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La historia de un homosexual en el África más india

Invitado 22 mayo, 2018

Ali ha recorrido un largo camino desde su Kenia natal hasta la hostil ciudad de Los Ángeles. Su vida se divide entre su amor por el curry de su madre y su devoción por la música de las películas filmi interpretada por la gran Lata Mangeshkar y sus deseos de pertenecer a una sociedad que no repara en su presencia. Ali es un ser avergonzado. Le avergüenza la actitud de servilismo que identifica con el pasado colonial de su país y sin embargo es incapaz de escapar de ella en cada una de sus relaciones amorosas. En todas ellas se pone a disposición de su pareja, encontrando siempre un motivo que justifique su actitud de sumisión. Su herencia familiar, el pasado de su país y el hecho de no ser capaz de alejarse de su condición de inmigrante, determinan las relaciones personales de Ali, así como su profundo sentimiento de soledad y no pertenencia.

La técnica con la que Ghalib Shiraz Dhalla construye la novela, llena de flashbacks y pequeños episodios aparentemente irrelevantes, va tejiendo una historia que se debate entre el más crudo realismo y fragmentos de naturaleza cuasi onírica. La crudeza que caracteriza la vida de Ali en Los Ángeles contrasta con aquellos otros momentos vividos en Kenia, en los que la nostalgia se entremezcla con las ansias de libertad del protagonista. Narrador claramente no fiable, Ali jamás encuentra aquello que había ido a buscar y jamás consigue liberarse de aquello de lo que estaba escapando.

Oda a Lata representa la multiculturalidad de África. Ali es un joven keniata de origen indio, musulmán y gay, que vive en la diáspora. A menudo encuentro que algunas realidades africanas están infrarrepresentadas en la literatura publicada en castellano. Darles un espacio de difusión es el objetivo con el que nació Baphala y esta obra representa a la perfección aquello que buscábamos. Las literaturas de la diáspora y queer, sin las cuales la realidad de la tradición literaria africana aparece desdibujada e incompleta, son la más poderosa muestra de la situación del África contemporánea.

No olvidemos que Baphala es, ante todo, una editorial especializada en literatura LGTBI+. Es por todo esto que el erotismo que destilan las páginas de Oda a Lata, la convierten en obra clave de nuestro catálogo. La representación que Ghalib Shiraz Dhalla hace de sus personajes, seres activamente sexuales, está llena de compasión y realismo, por lo que ofrece una visión del África queer que por desgracia todavía escasea.

Ahora Baphala Ediciones, en colaboración con Afribuku y Literafricas, ofrece en exclusiva los dos primeros capítulos de esta obra pionera por ser la primera escrita por un autor africano retratando la experiencia de ser gay y surasiático en África.

Mariana Jorge Lozano

Editora Baphala Ediciones

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ODA A LATA

CAPÍTULO 1

LA SERPIENTE

Solo existen dos cosas en la vida por las que merece la pena vivir: la pasión y la verdad. La pasión acudió a mí en abundancia, pero la verdad parece eludirme todavía.

Estoy bajando la serpiente de Los Ángeles, esta criatura sobre cuya curvatura nuestras vidas han sido sin querer atrapadas, avanzando arduamente a veinte millas por hora en un mar de coches. Son las 7:59 y me temo que me voy a perder la primera parte de Melrose Place. Eso es todo lo que me preocupa en este momento. Que mi familia auxiliar de zorras, hombres infieles y un simbólico gay sigan adelante y me priven de los placeres indirectos de sus vidas, dejándome aprisionado en la mía.

La noche anterior había sido la búsqueda de la cama de otro extraño en la que despertar; la mañana, el inicio mecánico de otro día sin sentido y de mi apetito insaciable por Richard.

En la radio, reportajes de interés acerca de otro tiroteo desde un coche y después sobre la masacre de dos jóvenes – un posible crimen de odio. Cambio la emisora a una estación de música dance y vuelvo al escudo del hombre moderno contra la tiranía de la ciudad: la apatía. Demasiado deprimente. No me incumbe. No es mi problema. Tengo los míos propios para preocuparme. La realidad se ha vuelto tan dura, tan despiadada, que paradójicamente solo lo mundano, lo absolutamente frívolo, es capaz de obtener mi preocupación ahora. No quiero saber cómo el decepcionado hombre consiguió comprar un arma, o por qué atacó las oficinas y roció a su repudiada familia de ex compañeros de trabajo con balas; solo quiero saber si Amanda va a ser ascendida en la agencia y si la psicótica de Sidney será capaz de seducir al joven macho que sale con su hermana.

