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El peligro del mito Mandela según Khalo Matabane

Alejandro de los Santos 4 julio, 2014

Mandela se convirtió en mito desde que abandonó la celda que ocupó en la prisión de la isla de Robben Island hasta 1990. Salió sonriente, abierto al diálogo y dispuesto a perdonar a todos aquellos que lo habían condenado al ostracismo durante 27 años. Los primeros años de la transición democrática en Sudáfrica estuvieron marcados por tensiones sociales y por una difícil negociación entre el CNA (Congreso Nacional Africano) y el presidente Frederik de Klerk. El proceso de reconciliación estableció diferentes mecanismos para el estudio y el establecimiento de una transición pacífica que examinase con lupa el pasado segregacionista y procurase preparar el terreno para una nueva era marcada por la justicia y la libertad. No obstante, muchos de estos procesos siempre siembran la discordia sobre cómo hacer las cosas.

Cuestiones como libertad y justicia llevaron al director de cine Khalo Matabane (Sudáfrica) a realizar el magnífico documental “Mandela, the Myth and Me” (Mandela el mito y yo) a finales de 2013. En una carta imaginaria dirigida a Madiba, la película intercala reflexiones personales sobre la gestión llevada a cabo por el CNA en los años posteriores a la instauración de la democracia con entrevistas a personalidades como el Dalai Lama, Collin Powell, Wole Soyinka o Henry Kissinger. La narración se estructura en base a tres de los términos más empleados durante el proceso de transición y constantemente asociados a la figura de Mandela: libertad, paz y perdón. A partir cada uno, Matabane explica cómo la mitificación del ex presidente sudafricano inhibe el conocimiento sobre ciertos aspectos que han tenido graves consecuencias sobre el pasado y el presente de Sudáfrica. Asimismo, reflexiona sobre cómo el mito individual ha disipado en cierta forma la lucha colectiva que generalmente se identifica con la entereza y el mérito de una sola persona.

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El director de la película insiste en que Mandela fue un luchador por encima de todo y en sus discursos como presidente de Sudáfrica se muestra estricto en sus opiniones. “Tenía la mirada fría”, comenta la periodista Zubeida Jaffer. Otras personalidades cuentan que su carácter era férreo. No obstante, tras salir de la cárcel en gran parte de las fotografías Madiba se muestra sonriente, dócil, amable y solícito. También tenía las características propias de un líder: magnetismo y una mirada fotogénica que despertaba la admiración de todos desde el primer fogonazo. Bill Clinton, Obama, las Spice Girls, Gadafi o Fidel Castro han posado a su lado. Naomi Campbell no pudo contener las lágrimas cuando lo conoció. Todas estas imágenes que han dado la vuelta al mundo reflejan cómo poco a poco Mandela se fue convirtiendo en un guarda espiritual de personalidades procedentes de todos los ámbitos e ideologías. Poco después de su muerte llovieron retratos suyos en las redes sociales con frases de su autoría que recordaban más a consejos de libros de autoayuda que a afirmaciones de un luchador político. Su imagen se fue situando más en el plano de lo políticamente correcto y del consenso que en el campo del combate. La mejor prueba de ello, fue la película Invictus de Clint Eastwood, que glorifica melodramáticamente a un personaje cuyo mayor fruto fue la creación de una sociedad multirracial que se muestra armoniosa y equilibrada. “Occidente lo santificó y él lo aceptó”, sostiene uno de los entrevistados. Y de esa forma se construye el mito. Los mitos en la sociedad contemporánea tienen la particularidad de verse protegidos ante cualquier crítica, algo que evita las posibilidades de cuestionamiento. Algo que debería permitirse en este caso, pues no podemos olvidar que Sudáfrica fue y sigue siendo uno de los países con mayor desigualdad social del mundo.

¿Qué libertad es esa, fue una historia para todos o una historia para unos pocos”, se pregunta Matabane. La palabra libertad asociada a Mandela sigue estando en boca de la mayoría de los sudafricanos desde 1994, aunque estén sobreviviendo en condiciones infrahumanas. Al fin y al cabo la libertad se logra a través de conquistas sociales y en el caso sudafricano la segregación económica vigente relega a buena parte de la población a vivir en la pobreza. El gobierno sudafricano actual está compuesto por una mayoría negra pero las riquezas siguen estando en manos de los blancos. Naomi Klein en su libro La doctrina del Shock relata que durante la transición mientras el CNA se preocupaba por consolidar cuestiones de carácter social, el gobierno de De Klerk hizo malabarismos para que tras la firma de la Constitución los blancos continuaran controlando los motores económicos del país. Muchos se preguntan si no hubo más opción que claudicar en la negociación para dar un paso adelante. Sin embargo, esa no era la libertad que anhelaban la mayoría de los sudafricanos. Considerando el estado actual del país, algunos de los testigos del documental opinan que una verdadera reconciliación hubiera debido empezar por una transformación estructural y un mejor reparto de las riquezas.

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Sobre el combate contra el apartheid, Selina Williams, que perdió a su hermana en un atentado terrorista, afirma que “Sudáfrica fue creada por su gente, no por grandezas individuales”. Miles de activistas perdieron la vida en su intento por derribar el régimen y a día de hoy apenas tienen protagonismo. “Fue una lucha unida y no podemos darle la gloria sólo a una persona”, insiste Williams. Por su parte, Khalo Matabane comenta que los visitantes a Robben Island no se preguntan por los compañeros de celda de Mandela o por otros tantos que permanecieron durante años en prisión. La lucha en cierta medida se ha individualizado y poco se sabe de otras personalidades que fueron igualmente influyentes. En el ámbito jurídico, durante el gobierno de Mandela se creó la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, que fue liderada por Desmond Tutu y estableció el lema: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”. Durante 21 meses se sentaron en el banquillo 21.000 víctimas, perpetradores de crímenes y testigos. Tan sólo cinco personas fueron juzgadas por los crímenes cometidos durante el apartheid. Se instauró una especie de pacto de silencio o de perdón que sigue sembrando la discordia. Se pasó página sin hacer justicia al sufrimiento de todos los que trataron de derribar el régimen segregacionista. Y como afirma Nkwame Cedile “los blancos nunca pidieron perdón”. Con todo, la reconciliación sigue siendo uno de los mayores triunfos asociados a la figura de Mandela.

El perdón no puede transformarse en olvido. La lucha de miles de sudafricanos para poner fin a un sistema racista e injusto no puede tratarse superficialmente y el mérito no puede recaer únicamente sobre la espalda de Mandela. Como todo político, su gestión tuvo claros y oscuros que no deberían mitificarse. Las consecuencias de la transición democrática son claramente visibles hoy en día y el documental de Khalo Matabane es profundamente esclarecedor. La incansable lucha y resistencia de Madiba es incuestionable. No obstante, como toda figura histórica merece un estudio detallado y equilibrado. Los mitos en la antigüedad servían para situar a los seres humanos en el mundo y dar explicaciones sobre el sentido de la existencia. Hoy en día es necesario ser especialmente escépticos con todos ellos, pues nublan el conocimiento completo y verdadero de la historia.

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2 Comments

  1. Ricardo 4 julio, 2014 at 7:25

    Buen artículo. No son comparables los mitos de hoy con los mitos del pasado. Mitificar hoy a una persona -Mandela o el che, Sankara o Gandhi- es convertirla en un objeto inocuo, domesticado y propio para el mercado. Eliminarle las impurezas de la realidad que fueron. El mito Mandela tapa como dices la realidad Sudáfica con un magnifico poster sonriente.

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