahora asume, de distancia de ese yo narrativo inicial y autobiográfico, para acercarse a la creación más pura. Está descubriendo lo que eso significa. Luanda, Lisboa Paraíso es un paso en esa dirección. Como telón de fondo hay una guerra, pobreza, los retornados de la guerra, los que se quedaron, los que sobreviven en territorio extraño, la enfermedad, la exclusión… Pero hay, entre todo lo anterior, dos hombres como protagonistas, un padre y un hijo, y la memoria de cada uno; un pasado que se quiere olvidar, alguien que decide que ya no será angoleño. Es una construcción de identidades condicionada por un presente que nunca se compadece de esa memoria, que no la respeta. En el nuevo libro de Djaimilia Pereira de Almeida se olvida para sobrevivir. La escritora acaba también de ganar una beca de creación literaria. 

Esse Cabelo fue un libro muy bien considerado y la consagró como autora que abordaba cuestiones como raza, feminismo, identidad, a partir de una escritura autobiográfica. ¿Cómo se ve en cuanto al modo en que la situaron en la literatura?

No se puede controlar la manera en que se es recibido ni lo que los lectores hagan con lo que escribimos. Así que lidio con todas esas categorías, titulares sobre lecturas, lo que sea que fuere, con enorme curiosidad y también con alguna sorpresa. Lo que no ha ocurrido hasta ahora es que en ningún momento he sentido que no me estuvieran haciendo justicia. Tal vez no utilizaría todas esas categorías para describir lo que hice, pero la recibo con gran serenidad. 

Imaginemos que le dieran a elegir entre las categorías que le asignaron para que la identificasen.

Preferiría no elegir. Hay muchos aspectos de la historia de la literatura portuguesa que son importantes para mí. Es la tradición que conozco mejor y la que está en mi cabeza cuando estoy escribiendo. La literatura portuguesa, la lengua portuguesa. Pero la literatura portuguesa es algo muy vasto y todos esos titulares son lecturas a posteriori.  Además, los libros surgen en un cierto momento y la recepción tiene que ser percibida según los momentos históricos que estamos viviendo. Esse Cabelo apareció en un momento muy particular en que tenía sentido ser abrazado por una serie de causas. 

Llegó en un tiempo que lo recibió bien.
Exactamente. 

En esa amplitud histórica y geográfica de la literatura portuguesa hay espacios y temas que están, sin embargo, menos explorados, que son periféricos. Su escritura trata de esa experiencia.

Sí, me reconozco en esa descripción de que el género de historias que he estado contando hasta ahora es sobre la historia periférica, pero no me siento periférica con respecto a la lengua portuguesa en general, sobre todo como lectora. Es cierto que mi recorrido de vida es muy parecido al de personas que vinieron de África; algunas incluso nacieron aquí; pertenezco a ese conjunto de personas. Pero tuve un acceso privilegiado a la tradición literaria que muchas de esas personas no tienen.

Es natural que cuando empiezo a contar historias, vengan de un lugar de donde hasta ahora hayan llegado pocas historias, pero nunca es algo premeditado. Y tampoco sé si voy a continuar haciendo siempre lo mismo, porque me interesa también explorar el atrevimiento de que una persona que venga de una posición más periférica pueda contar relatos que no se ciñan a la periferia. Es colocar en la conversación a personas que tal vez ni siquiera llegarían a leer en los libros. Me interesa también, sin embargo, hablar de otras cosas desde un punto de vista menos periférico. Hace tres años, cuando hablamos, ya decía esto, que es necesario que empecemos a oír historias de personas de varias periferias.

Tengo mucha curiosidad por muchas historias. No solo por las de los afrodescendientes, sino por las de otras comunidades que viven en Portugal. Por ejemplo, estoy deseando que empecemos a escuchar historias de los asiáticos que viven en Portugal, o de las comunidades indias. No encaro todo esto como si de repente tuviésemos que acceder a todas esas identidades, sino que todos podamos participar en una conversación, que es una conversación muy antigua, a la que se le llama lengua portuguesa. 

¿De qué nombres, de esa tradición, se siente más cercana y hacen que tenga ese sentido de la pertenencia?