Contemplo la bandera americana en lo alto del mástil de un edificio fuera de la autopista mientras paro el coche otra vez de mala gana. La imagen de la bandera keniata con sus colores rojo y verde brillantes pasa rápidamente por mi mente, y los rastros de una sonrisa se burlan de mi prematuramente demacrada cara. Pienso en todo lo que la bandera americana ha significado para las gentes de todas partes. En lo que una vez significó para mí. En su inexpugnable promesa de bondad.

Se me ocurre que esta bandera se parece mucho a esas impresiones en tres dimensiones que todo el mundo observa en los centros comerciales estos días. Bizqueando, esperando, deseando que aparezca una visión. Es solo cuando lo indefinido cede el paso y eres atraído hacia esta ventana panorámica, cuando las fascinantes manchas de color se integran para desvelar el inesperado resultado.

Recuerdo haber visto esa bandera en lo alto por primera vez hace cerca de ocho años. Debía de estar en la planta quince de un edificio en Kenia, sede de la embajada americana, solicitando mi visado. Mi madre estaba sentada cerca de mí, medio temiendo la inminente marcha de su único hijo – apenas un hombre, todavía su muchacho – y yo, bastante insensible en mi excitación, estaba paralizado por la visión desde una ventana del vestíbulo. Ondeaba al viento con autoridad, infundiéndome tantas esperanzas que parecía como si ya estuviese allí.

Era el momento hacia el que toda mi vida se había estado dirigiendo. Los inicios de una nueva vida de aventuras y posibilidades que Kenia nunca me podría ofrecer. Un lugar con personas a las que yo nunca había conocido, lejos de aquellos que me resultaban familiares. La excitación de forjarme una identidad independiente de ellos anulaba cualquier traza de sentimentalismo.

Los iba a echar a todos de menos, pero a quién le importaba, ¿no? Pronto todos hablarían de mí. El que se fue. Alguien, sin duda, iniciaría un rumor acerca de cómo me había convertido en una gran estrella viviendo en un ostentoso apartamento y conduciendo un coche caro en L.A. y colega, ¡cómo arrastrarían esas dos iniciales cuando hablasen! ¡EEI-LAY! Con un impulso de la mano, ese gesto que parece una paloma puesta en libertad en el aire, un indicio de profundos misterios y asombro. Por supuesto nunca lo sabrían del todo, pero las postales turísticas que enviaría a casa – y la capacidad india para la exageración – darían por sentado mi fama y glamour. Estaba todo esperando por mí, esta vida sin límites, y la puerta estaba a punto de abrirse y dejarme pasar.

Miro a la bandera ahora y de repente no es todo tan simple. Hollywood Boulevard no está adornado con estrellas tanto como está encendido con putas y camellos que contrastan las memorables aceras con sus propias vidas agitadas. Beverly Hills no es mucho más que un contraste con los barrios de East L.A. El centro solo parece bonito desde la distancia por la noche, envuelto en la oscuridad que encubre su miseria, con las luces de los edificios de oficinas como ojos vacíos y huecos embobados con los maravillados turistas. El Los Ángeles de las novelas de Jackie Collins, que yo había devorado a modo de primera noción a mi introducción a la ciudad, no se encuentra en ningún lado salvo en los bolsillos de unos pocos privilegiados.

Ahora, ya no soy un espectador contemplando la estampa. He saltado dentro de su dimensión y soy una de esas pequeñas motas de colores que constituyen el panorama general. Se alza allí, robando alguna de la luz del brillante cartel de la gasolinera Arco que está debajo de ella, luciendo irasciblemente en el viento, aleteando y utilizando su dote de interpretación más crítica para mostrarse inmaculada en la pútrida niebla tóxica de L.A.

Coño, en esta ciudad todo el mundo necesita un buen publicista.

 

CAPÍTULO 2

INMACULADA CONCEPCIÓN

Siempre que tenía elección, mi madre prefería coger el tren antes que el arduo viaje de seis horas en bus o incluso el elitista puente aéreo de una hora de duración desde Mombasa a la capital, Nairobi.

