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¿Quién es Charlie?

Javier Mantecón 20 enero, 2015

Esta última semana fuimos testigos de uno de los ataques contra la libertad de expresión más monstruosos que se han conocido en las últimas décadas. La revista satírica francesa Charlie Hebdo fue asaltada y 12 personas fallecieron en el atentado. Las reacciones a tal locura no se han hecho esperar: Francia se echó a la calle dejando patente el rechazo al terrorismo islamista en lo que ha sido la mayor concentración de su historia. La red echa humo: la libertad de expresión, una de las bases de la cultura occidental, la misma que me permite escribir estas líneas y a ustedes leerlas, ha sido atacada. En la mayoría de los medios occidentales las reacciones se agarran a un punto de vista etnocentrista, en el que los valores de nuestra cultura son y deben ser universales, demonizando todo lo que suene a Islam y a distinto. Esta visión reduccionista ha hecho saltar las alarmas en el seno de la gran mayoría del mundo musulmán, esa gran mancomunidad de millones de personas que no justifican la violencia bajo ningún pretexto pero sí consideran ofensivas las caricaturas de su profeta, cuya imagen está terminantemente prohibida de representar según el Islam actual.

El gran choque entre civilizaciones en el siglo XXI, entre Islam y occidente parece que en estos últimos años no hace más que alejar las posturas de ambos colectivos. Occidente, en su infinito egocentrismo y autodenominada superioridad moral es incapaz de comprender por qué millones de musulmanes se sienten insultados por las famosas caricaturas. Que un puñado de fanáticos tomen esa ofensa como un casus belli para perpetrar ataques terroristas es algo que tampoco entiende la comunidad musulmana.

En la mayoría de los medios occidentales las reacciones se agarran a un punto de vista etnocentrista

Desde Occidente el ejercicio que se plantea es el siguiente: pregúntenle a cualquier musulmán de a pie, a cualquiera, qué opina del terrorismo islámico y qué opina de las caricaturas. La inmensa mayoría opinarán lo mismo. El terrorismo no representa al Islam y las caricaturas son una ofensa para su comunidad. ¿Casualidad? En absoluto. Nos es fácil entender por qué un musulmán no abrace el terrorismo, puesto que se asemeja con nuestros propios valores. ¿Y las caricaturas? Pongamos un ejemplo equiparable de nuestra historia reciente. Durante los años 80 no era fácil hacer un chiste sobre la situación en Euskadi, a la sociedad vasca le costaba mucho reírse de un tema tan espinoso con el que convivían cada día de su vida, ¿por qué es tan difícil de entender que millones de personas se sientan ofendidas por lo que representa una revista satírica de un país ex – metrópoli? Lo que aún no se termina de comprender es el reduccionismo entre Islam = terrorismo, al igual que en su día lo fue el vascos = etarras. Abracemos la sensibilidad. No podemos pretender que la libertad de expresión ganada a pulso durante siglos en nuestra cultura, y aun siendo infinitamente mejorable, sea comparada con la que viven otras culturas del mundo. Recordemos también que durante el estreno de la irónica película “La Vida de Brian” unos cines madrileños fueron lugar de un atentado fallido.

Hace 10 años una caricatura de Mahoma o Alá publicada en El Jueves, pasaba más desapercibida, no existía Internet para que se difundiera por todo el planeta a gusto del usuario. En 2015 el mundo es más pequeño informativamente hablando y una opinión, un comentario, un tuit, dan la vuelta al planeta en segundos. No se trata de censurar una revista, ni cerrar bocas, sino de incitar a la creación de lazos entre los habitantes del mundo. Somos muchos y tenemos que vivir juntos, escuchémonos y aprendamos. Cualquier anfitrión sensato no puede plantearse servirle un poco de jamón en un guiso a un musulmán, soltar un “me cago en Dios” a un pariente creyente en la cena de Navidad o simplemente mofarse de las ideas, credo o idiosincrasia de cualquier individuo.