No me restrinjo a la literatura portuguesa, porque pude leer muchas otras cosas. Además los autores que más suelo retomar son sobre todo franceses. Pero de la literatura portuguesa me interesan muchas cosas que van desde Sá de Miranda hasta… no sé por dónde empezar (ríe), pero Raul Brandão, Fernando Pessoa, muchos poetas. A los 18 años, cuando empecé a pensar en lo que me gustaría escribir, hacer, cuando empecé que me gustaría escribir, hacer eso mi vida, leía a Manuel Gusmão. Soy una apasionada de los libros más que de los autores; por lo tanto, más que decir autores, conozco los libros que me marcaran. El libro de Manuel Gusmão se llama Teatros do Tempo [Caminho, 2001] y fue muy importante para mí. Durante cierto momento Álvaro de Campos. En otra fase, aún muy joven, Os Pescadores de Raul Brandão, fue muy importante para un cierto periodo y me acompañó a lo largo de muchos años. En este momento presente de mi vida, sigue siempre muy importante para lo que voy a hacer a continuación. 

Hace poco decía que ya no se acuerda del contenido de su nuevo libro. Acaba de salir. ¿Cómo se borra la memoria de esa forma?

No lo sé. Pero después de que el libro estuviera listo y publicado, normalmente no lo vuelvo a leer. Me cuesta bastante, me voy olvidando. En el momento en que el libro está listo me sé todo de memoria. Después lo cierro y me olvido. Leyendo ahora Esse Cabelo es toda una sorpresa ver que está ahí porque ya me olvidé. 

¿Volvió a ese libro? 
No. Pero cuando voy, cuando toca volver por cualquier razón, ya no me acuerdo de nada. Se borró. 

¿Es un mecanismo de defensa, miedo de enfrentarte al texto?

No. Creo que es necesario vaciar el espacio para ocuparlo con otras cosas. Cuando publico un libro siempre estoy nerviosa y enseguida empiezo a pensar en otras cosas. 

¿Ya ha empezado? 

Sí. Cuando más ansiosa me siento, escribir me ayuda mucho. En los momentos de mayor tensión me pongo a escribir. Normalmente, me pongo a escribir otra cosa y voy olvidando lo que quedó atrás. 

Este nuevo libro aporta un gran oralidad a la escritura, una oralidad casi antigua. ¿Está de acuerdo?

 Nunca había pensando en eso. Pero sí, no hice ninguna investigación. Quizá son coas que no sabía y emergen a medida que voy escribiendo, aparecen naturalmente; modos de hablar, pronuncias… Están en un subterráneo cualquiera y la imaginación abre una caja. Esta semana estuve pensnado en esto, cómo es esto de escribir un libro. Ahora que estoy dedicada a un texto que ocurre en otro período, en otro siglo, y estaba pensando que es como agarrar un plato de cristal o una jarra de vidrio, tirarlo al suelo y partirlo en mil pedazos. El momento de la escritura es como si muchos, muchos de esos pedazos de vidrio venidos de muchos lugares se constituyesen en un mosaico reconocible. Hay cosas que no sabía que sé, o que ya no me acuerdo que sabía, que las viví. Puede ser una mirada vista en no sé dónde, el aspecto de una casa que vi en algún lugar. Son pedazos que después toman forma…

¿Y sentido?

Sí.

Ha escrito un libro-ensayo, donde hay un yo asumidamente autobiográfico, y pasa a una novela con algunas cosas autobiográfica. Los dos se sitúan más o menos en la misma época, en comunidades más o menos semejantes, donde sale del yo ficcional. ¿Cómo ocurrió?

Sí. Lo que pasó entre un libro y otro fue que percibí que lo conseguía hacer. No escribí Esse Cabelo en tercera persona porque creo que aún no sabía cómo se hacía. Pasé tres años intentando percibir cómo se hacía porque sólo me interesaba hacer eso. 

¿Salir del yo?

