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La identidad como problema

Invitado 12 abril, 2016

Autor Invitado: Donato Ndongo *

La creciente presencia de africanos en Europa produce efectos colaterales perversos, poco perceptibles, merecedores de análisis distintos del habitual discurso tópico. Parece ilógica, ilícita, la reacción del avestruz ante situaciones que originan fenómenos indeseables, como el desapego a los valores de la sociedad en que viven, expresado de modo radical, de jóvenes nacidos o crecidos aquí, supuestamente integrados. Conductas cuyo patetismo constituye denuncia desgarradora de las fallas del sistema, reputado de idílico desde una autocomplacencia acrítica.

Existen problemas, y deben ser debatidos. Muchos ignoran que nacer en España no otorga la ciudadanía española, como es normativo en otros países; esos niños conservan la nacionalidad de sus progenitores. Siendo restrictiva la ley, ¿qué decir de los modos de una sociedad que no asimila a los vástagos de padre o madre extranjero? ¿Cuál es la identidad del ciudadano nacido en Europa de matrimonios mixtos? Cuestión no baladí, al trascender la aparente solución jurídica. El pasaporte identifica la nacionalidad, no dota al titular de la seguridad íntima del sentimiento de pertenencia. El equilibrio interior conforma la personalidad, nutrida de afectos identitarios: lugar de nacimiento, patria, raza, religión, génesis de una cultura o cosmovisión determinadas, numen de percepciones, ideas, creencias e intereses. Cuando tales componentes son heterogéneos, difusos o de precaria ensambladura, se produce la inseguridad emocional, zozobra continua del alma imposible de sublimarse con mera retórica.

Chagas

“Oikonomos” de Edson Chagas

Situación que afecta a centenares de miles de “inmigrantes de segunda generación”, juventud espectral que deambula sin asideros espirituales en una incómoda tierra de nadie. En momentos de exaltación de multiculturalismos y mestizajes, parecería que encarnan tales valores ideales, representando la culminación de la noble aspiración de haber superado todas las barreras. Pero nadie preguntó jamás al mestizo cuán cómodo se siente en su piel. Comprueba a diario la “rareza” de su existencia: negro para los blancos, blanco para los negros. Esquizofrenia arrastrada por otras minorías cuyo proceso de adaptación resultó frustrado por frustrante. Pese a la jaleada “tolerancia”, Europa, habituada a invadir y expandirse hacia otras tierras, no asume con agrado la instalación en su territorio de gente de pigmentación intensa o credo diferente. Como consecuencia, se sienten extranjeros aunque nacieran aquí, o transcurra aquí la mayor parte de su vida. Se comprueba la vigencia de la acertada observación del psiquiatra antillano Frantz Fanon, anotada en su utilísimo ensayo Piel negra, máscaras blancas, traducido en España bajo el ridículo título de ¡Escucha, blanco!: el negro, consciente de su igualdad, no se percata de su negrura hasta que es abocado a percibir “su” diferencia. Trauma convertido a menudo en sorda tragedia personal.

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“Oikonomos” de Edson Chagas

Basta la cotidiana inquisitoria, de qué país eres, aunque tengan en sus manos tu DNI, idéntico al suyo. Basta el estigma recurrente, apartarte de la cola de embarque al avión para, sin motivo aparente y superados todos los controles, exigirte de nuevo la documentación. Bastan los modos desabridos al conminarte a enseñar “los papeles” en la calle, cuando eres un pacífico transeúnte. Basta que cualquier nativo imbuido de poder dude de la autenticidad de tu documento y te espete ¡cómo lo conseguiste!, cuando en él figura nítido que naciste y vives aquí. Basta el ceño fruncido del entrevistador que no esperaba a un aspirante “de color” para cubrir la oferta de empleo. Basta la grosería del automovilista infractor que te espeta “¡vete a quejarte en tu país!” cuando casi te atropella en un paso de cebra. Basta el asombro de tu hijo cuando sus compañeros de primaria le preguntan si tiene comida en casa, pues “sabe” que todos los negros pasan hambre. Basta el bochorno ante la caritativa señora empeñada en adoptar a tu niño, pues da por hecho que los negros son incapaces de cuidar a sus familias. Basta, si se es mujer, la humillación ante las palabras o gestos lascivos de cualquier varón, al ser claro que todas las negras son busconas. Basta la rabia ante el marginado que te requiere droga, cuando jamás has fumado un porro, pues es notorio que los negros son yonquis o camellos. Basta la resignación ante el asiento vacío junto al tuyo, en un vagón del metro o autobús abarrotado…

Situaciones padecidas con demasiada frecuencia, soportadas con estoicismo por afroeuropeos y subsaharianos. Los chinos se libraron, al desaparecer por ensalmo el peligro amarillo en cuanto acapararon colmados y ultramarinos. Innecesario, entonces, ser perseguido en los algodonales de Alabama o tiroteado en Ferguson, Misuri, para sentir el oneroso peso de la marginación, la angustia de ser discriminado, la amargura del rechazo. Se confirma en la reacción de importantes segmentos sociales cuando se encumbra al afroeuropeo, en política o concursos de belleza. ¿Quién no recuerda al efímero director general de Inmigración del Gobierno vasco, oriundo de África, que apenas disfrutó de su prebenda ante constantes ninguneos que no se detuvieron ni en espacios públicos de ocio? Rico anecdotario almacenan los escasos funcionarios negros en las Administraciones públicas. Tampoco es panacea el sector privado: al trabajador no blanco le recuerdan, de algún modo, que “robó” el puesto a un nativo, aunque lleve encima la tarjeta que le otorga el derecho a considerarse “de aquí” y la ley garantice su igualdad. Fueron ellos los primeros damnificados de la crisis. Y así sedimenta la amargura en sus almas, creando dudas, minando los afectos. ¿Razonable esperar arraigo e integración?

Crecen soñando con África desde las nostálgicas evocaciones del padre o la madre. Decepcionante ensoñación si llega la ocasión de vivir allí: idénticos desafectos, magnificados por las carencias y ausencia de libertad. La cultura del progenitor “de color” se revela incomprensible, habituados a mayor independencia de criterio y expresión. Reducidos a vidas errantes en perpetua búsqueda de sí mismos, lucha constante contra desánimos y depresión. Elocuentes testimonios recogidos por la sagaz periodista Lucía Mbomío; ejemplo: “soy negra, española, madrileña; me meto en el saco afroeuropeo porque dentro de mi país, mi ciudad o los barrios donde viví (o vivo) no se me acepta como nativa. Y afirmo: no me siento española de Madrid aunque lo soy de nacimiento”.

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Artículo publicado originalmente en el diario ABC: http://kioskoymas.abc.es/noticias/opinion-la-tercera/20150501/abcp-identidad-como-problema-20150501.html

* Donato Ndongo es periodista y escritor. Es autor de las novelas Las tinieblas de tu memoria negra, Los poderes de la tempestad y El Metro. Fue el primer negro en escribir un libro de historia sobre Guinea Ecuatorial, Historia y Tragedia de Guinea Ecuatorial, y el artífice de la primera Antologia de la literatura guineana. Ha sido profesor en la Universidad de Columbia, Delegado de la Agencia EFE en África Central y Director adjunto del Centro Cultural Hispano-Guineano en Malabo, entre otros cargos destacados. Vive exiliado en España desde hace 50 años.

Fotografías de Edson Chagas.

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