© Reuters

Protestas en Níger © Reuters

El África musulmana parece que tiene que decir mucho al respecto. La organización terrorista asentada en el norte de Nigeria, Boko Haram, comienza a copar titulares en la prensa internacional erigiendo la bandera de la sharia, la ley islámica más dura, para acometer las horriplantes masacres que le permiten controlar un territorio estructurado a modo de puzzle y pleno de beneficios económicos para la banda armada. Somalia sigue envuelta en una guerra civil desde hace décadas en la que algunos señores de la guerra, financiados por jeques basados en la Península Arábiga, se hacen valer de esta situación para hacer negocios sin nigún tipo de control, utilizando el Islam como vínculo de contacto con sus vecinos yemeníes y omaníes. Además, mientras se escriben estas líneas en Níger se producen manifestaciones en contra de Charlie Hebdo, el resultado: 5 muertos, más de 10 iglesias quemadas y el Centro Cultural Franco Nigerino de Zinder, en plena zona de actividad de Boko Haram, hecho cenizas. El presidente nigerino y los imames más importantes del país han tenido que salir al paso para pedir a una parte de su población que se aferre a los principios de tolerancia e igualdad. África es un continente con multiples realidades contextuales, pero no debemos olvidar que estos hechos, aunque deplorables, no representan de ninguna manera a los más de 300 millones de musulmanes africanos que sólo quieren vivir en paz.

Durante los años 80 no era fácil hacer un chiste sobre la situación en Euskadi

Y es que si occidente debe sensibilizarse acerca de los valores que rigen las culturas ajenas, el mundo musulmán debería también considerar quizás una educación más abierta y generalizada para que su población pueda en un futuro próximo juzgar por sí misma lo que considere o no ofensivo posicionándose al igual que le pide a Occidente que lo haga. Y ambos hacerlo de manera ecuánime. Si no, ¿qué sentido ha tenido detener en Francia al polémico humorista galo-camerunés Dieudonné M’bala esputando un cínico “Yo soy Charlie Coulibaly”, al mismo tiempo que se celebraban las multitudinarias concentraciones de defensa a ultranza de la libertad de expresión?

Otras posturas más conciliadoras y que analizan más profundamente esta compleja cuestión también se han hecho eco entre la amalgama informativa de estos últimos días. Asómense por el fantástico artículo de David Brooks aparecido en el New York Times o el publicado por Matías Escalera en el Diagonal, lean y reflexionen al respecto.

Consideremos pues estos tristes acontecimientos como una llamada de atención al trabajo que nos queda por hacer. El acercamiento de posturas debe de ser multilateral y nunca unidireccional, dejando de lado la soberbia y la superioridad moral. Nuestro respeto y curiosidad por otras formas de vida están por encima de cualquier oportunismo político. Sangran los ojos al observar a Mariano Rajoy en primera línea de las protestas parisinas después de haber aprobado recientemente la “Ley Mordaza” en el parlamento español o a un Ibrahim Boubacar Keita, presidente de Malí como único mandatario africano, obligado a asistir por la ayuda que Francia le prestó en el reciente conflicto de su país contra los islamistas. El esfuerzo a realizar se debe de ejercer entre todas las partes, o lo que es lo mismo, la sociedad mundial. Que históricamente un país como Francia haya sido de mayoría cristiana católica no significa que haya que ignorar a las nuevas minorías. En nuestro edificio nuestros vecinos son ecuatorianos, marroquíes, pakistaníes, ingleses, turcos o mexicanos. Es un hecho: vivimos todos juntos, las fronteras desaparecen y un puñado de extremistas no deberían atentar contra el sentido común y la convivencia de un planeta globalizado. Una vez más, abracemos la sensibilidad y escuchemos lo que lo las opiniones de nuestro alrededor nos muestran. Aprendamos y disfrutemos haciéndolo, las diferencias entre nosotros son lo que nos hace únicos.

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