Sí. Completamente. Ahora cada vez  me interesa menos y ya no tengo ningún interés en escribir desde el punto de vista del yo. Me interesa alejarme de mi propio punto de vista y plegarme hacia fuera, hacia el punto de vista de los demás y acercarme a otras figuras que no son yo. Yo y mi particularidad han dejado de interesarme. Lo que me interesa es pensar en cómo se cuenta un historia, cómo se hace un libro y, de proyecto en proyecto, trabajar esto. Es como si fuese un vector que antes apuntaba hacia mí y ahora pasa a apuntar en dirección contraria, en el sentido del mundo que hay ahí fuera. 

Hace poco Zadie Smith contaba la dificultad de realizar el recorrido inverso, dejar la tercera persona y escribir en la primera, algo que solo aconteció en su último libro. 

Sí, me acuerdo de entrevistas antiguas de Zadie Smith en que decía que encontraba fútil escribir en primera persona. Para mí fue lo contrario, porque me gustaba escribir libros como los que me gusta leer y el tipo de historia que me gusta leer es de aventureros y marineros. 

Que resultan de la imaginación.

Sí. Hombres en alto mar, piratas. Hay un sentido de aventura que el punto de vista de la primera persona, la centrarse en nuestras propias angustias, no permite mucho. Sobre todo, me interesa contar historias y me interesa contarlas desde el punto de vista del número más variado de personas que yo aún desconozco. 

¿Cómo fue ese aprendizaje, por ejemplo, de construir personajes? 

A base de muchos intentos; intento y error. El libro no es muy largo, pero hubo mucho desperdicio… Para mí nunca es ningún desperdicio porque en todo ese camino no desecho nada, siempre voy a buscar otras cosas, acaba siempre por ser útil, tal y como se usan las sobras de la costura para hacer otras cosas. Pero hubo mucho, mucho material sobrante. Especialmente porque en este caso también intenté buscar una forma clara, más clara; frases más claras; buscar un cierto ritmo, un modo menos reflexivo de expresión. 

¿Alejarte más del ensayo?

Exactamente. Es intentar encontrar la forma adecuada de contar la naturaleza de las vidas de las que estaba hablando. Me interesaba más una escritura más terrenal. Quizá eso haya sido más difícil que la mera construcción de los personajes. Quizá lo más difícil haya sido es proceso de desaprendizaje necesario para expresarme de forma sencilla. En mi cabeza el libro siempre tuvo el aspecto de un equilibrio y, a partir de un cierto punto, escribí como si les estuviese contando a los personajes sus vidas, como si me preguntase: “¿Y entonces, cómo fueron nuestras vidas? Me interesaba contárselo de forma que ellos lo logran entender. Fue muy difícil porque tenía toda una serie de vicios y tics. 

¿Académicos?

Académicos y no solo, pero de los que tenía que distanciarme. Es necesaria mucha paciencia para eso – paciencia conmigo misma – para llegar ahí. 

El territorio de Luanda, Lisboa, Paraíso, sin embargo, es familiar. No fue para nada universo imaginario.

Aún no. Hasta un cierto mucho este es un mundo que conozco, pero también solo hasta cierto punto. No hubo un gran proceso de investigación. Sí que recogí muchos objetos y los personajes fueron construidos según esos objetos. 

Como la historia de una maleta encontrada en un mercado de antigüedades.  

Sí, allí está [apuntar hacia el otro lado de la casa]. Son objetos que encuentro en los mercados de antigüedades. Voy todos los domingos a esos mercados. Llevo muy poco dinero y voy buscando ese tipo de cosas. 

¿Qué le interesa en esa búsqueda? ¿Las historias? 

Sí, historias, pero sobre todo me gustan las antigüedades, pero no son cosas valiosas. Colecciono algunas cosas y eso es lo que más estimula mi imaginación. Empiezo a pensar: aquí hay un vaso, de quién fue ese vaso. Me da muchas ideas. Lo hago desde hace muchos años y nunca pensé en historias a partir de ahí. Fue sucediendo naturalmente. En un cierto momento me di cuenta de que estaba comprando objetos sin nexo entre ellos, cosas que no necesitaba para nada, auténtica basura, chatarra, y después empecé a mirar todo lo que tenía y pensaba: todo esto podría ser de una misma persona, podrían ser objetos de alguien en concreto. Era como una especie de ajuar de una persona que no conocía. 