La línea de ferrocarril de África del Este, diseñada por los británicos en 1896 y construida en gran medida por inmigrantes indios, fue responsable del éxodo que llevó a mis ancestros a Kenia. Representa, incluso ahora, el romanticismo del colonialismo – un tipo diferente de serpiente mecánica, una que se ondulaba a través de la verde tierra que sus creadores una vez intentaron, en vano, domesticar. Mientras las seductoras planicies se abrían como muslos, África nos envolvió con sus extremidades. Años después, en otra esquina del mundo, incluso un débil olor, un destello de atisbo, un sonido distante enviaría un escalofrío de nostalgia a alguna parte de mi cuerpo, y, por un instante, de pie en un abarrotado centro comercial o en el ascensor de algún rascacielos, parecía como si estuviese de vuelta allí; que de alguna manera, milagrosamente, se había proyectado sobre mi reino.

Había encontrado libertad en la geografía solo para verme capturado para siempre en los recuerdos del hogar que había dejado atrás. En mis sueños, todavía cojo el ferrocarril. Escuchando todos los sonidos y sensaciones que forman Kenia: canciones en swahili de mujeres de pueblo ataviadas con batiks coloridos y brillantes, balanceando delicadamente cestas de frutas y verduras en sus cabezas; traviesos niños y aldeanos que seguían el ritmo del ferrocarril, esperando en las estaciones la llegada de nuevos clientes para comprar sus huevos duros, galletas y maíz tostado prensado con limón y chiles; al amanecer, los animales de la tierra responden a nuestra excitación con pura indiferencia; y tras la llegada, los caóticos sonidos de las reuniones, partidas y los culis compiten por transportar nuestro equipaje al coche. Y siempre ese olor a sal cuando la brisa viene del océano, a comida cocinándose en fuegos de leña y mezclándose con humo de gasóleo, al sudor del trabajo duro por todas partes.

Mientras avanzábamos en el trayecto, siempre se podía contar con mi madre para decir dos cosas. Que había sido en un viaje semejante una agradable tarde, aunque en dirección contraria, cuando yo había sido concebido, una historia que aumentaba en detalles y menguaba en credibilidad.

“Sabes,” dijo, con los ojos ensanchándose y una mano dando vueltas en lo alto para expresar asombro. “Nunca tuvimos, ya sabes, ¡una relación sexual en sí!”

Afirmaba que en aquella noche transcendental el simple contacto periférico la había fecundado, otorgando a la virilidad de mis padres una destreza casi mítica y una sensación de destino a mi concepción casi inmaculada.

“Tu padre y yo – todo lo que tuvimos que hacer fue tocarnos, ¡y yo me quedé embarazada!”

Al contrario de lo esperado, este tipo de detalles nunca me hicieron sentir ligeramente incómodo. Más bien, sirvieron para inspirarme a buscar una maravillosa historia de amor propia.

Tal vez el recuerdo de sus relaciones aquella noche es el motivo por el que la melancolía se apoderaba de ella infaliblemente en determinados momentos a lo largo del viaje y podía vérsela mirando por la ventana al terreno fugaz, con la lengua en huelga de silencio dentro de su boca; como si estuviese, años después de la muerte de mi padre, reviviendo aquella misma experiencia en el mismo compartimento. Era la misma mirada que le sobrevino cuando, escuchando un viejo casete de música filmi en lo que llamábamos un impresionante tres en uno (radio, cinta y tocadiscos), una canción que le encantaba a mi padre se reprodujo inesperadamente. En estos momentos, era suficiente solo mirarla para saber que mucha de su inocencia, su idealismo acerca del amor, su entusiasmo por la vida (una parte de ella) también había muerto con él. En estos momentos, estaba completamente perdida para el mundo que había continuado sin la existencia de mi padre, y ella no podía entender por qué.

La otra cosa que le gustaba contarme, que solo funcionaba cuando era un niño, era que si no la obedecía y me comía todo lo que había en mi plato, los dos legendarios hombres devora-leones que habían matado cerca de cien personas durante la construcción del ferrocarril entrarían rápidamente a través de la formidable ventana del compartimento y me engullirían a mí en su lugar. Era un niño escuálido y me echaba la culpa de que pareciese mala, ya que todo lo que su familia política tenía que hacer era echarme un vistazo para acusarla de la hambruna. “Ves,” decía, con una mano elevada hacia mi boca con un montículo de arroz y la otra señalando afuera hacia la oscuridad impenetrable más allá de la ventana, “Creo que los estoy viendo ahora.”

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