Y empezó a atribuirle un dueño a ese ajuar. 

Exactamente. Eran artículos de hombre. Un cinturón, unas gafas de sol… Así fueron naciendo mis personajes. Después empecé a dibujar, unos dibujos sin interés, unos hombres; al principio fue todo así. Después les asigné un nombre y fueron naciendo. También tenía muchas imágenes. Fotografías importantes de la historia de la fotografía, que también me dan muchas ideas; ver libros de fotografía me ayudan mucho, a percibir matices, principios de personajes y principios de historias. Todo eso, sumado a las lecturas del momento, me ayudaron a concluir este libro.

Un libro en el que, como dijo, los protagonistas son hombres…

Fue totalmente espontáneo. No surgieron mujeres y , no sé por qué, pero últimamente cuando escribo, escribo sobre hombres y no al contrario…

¿Cómo planteó la estructura de este libro que se divide en dos partes? 

Esa división fue muy tardía. Quería ser capaz de escribir un libro que, desde la primera hasta la última línea, no tuviese capítulos, interrupciones, que fuera un texto continuo. Le doy mucha importancia a la disposición del texto, pero como no lo he conseguido aún, lo divido en capítulos. 

El libro salió hace relativamente poco, las reacciones aún están empezando a salir. ¿Cómo gestionas este momento?

Esta vez, como no hubo presentación oficial, estoy menos nerviosa. 

¿Fue decisión suya?

Sí. 

¿Por qué?

Nunca voy a las presentaciones de libros[se ríe]. No es mucho mi estilo, y como podía no hacerlo, decidí que mejor no. Al mismo tiempo fue un poco extraño. No hubo que concertar citas, de un día para otro el libro estaba en las librerías; todavía no lo he visto en ninguna librería, no voy a comprobarlo. 

¿Lee las críticas?

Sí, algunas sí. Pero tampoco las leo integralmente. No me interesa. Lo que siento es que lo que yo tenía que haber hecho ya lo hice. 

Pero le interesa que le lean.

Sí me interesa. Si hubiera habido una presentación tal vez me habría sentido nerviosa. Pero ahora estoy feliz porque lo terminé. Mi manera de lidiar con esta fase es ponerme a escribir. Es un periodo muy productivo a nivel literario para mí. Es una especie de abrigo con el que me visto. Soy lectora de algunas de esas personas y creo que su contribución es muy importante. Pero cuando se habla de escritores con un recorrido como el mío, en ocasiones ya deja de hablarse de literatura. Se pasa a hablar del lado social, político… Creo que es importante que nunca perdamos el punto de vista del aspecto literario. La contribución social y política es tan fuerte y perenne como ; la conversación: esa conversación antigua, la conversación de lo que se expresa en los libros. Me interesa participar en esa conversación. La contribución de todas esas personas es cuanto más subversivo que la inscripción en esa conversación y continuar más allá del momento en que las discusiones fuera de la literatura estaban ocurriendo. Los libros preservan el sentido de la discusión y mantienen entre sí una discusión propia que nos sobrepasa, que se prolonga más allá de nosotros y del momento que estamos viviendo.

No se siente representante de tipo de literatura concreta. 

No. Quizá sienta una gran responsabilidad. Pero es antes que nada, una gran responsabilidad en relación al propio trabajo lo que estoy haciendo y de respeto hacia los personajes de las cuales estoy hablando. Rindo cuentas a los personajes. Pero no me siento representante de ninguna literatura. Siento que estoy contribuyendo a una conversación, que es también una conversación política, social, etc. Pero cuando escribo no pienso en esto. Entiendo cómo se hace lo que me gustaría saber hacer. Y preservo un cierto disfrute haciendo esto. Escribir es la actividad que más me satisface. Es algo asociado a la felicidad. Si encima los libros sirven para que se cree debate, se llame la atención sobre ciertas cosas, si se leen para el beneficio de las personas, más feliz me quedo. Pero no es algo premeditado, porque si solo me concentrara en esto, me aterra que los libros acaben siendo malos. 

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* Esta entrevista fue publicada en el periódico Público y en Buala. Para leer el texto original en portugués, clic aquí.

*Traducción: Alejandro de los Santos.

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